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Retorno

 

“—¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos! ”
Gustavo Adolfo Bécquer

 

Noche de muertos, una noche que nunca se pierde, permanece al acecho en el calendario, espera paciente el momento para salir de su escondite. Casi al llegar el ocaso del año se dice que ellos, los que un día se fueron, retornan a convivir con los que aún despiertan cada mañana. Se habla con total veracidad, pero es posible que los testigos no sean confiables, las historias se mezclan, se confunden en la oscuridad y el tiempo se encarga de convertirlas en frases difusas, ideas que también se van al llegar el día.

Aparecen cada año, solamente por unas cuantas horas en la tierra. Vuelven para remover el polvo, buscar sus memorias y hacer que no queden tiradas en el olvido. Una noche es suficiente, en ese pequeño instante ellos recuperan el tiempo que se perdió, lo acomodan en el lugar que le corresponde; o quizá son los vivos los que intentan no perderlo, es igual, de cualquier modo, no serán minutos desperdiciados.

No sabemos si es verdad que regresan esa noche o sólo es un mito, un intento de recuperar algo de las personas que se fueron. Se hace lo posible por creer que vuelven y, con ese breve pensamiento, retirar por un instante el peso de su infinita ausencia. Una noche contradictoria, vertiginosa mezcla de olvido y memoria, intento de llenar el hueco que abrió la nostalgia, encontrar la manera de salir del vacío que dejaron. Se busca la magia y hacer que sean algo más que recuerdos los que disfruten esa noche de la comida en una ofrenda. Parecería que los recuerdos necesitaran alimentarse para tirar la vestimenta de tristeza que los cubre. Durante esas horas la dura realidad queda oculta: las memorias son las que alimentan a los vivos.

Se confunden nuestras sombras con las de ellos. Tal vez es una misma extraña silueta en la penumbra, la del único certero futuro. La oscura imagen que se desliza lo muestra, el futuro que existe es corto, efímero; somos únicamente un intervalo.

Fragmento del relato “Retorno”, de mi libro Huella de Intervalos.

Luna de octubre

 

 

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 27 de octubre del 2016

“La luna le ha comprado
pinturas a la Muerte.”
Federico García Lorca


La Luna viene sólo en octubre. Podría parecer que digo mentiras porque siempre está ahí, todos los meses, cada noche, incluso cuando se esconde como si le diera pena ajena ver las estupideces que hacemos en la Tierra. Pero no es así, no soy hipócrita, esas son lunas. La Luna, la verdadera, aparece en octubre.

Ella regresa al lado de noches cada vez más extensas, del viento helado que golpea en las mañanas, sobre todo, viene con ese pequeño y casi imperceptible ruido que hacen los muertos al buscar el camino para reunirse con nosotros. Pocos escuchan el sonido producido por esos pasos lejanos, son los esfuerzos que hacen para llegar a tiempo, es la oportunidad que el final de este mes les ofrece; recordar que no se han ido del todo. Aún tienen una pequeña parte que está anclada en la tierra, un lazo los une a lo que dejaron atrás. Los muertos no pueden separarse de sus memorias, son ellos quienes nos recuerdan, por eso es importante no faltar a esa reunión, traspasan su mundo para llegar al nuestro y, de esa manera, disfrutan por unas horas de todos los instantes fincados en el pasado.

Eso solamente sucede en esta época. El resto del año hay otras cosas fáciles de digerir, sencillas de comprender. Surgen clanes de zombies, vulgares fantasmas, anémicos vampiros y cínicos espectros; seres que intentan asustar en una pantalla de televisión o cine, con resultados variables. Los muertos se abaratan en un alud de imágenes que pueden ser atemorizantes o divertidas, da igual porque en ellas se pierde el rastro de lo que nuestros difuntos lloran y de aquello que nosotros, al recordarlos, a veces también lloramos.

Podría decir que este tipo de historias representan la banalidad de nuestros días, pero es algo que siempre ha existido, solamente cambia el medio y la forma de contarlas. En ellas se refleja todo lo que no se comprende de los muertos, su eternidad y su noche. A veces son narraciones demasiado simples, burdas, pero es lo que hace la imaginación para intentar explicar la inmortalidad. Se busca tener presente que no se puede morir del todo, algo que a veces no se recuerda.

