Luna de octubre

 

 

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 27 de octubre del 2016

“La luna le ha comprado
pinturas a la Muerte.”
Federico García Lorca


La Luna viene sólo en octubre. Podría parecer que digo mentiras porque siempre está ahí, todos los meses, cada noche, incluso cuando se esconde como si le diera pena ajena ver las estupideces que hacemos en la Tierra. Pero no es así, no soy hipócrita, esas son lunas. La Luna, la verdadera, aparece en octubre.

Ella regresa al lado de noches cada vez más extensas, del viento helado que golpea en las mañanas, sobre todo, viene con ese pequeño y casi imperceptible ruido que hacen los muertos al buscar el camino para reunirse con nosotros. Pocos escuchan el sonido producido por esos pasos lejanos, son los esfuerzos que hacen para llegar a tiempo, es la oportunidad que el final de este mes les ofrece; recordar que no se han ido del todo. Aún tienen una pequeña parte que está anclada en la tierra, un lazo los une a lo que dejaron atrás. Los muertos no pueden separarse de sus memorias, son ellos quienes nos recuerdan, por eso es importante no faltar a esa reunión, traspasan su mundo para llegar al nuestro y, de esa manera, disfrutan por unas horas de todos los instantes fincados en el pasado.

Eso solamente sucede en esta época. El resto del año hay otras cosas fáciles de digerir, sencillas de comprender. Surgen clanes de zombies, vulgares fantasmas, anémicos vampiros y cínicos espectros; seres que intentan asustar en una pantalla de televisión o cine, con resultados variables. Los muertos se abaratan en un alud de imágenes que pueden ser atemorizantes o divertidas, da igual porque en ellas se pierde el rastro de lo que nuestros difuntos lloran y de aquello que nosotros, al recordarlos, a veces también lloramos.

Podría decir que este tipo de historias representan la banalidad de nuestros días, pero es algo que siempre ha existido, solamente cambia el medio y la forma de contarlas. En ellas se refleja todo lo que no se comprende de los muertos, su eternidad y su noche. A veces son narraciones demasiado simples, burdas, pero es lo que hace la imaginación para intentar explicar la inmortalidad. Se busca tener presente que no se puede morir del todo, algo que a veces no se recuerda.

Afortunadamente la Luna no olvida. Tiene razones, memorias y prioridades, es testigo de lo que hago o no a mis difuntos. Cuida el futuro, sabe que un día yo seré el que esté en ese camino, con pasos casi silenciosos para no perder la cita que el final de octubre regala, un sencillo y breve encuentro con los que aún me esperan. Los demás meses envía a sus vasallas, pequeñas, fieles servidoras que se encargan de alumbrar las noches comunes, con una luz también ordinaria. Pero este mes, Ella es la que viene. Su presencia, su tamaño, invita a callar para intentar escuchar su andar, tener presente que poco a poco ellos se acercan. La Luna sabe que, si los oigo, puedo estar tranquilo, pues alguien, en su momento, escuchará mis pasos.

Los muertos aprovechan la oportunidad que les abre la Luna para olvidar que son eternos. Surge el temor de nunca poder descansar, de saber que la muerte ha dejado de existir porque se vive en ella. La eternidad es una cosa muy pesada, sobre todo cuando tuvieron días en que los pasos hacían ruido, esa época en que cada hora contaba porque no estaba escrito cuando terminarían. Los minutos no existen, sólo el miedo. Por eso, el final de octubre, ese andar, es importante para ellos.

Una sola noche estarán de nuevo con nosotros, al amanecer deberán regresar a su eternidad, con nuestra nostalgia sembrada en lo que queda de su alma. Después, esperarán por otro año más, es lo que harán con su infinito tiempo. ¿Y la Luna?, ella también estará siempre ahí, cada octubre, para recordarme que, también un día, yo seré inmortal.

 

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