Afortunadamente la Luna no olvida. Tiene razones, memorias y prioridades, es testigo de lo que hago o no a mis difuntos. Cuida el futuro, sabe que un día yo seré el que esté en ese camino, con pasos casi silenciosos para no perder la cita que el final de octubre regala, un sencillo y breve encuentro con los que aún me esperan. Los demás meses envía a sus vasallas, pequeñas, fieles servidoras que se encargan de alumbrar las noches comunes, con una luz también ordinaria. Pero este mes, Ella es la que viene. Su presencia, su tamaño, invita a callar para intentar escuchar su andar, tener presente que poco a poco ellos se acercan. La Luna sabe que, si los oigo, puedo estar tranquilo, pues alguien, en su momento, escuchará mis pasos.

Los muertos aprovechan la oportunidad que les abre la Luna para olvidar que son eternos. Surge el temor de nunca poder descansar, de saber que la muerte ha dejado de existir porque se vive en ella. La eternidad es una cosa muy pesada, sobre todo cuando tuvieron días en que los pasos hacían ruido, esa época en que cada hora contaba porque no estaba escrito cuando terminarían. Los minutos no existen, sólo el miedo. Por eso, el final de octubre, ese andar, es importante para ellos.

Una sola noche estarán de nuevo con nosotros, al amanecer deberán regresar a su eternidad, con nuestra nostalgia sembrada en lo que queda de su alma. Después, esperarán por otro año más, es lo que harán con su infinito tiempo. ¿Y la Luna?, ella también estará siempre ahí, cada octubre, para recordarme que, también un día, yo seré inmortal.

 

Una palabra

Publicado en Avenida Digital 3.0, el 5 de julio del 2016

“Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
sola como un suspiro y un ay, sola,
terca en su error y en su desgracia terca.”
Miguel Hernández


Terquedad es una bella palabra: sonora, intensa, con ritmo, cadencia. Tiene un espíritu propio, se mueve de manera discreta, firme, sin detenerse.

Odiada, a nadie le gusta que ella lo alcance, sin embargo, aprovecha cualquier oportunidad para ser retenida y utilizada. Por eso, afirmamos de manera hipócrita que está en los demás, nunca en nosotros. Pocos reconocen esta cualidad, preferimos cambiar su nombre: fortaleza, convicción, fe; es lo que se debe pensar para no caer en desprestigio. Simple uso del lenguaje; de cualquier manera, siempre queda dentro de uno. Es el punto final de una discusión que se sabe perdida, la espada que salva el inminente fracaso. Las derrotas dejan de existir cuando ella aparece. Fuerza a falta de argumentos.

Somos tercos, todos. Caminamos en el barro hecho con el polvo que dejan las piedras de la obstinación y el líquido de la convicción. Los pasos se atoran en ese lodo, tropiezos, caídas. Esos golpes endurecen aún más el deseo de seguir aferrados a esas ideas, a los pensamientos que habitan dentro de nosotros. Ellos parecen flotar sin problema, sólo las otras, las ideas de los demás, son las que zozobran. Es una mentira. Hundidos a medias, todos somos náufragos en el lodo, egoístas sin saberlo.

Somos tercos, aún aquellos que se esfuerzan de manera firme en dejar de serlo. Seres que creen, sienten volar encima de esa sucia senda. Olvidan que no tienen alas y, aunque así fuera, en el aire también existe lluvia, polvo, lodo que cae. Obstinación que solamente alimentan esa cualidad. No podemos escapar de ello, no existe manera, ni salida. Y no por ello refleja una tragedia, es solamente una realidad. Deja de usarse como un adjetivo para ser simplemente aquello que somos.

Somos tercos, lo repito. Asoma mi intención de convencer de una manera simple. Reiteración que permite sembrar esa idea a pesar de no disponer de los medios intelectuales para sustentarla. No tengo la demostración infalible, me basta con salir, observar a los demás, a ustedes. La historia lo demuestra, el presente lo corrobora, el futuro está marcado. Guerras, discusiones, logros, avances, retrocesos; no interesa el resultado, triunfos o derrotas, importa el nivel de tenacidad de las personas que deciden, los que mandan en esos momentos. Una terca realidad.

Ser líder no garantiza nada a nadie, o tal vez sólo la simple acción de tomar una elección por cuenta de los demás. No cualquiera llega a la cima, se requiere algo más que ser constante, ver más allá de lo que presenta el horizonte, creer en algo. Ellos determinan el rumbo, de acuerdo a sus creencias e ilusiones. Las comparten y crean una atmósfera en donde casi todos están convencidos de ellas. Los que no lo están, arrojan ideas, palabras, piedras en contra de ellos. Lucha de terquedades, en donde no siempre gana la razón, sino aquel que es más poderoso. Duelos que brotan en todas partes, en cada momento, sin honor.

Choque de ilusiones que se forjan en la convicción, la cual, acertada o errada, es irrelevante, ya que la verdad no es arma en esas batallas. Son sueños que se pueden perder, olvidar o torcer; depende de lo testarudos que sean sus dueños, de la fe que depositan en ellos. Se puede agonizar lentamente, morir día a día sostenidos en eso que se llama esperanza, otro bonito disfraz que usa la terquedad para evitar ser golpeada por los que no la entienden. El mundo no vive de ilusiones, es una ilusión; creemos en aquello que queremos creer, cada uno en su egoísmo, conjunto de fantasías que sostienen nuestros pies debajo del lodo. Pasos tercos en capas de fango y estratos de ilusiones; anegados caminos que nos empeñamos en seguir.

Terquedad, ¿qué sería de nosotros si no existiera? Una manada de lobos, o quién sabe, ellos también lo son en su naturaleza, persiguen a su víctima por largos trechos, sin importar lo que suceda. Vuele la idea inicial, podrían decir que confundo ser terco con tener fortaleza, convicción. Solamente es un sencillo juego de escala, de peso. ¿Qué tanto es lo que se debe poner en la balanza? ¿Quién lee el fiel en ella? De nuevo el duelo de las convicciones, de ideas contra ideas. Es un círculo perfecto, la jauría siempre alcanza la presa.

Y sólo observo, una y otra vez, solitario en mi sitio, los tercos esfuerzos por abrir la jaula que son nuestras mentes obtusas. No lo haremos, empeñados en ser lo que pensamos que somos, nos quedaremos enredados en nuestras ideas, con la firme idea que los demás son lo que no somos: todos tercos, todos, menos yo.

 

Ausencia

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 31 de mayo del 2016

“Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo…”
José Hierro

 

Hace algunos días, muchos años después de entrar al salón para recibir la última clase en la Universidad, pude disfrutar una comida acompañado de mis amigos, aquellos con los que estudié la carrera de Ingeniería. Camina el tiempo y con él, la nostalgia. Al ver reunidos a mis compañeros, escuchar sus chistes, platicar las anécdotas tantas veces contadas y no por ello tediosas, es imposible no percibir el eco de aquellas bromas en los pasillos del campus que sentía ya perdidas en el cajón de mi mente. Ella me dejan clara una gastada idea: “aquello que fui es lo que soy”.

Esa tarde tuvimos una buena conversación que se enriqueció con la infinita variedad de experiencias que los años y su huella han dejado en nosotros; sin embargo, faltó alguien que se fue. Nosotros, con tristeza, quedamos para recordarlo. Es algo que, a pesar de lo infortunado, pertenece a los hechos normales de la vida.

La repentina partida de mi amigo me hizo reflexionar que la muerte existe. Es algo que siempre intento olvidar, a veces, apoyado en momentos con las personas que estimo. Al no pensar en esa dura realidad, lo que intento es mantenerla lejos. A pesar que parece ser complicado, la misma rutina ayuda a convencerme que seré eterno. Para conseguirlo, debo despertar cada la mañana, alcanzar la noche, descansar y realizar ese esfuerzo el día siguiente. Entonces, cuando estoy a punto de lograrlo, llega un violento y repentino aviso que me recuerda todo esfuerzo es inútil. Algún día no estaré aquí.

Para poder estar tranquilo, trato de alejar una certeza: todo tiene un final. Intento fabricar una moderada monotonía, interrumpida a veces por eventos que la alteran un poco, pero que no llega a sacar de balance ese equilibrio; así mi vida es más tranquila. Si la actitud es vivir en el tedio diario, sin sorpresas, en el fondo lo que realmente intento es tirar a la basura algo de angustia. Pero no resulta, existen esos desafortunados eventos que me hacen reflexionar si la vida rutinaria es una decisión correcta. ¿Estar hasta cierto punto aburrido o intentar romper esa patética armonía? Aún no sé si es una cuestión válida.

Alguien dirá al respecto que lo mejor que debería hacer es “buscar tu propio ser, cambiar las cosas para lograr lo mejor…” pero no lo acepto. A pesar que se oye bien, se dice tan fácil que queda en el reino de la vaguedad. No tiene caso caer en ello, no se trata de corregir el rumbo, sobre todo cuando el único destino certero es aquel en el que no quiero pensar. Pero también es verdad que, en la ceguera del día a día, pierdo otras cosas, tan banales que no les doy importancia, como la sonrisa de aquel amigo al contar un buen chiste.

Tal vez por eso lo mejor de esa comida fue el momento en que comenzamos a discutir el presente y el futuro de lo que somos, esa plática con ideas diferentes, a veces encontradas. Discusiones sin el vanidoso objetivo personal de imponer criterios o enseñar algo a los demás; más bien el placer de aprender gracias a ellos. El hueco que deja su ausencia me recuerda que no puedo existir sin mi relación con los demás, por ejemplo: estas letras no tendrían sentido si nadie las leyera. Si esto es realidad, entonces parte de mi riqueza es la grandeza de los demás, razón aún más fuerte para arrancar las ramas de envidias y comenzar a ayudar a otros a ser mejores; no se trata de una cuestión de ayuda al prójimo, es una actitud que en el fondo es muy egoísta: si mis amigos son mejores, entonces yo soy mejor, así de fácil.

Hoy faltó alguien y sé que en parte él me dejó eso, soy mejor gracias a lo que me legó, no importa la distancia o el tiempo que haya pasado, la huella siempre queda. ¿Qué tanto? No lo sé, y prefiero no averiguarlo. Lo que es cierto es que esa tarde él hizo falta. Lo extrañamos, pero nos deja una sonrisa en su recuerdo.

Somos lo que soñamos…

 Publicado en Avenida Digital 3.0 el 12 de mayo del 2016

“…nada es verdad, aquí nada perdura,
ni el color del cristal con que se mira.”
Nicanor Parra

Soy, como todos, una extraña mezcla entre lo que debe ser y lo que es. Encuentro esa diferencia cuando en Facebook o Tuiter llegan a mi cuenta mensajes que hablan del sentido de la vida. Los miro y, si yo fuera una persona completamente normal, madura, con una amplia perspectiva, ávido de lograr mi realización plena como hombre, debería leerlos con atención y hacer un esfuerzo sobrehumano para aplicarlos. Las personas que los mandan colocan paisajes altamente bellos y motivadores, ya que hacer lo que se menciona en ellos muchas veces requiere de una energía que, en caso de tenerla, sería la de un superhéroe. De esta manera logran crear la unión perfecta: palabras exactas, breves, trascendentes, con imágenes de bellezas naturales; mezcla que me encamina a la reflexión. A veces, debido a la profundidad del mensaje, el paisaje es reemplazado por una fotografía con personas que ejemplifican aquello que está escrito. Realmente, despiertan el deseo de superación que, a veces, permanece escondido bajo la sombra del diario vivir. Una frase: “El cielo no es el límite, el límite está dentro de ti”, me puede encaminar a romper fronteras, buscar más allá, encontrar que lo imposible es posible.

Siempre me ha motivado encontrar este tipo de mensajes en mis redes, sobre todo por la mañana, pues cambian de manera significativa mi caminar a lo largo del día. Me hacen pensar en todo momento lo que debo hacer y lo que en verdad hago. Sin embargo, al evaluar mis acciones, puedo notar que muchas veces existe una diferencia notable entre esas dos cosas, en otras palabras: soy un desastre. Pero no importa, “Cuando has perdido algo, recuerda: la esperanza no se pierde”. Gracias a esos textos sé que lograré salir de mi estado de mediocridad. En mí habita un ser inquieto, ávido de superación, que puede caminar con decisión en nuevas sendas, salir victorioso de los retos que se presenten y no perder una ilusión: poder encontrar las llaves de mi carro que perdí el día anterior.

“Soy aquello que sueño”, decía uno esta mañana. Fue increíble. El problema es que no puedo recordar lo que soñé, ¿querrá decir que soy un ser etéreo que vive en el mundo del olvido de todos? No creo que ese sea mi destino, algo debe estar mal. Lo más probable es que no entendí bien el sentido del mismo. La fotografía que lo acompañaba era un hombre mirando las estrellas desde el borde de un precipicio. Hasta donde recuerdo, jamás quise ser astrónomo o clavadista en La Quebrada. No debe ser eso. Otra posibilidad es que tenga un significado superior a mi intelecto, lo he llegado a suponer porque en esa imagen se percibe que esa persona está parada en lo más alto del paisaje, seguramente es una simbología oculta que habla de inconmensurables y elevados niveles. A veces, entenderlos de manera correcta es realmente complicado.

Alguna vez llegó uno que decía: “Ser congruente, sin temores, es ser Hombre”. Esa rara cualidad que, según lo que estaba ahí, debería ser parte de mí. Se supone que, al hablar de congruencia, debe existir una cohesión de vida con todo lo que mencionan esos mensajes. Los que me conocen dirán que soy perfectamente incongruente, sobre todo al leer esta columna. La verdad es que soy, como todos, un ser coherente. Lo que pasa es que algunos de los motivos por los cuales hago las cosas de determinada manera son egoístas. Por ello, prefiero mentir o sencillamente ocultarlos. Incluso esa acción, la de esconderlos, concuerda con una de mis intenciones: brindar la imagen de persona confiable, recta, lo cual hasta cierto punto es verdad, pero como la perfección solamente existe en los libros y en aquello que inunda las redes sociales, tengo que torcer mi actuar para ser compatible con el mundo que me rodea y ser un Hombre que enfrenta, sin temores, su destino.

Sé que existirá aquel que me señale molesto al pensar que lo que está aquí es ironía. Eso no importa. La verdad es que no hablo de un universo ficticio, sino de aquello que me rodea y observo. ¿Qué tiene este mundo? Personas que buscan la manera de sentirse bien, tranquilos y felices. Algunos lo logran al enviar mensajes que pueden no servir para nada; otras al intentar seguirlos y algunos al leer algo medio fuera de lugar, pero divertido. De cualquier modo, la meta es buscar nuestra senda hacía el éxito, desafíos que motiven el andar y así, lograr lo que soñamos (si es que podemos recordar qué fue eso).

Hablar de recuerdos

 Publicado en Avenida Digital 3.0 el 18 de abril del 2016

“Mi memoria, culpable de un abuso,

Se alzaba contra lo que Dios no quiso:

Que hoy fuese ayer.”

Jorge Guillén

 

Existen tardes que, por alguna razón que desconozco, observo el pasado. Suele suceder cuando se tiene cierto número de años sobre la espalda, no soy un anciano, pero tengo los suficientes días para, en determinados momentos, perderme en los recuerdos. No quiere decir que me deje llevar por la nostalgia, eso lo hacen otro tipo de personas, más sensibles, con mayor inteligencia y dueños de grandes historias; yo no soy así, la capacidad de mi mente es completamente normal, así como mi pasado, que apenas puedo catalogar como mundano. La verdad es algo más sencillo: las memorias sencillamente llegan cuando quieren, sin controles ni filtros. Son aquellas cosas que, por causas desconocidas para mí, son imposibles de borrar, quedan fijas en el tiempo y, a veces, me remiten a épocas que, como soy terco, me niego dar por terminadas.

Mis remembranzas son hipócritas. Sé que puedo narrar con veracidad algunas de las cosas que me sucedieron, contar las historias de ciertos hechos en mi niñez, incluso con pequeños detalles. Pero no puedo saber si los años se han encargado de modificar en mi mente esas anécdotas para quedarme sólo con aquellas que son alegres o neutras. En otro nivel puede ser tragedias reescritas de tal manera que hoy, si duelen, las conservo para alimentar mi orgullo —un soberbio: “fui capaz de soportar eso”—, o solamente sirven para seguir rumiando viejos rencores. ¿Esto querrá decir que yo soy un mentiroso? Puede ser, la verdad no me interesa, puedo estar tranquilo con mis recuerdos y, para mí, eso es suficiente.

Estoy consciente que los recuerdos no son confiables y, sin embargo, soy leal a ellos. Los defiendo a pesar que en algunos de ellos todas las pruebas dicen que mienten. No me importa, son míos, y lo esencial: hasta hoy nunca me han traicionado.

En estas tardes también surge el deseo de regresar a lugares en los que estuve muchos días atrás, con amistades que dejé en aquella época. No me quiero engañar, más que buscar personas, espacios, lo que intento es volver a esa época para vivir lo que aparece en mi memoria. Se me olvida que todo quedó enterrado bajo pedazos de días, pueden ser inexistentes. A pesar de ello, lo he hecho con diversos resultados. Sí, he encontrado viejos amigos que no veía en años, con algunos puedo establecer una nueva relación, pero otros, al volverlos a ver, han cambiado de tal manera que lo mejor es olvidarme de ellos. Aquellos que quedan ya no son iguales, no puedo decir que hoy sean mejores, mi punto de comparación en el tiempo no es fiable.

Conservo, en medio de todo eso, un tipo de memoria que permanece intacta, de la cual estoy completamente seguro que no ha sufrido algún extraño giro dentro de mi mente durante el paso de los años. Hoy puedo comprobar ese hecho. Se trata de personas y lugares que me acompañaron en mi juventud, actividades que alguna vez hice, como: navegar en el Caribe con las velas desplegadas en El Rayo, acompañar a Thornton y Buck en su búsqueda de oro por Alaska, caminar junto al profesor Lidenbrock en un viaje bajo la tierra, correr por la selva del Seonee al lado de Bagheera, estar perdido en una cueva con Becky y Tom; entre muchas otras. Cuando tengo el deseo y tiempo las vuelvo a encontrar. Al hacerlo, descubro que están de la misma manera; el tiempo no ha mermado o modificado nada de lo me dejaron. Aquí mis recuerdos, además de leales, son honestos

En aquellos días no tenía manera de saber cuáles cosas serían perdurables, qué sucesos recordaría. A menos que sean eventos realmente trascendentes o impactantes, no poseo la capacidad de decidir qué sucesos se afianzan en mi memoria y cuáles irán al cajón del olvido. Es una pregunta difícil de responder: ¿Cómo puedo saber qué acontecimientos, vivencias de este día, perdurarán en mi futuro? No me importa, de todas maneras, acabaré por inventar mis historias y recuerdos. Siempre lo he hecho, además, también sé que existen otras: aquellas que algunas personas destacadas crearon y dejaron plasmadas en letras. Hoy les doy las gracias.

 

Odio

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 26 de noviembre del 2015

“Así dirá la Historia

Se debatía entre el furor y la esperanza

Corrían a encender montañas

Y se quemaban en la hoguera.”

Vicente Huidobro

 

El viento siempre ha sido el mismo, no le interesa lo que pensemos de él; sin embargo, algunas personas dicen que hoy soplan vendavales de odio y estamos en una era llena de rencores, violencia. Incluso he escuchado voces, nada razonables, pero llenas de angustia, comentando que lo que está aconteciendo es el comienzo del “fin de los tiempos”.

Es un hecho, al menos para mí, que los años y días invariablemente terminan. Jamás he encontrado la manera de guardarlos, ahorrarlos para usarlos en un futuro, siempre veo como cada uno de ellos se va sin poder evitarlo. Además, ¿el fin de cuáles tiempos?, las referencias cronológicas son completamente subjetivas, varían de acuerdo al gusto y calendario de aquel que tiene la ociosidad de separar en pedazos el continuo andar de los relojes. En remoto caso que sea cierto, si efectivamente se acaba todo: ¿qué caso tiene angustiarse con ello si de todas maneras no se puede hacer nada? Tal vez me lo comentan para que me apresure a terminar aquellos pendientes que existen y nunca terminan; pero si nada va a quedar, a quién le podrá hacer daño que no finalice algo. Ideas ociosas, que buscan generar temor. Solamente aumentan aún más el sano nivel de estrés con el que me entiendo todos los días.

El odio entre algunos grupos de personas es como el viento, siempre ha existido. Las razones que dan origen a ese rencor son, por lo general, de una profundidad tal, que es una utopía dialogar, discutir o acordar algo al respecto. Por ejemplo: cómo es casi imposible razonar con alguien para que cambie su religión o crea en algún dios, se intenta meter esa nueva creencia por medio de garrotazos en la cabeza y, si no se obtienen resultados, la solución es matarlo para que no contamine a aquellos a lo cuales los golpes sí les hacen efecto.

Con algunos otros conceptos existe la misma situación: raza, política, ideología, amor. Podría parecer ilógico que mencione ese último, pero es una realidad que también por amor se puede generar una violencia que puede llegar a ser brutal; no sólo entre dos personas, sino incluso, entre comunidades. Algunas otras cosas se pueden colocar en una mesa para negociar, platicar alrededor de ellas e intentar lograr acuerdos: territorio, riqueza, recursos naturales, uso de poder; pero aquí también la codicia y ambición muchas veces hacen casi irrealizable que la razón pueda vencer a la violencia.

Todas las épocas han sido tiempos de odio, de agresiones. Siglos han pasado, en cada uno han existido grandes hombres que dejan en su legado una idea clara: “la violencia solamente genera más violencia”. Coinciden en ello pensadores de diversas eras, religiones, lugares; sin embargo, seguimos en el mismo camino: los vendavales son iguales.

Tal vez ser violentos es parte de la naturaleza humana. El guerrero siempre ha ganado al sabio, esta idea tiene su lógica. Es muy difícil (requiere inteligencia) poder compartir una idea y convencer a los demás de la misma. Podría ser tarea para pocos, algunos supuestos elegidos, no por el grado de intelecto requerido, sino por el esfuerzo que es necesario para lograrlo. Es mucho más fácil seguir dos caminos: no hacer nada si se es débil o, sí se tiene la fuerza suficiente, persuadir a los demás por medio de golpes. Además, si los trancazos son duros y sin piedad, es más rápido y efectivo lograr que el otro acepte razones que le son ajenas.

¿Podemos tener la esperanza que un día lograremos cambiar esta inercia? No es cuestión de guardar una vana ilusión o de esperar que algún poder divino logre cambiar siglos de atropellos. Es una cuestión de creer en la dignidad, el ser humano y la posibilidad de lograr que las ideas sean más fuertes que los puños. Es necesario hacerlo para vivir con cierto grado de decencia, respeto entre nosotros; cuando dejen de existir personas que tenga esa esperanza realmente estaremos perdidos.

Ese “fin de los tiempos” siempre está aquí, invariablemente acaban los días, cada momento respiro es el final de un tiempo. Tal vez lo dicen en el intento de lograr que me arrepienta de algo, de hacer que rectifique el camino, pero en esa manera de intentar convencerme está implícita cierta violencia. Seguimos sin aprender, es más sencillo amenazar que convencer; tal vez un día los vientos realmente cambien y la lucidez del argumento sea más poderoso que la fuerza bruta. Conservar esa esperanza es vital para no perder el concepto Hombre.

Y vivieron felices para siempre…

Publicado en Avenida Digital 3.0 el  10 de noviembre del 2015

“¿Cómo me vas a explicar,

di, la dicha de esta tarde,

si no sabemos porqué

fue, ni cómo, ni de qué

ha sido,

si es pura dicha de nada?”

Pedro Salinas

¿Y si la historia no tiene un final feliz? Coincido con muchos, ese simple hecho me puede molestar, como a veces me enfada ir al cine y descubrir que la película no me regala un momento de gozo antes que las luces se enciendan de nuevo. Un alegre epílogo es algo que las historias deben tener para poder ser buenas. Eso es lo que me dijeron, lo que se dice, pero siempre olvido que en realidad ni siquiera sé con claridad cuándo es el comienzo del final; a veces, esa última sonrisa puede ser una hipócrita manera de esconder la realidad.

En mi niñez, algunas buenas conciencias alteraron las historias que contaban, me hicieron creer que existía esta realidad: todo tiene una meta feliz. En un acto de completa irresponsabilidad hice mía esa idea. Era para estar tranquilo: pensar que la Cenicienta dejó de ser ceniza, que se casó con un príncipe azul, su vida de muchacha de servicio en una pequeña casa cambió, sin más esfuerzo que perder un zapato, para ser la “patrona” del castillo. Las flojas dormilonas: Blanca Nieves y Aurora, dejaron su tranquilo descanso —por el cual las envidié en esas largas noches de insomnio— con un beso de amor; lo que nunca mencionaron es que, tal vez, fue la última vez que las despertaron de esa manera. Tampoco me dijeron que los incontables compromisos contraídos por ser las famosas protagonistas de cuentos, las llevó a usar de manera alterna el despertador y las pastillas para dormir, además de otros recursos más interesantes, menos legales, para poder soportar los vaivenes de la fama. La Sirenita nunca se quedó con ese príncipe que, por cierto, tampoco aprendió a nadar; me inventaron un desenlace que Hans C. Andersen jamás imaginó. Él, para ser congruente con la realidad, decidió que el príncipe se casara con una mujer que supo aprovechar una oportunidad y su belleza para ascender de manera rápida en la sociedad; es decir, definió de una manera tanto precisa como clara el concepto de trepadora. Tal vez esa lección es más valiosa que el simple “vivieron felices para siempre”.

Los finales alegres son como un eclipse, duran poco, sólo hasta que sale de nuevo el Sol, entonces, con su resplandor, deja ciegos a aquellos que se aferran a seguir observando lo que dejó de suceder. Nunca entendí el motivo de esa irracional y falsa manera de ver la vida, a pesar que creí en eso mucho tiempo. El concepto “final” no siempre es claro, pocas veces sé cuándo me encuentro ahí, sólo lo percibo si llega de manera imprevista, irracional, hasta cierto punto, violenta; por eso, es probable que no me de cuenta si estoy en el borde de un desenlace. Vivo atrapado en los hábitos del día a día; las costumbres a veces causan cierta incapacidad para entender cuando algo está por decaer. La frontera no siempre es clara.

La rutina marca un sólido ritmo a mi vida, me permite saber bien dónde estoy, qué hago, cuándo hacer las cosas. A veces es más exacta y confiable que un reloj, todo parece marchar bien cuando permanece inalterada, las cosas están donde deben estar. Para algunos puede ser aburrido, pero saber con cierta certeza lo que voy a hacer me genera una calma que aprecio mucho. No es tan importante encontrar la felicidad, la tranquilidad es lo que realmente vale en la vida. Sin embargo, en ocasiones ese pausado caminar del tiempo es agitado por sucesos que llegan de manera repentina, el orden desaparece. Sé que, con el paso de los días, todo volverá a la normalidad, pero ciertos sucesos, que podrían ser intrascendentes, dejan una huella imposible de evitar.

Es posible que el riesgo de perder la tranquilidad de la rutina sea lo que genera la idea de buscar la felicidad, cada día, de manera casi fanática. En mí devenir de acontecimientos, un aparente epílogo tal vez me puede dar un momento de alegría, tan fugaz como comer un delicioso tamal verde y observar, en el último bocado, las hojas tiradas a un lado. ¿Final de qué?, ¿de un pedazo de rutina? La vida sigue, a ella no le importan los capítulos, ni el tiempo, tampoco si las sonrisas fueron honestas.

Los finales felices no interesan, no importan desde una perspectiva amplia. Son solamente un invento para hacer historias que la gente compre y dar esos buenos mensajes de optimismo que se venden con facilidad. ¿Y la tranquilidad de la rutina?, de ella nadie habla, es tan corriente que a nadie le interesa. Deberíamos quitar ese final de los cuentos y solamente dejarlo en: “y vivieron…”.

 

Hojas secas

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 21 de octubre de 2015

“¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas

y siempre se repitieran

los mismos pueblos, la mismas ventas

los mismos rebaños, las mismas recuas!”

León Felipe

 

El otoño llega de una manera extraña, tal vez porque es una época que no está enmarcada por algo en especial, un espacio entre la diversión del verano y la nostalgia del invierno, una temporada en la cual nadie espera nada y que a pocos sorprende. Por eso es raro que deje recuerdos fuertes, a menos que, por un azar, alguna fecha importante caiga entre sus días. Aún así, esas pocas memorias que pueden quedar no son debidas a la estación, sino por eventos que sucedieron en ese espacio, pero pudieron ocurrir en cualquier momento del año. En otoño no existen navidades o vacaciones primaverales. Podría parecer que no encuentro en estos días algo más que un montón de hojas secas tiradas y la tediosa actividad de barrerlas para conservar algo de vergüenza en nuestras aceras. Aunque para recuperar la decencia, la dignidad perdida, no bastaría sólo con barrer, necesitaría una escoba muy grande y aún así, habría túneles en los botes de basura, todo escaparía, estaría en nuestras calles de nuevo, sin que nadie haga nada.

Sin embargo, esta estación posee una característica especial: como el año ha gastado un considerable número de días, el otoño tiene una buena cantidad de experiencia acumulada. Esto sin la premura causada por el fin de año, en donde todo es correr entre la angustia por terminar los pendientes y los múltiples festejos, carrera contra el reloj que siempre gana la resaca. Aún no sé bien para qué pueda servir tener todo ese conocimiento si no existe algo que obligue a exprimirlo, pero es bueno saber que está. Posiblemente para darme cuenta, como cada año, que gran parte de mis buenos propósitos de año nuevo se quedaron enterrados en algún lugar y lo mejor es dejarlos ahí hasta el próximo enero. Si he llegado hasta aquí sin ellos, no creo que hagan falta por otros dos meses.

Es un periodo que se atora en el calendario y transcurre en silencio, agitado por la fecha en que realizamos el festejo de los que se fueron, ese intento de tratar de convivir con nuestros difuntos, aunque sea por una noche. Debe ser una mala experiencia para ellos, porque nunca se han quedado más tiempo, al amanecer se les acaba la paciencia. Este año será lo mismo, pasan los otoños y cada uno es una repetición del anterior; pequeñas variantes, las suficientes para sentir que el tiempo pasa, pero ninguna tan importante como para hacer que esos visitantes decidan permanecer de manera definitiva o, cuando menos, algunos días más, a pesar de todo lo que hacemos para agradarlos en esa velada. Es un hecho, algo estamos haciendo tan mal que ni los muertos quieren vivir de nuevo entre nosotros. Insisto, falta decencia en este mundo para poder ser convincentes con ellos y pedirles que no se retiren.

Como no es mi intención ir con ellos después de esa noche, tengo que continuar, pasear entre la rutina y algunas cosas que alteran el conocido ritmo del día a día. Muchos de estos eventos llegan disfrazados de tal manera que a primera vista podrían pasar desapercibidos, pero a veces me dejan una huella más profunda de lo que podría imaginar. Recuerdo un día de noviembre, una buena amiga, Laura Chávez, al buscar la solución para un contratiempo que surgió en un curso, me dijo un frase en apariencia intrascendente: “No pasa nada, siempre existe una manera de distraer al destino”. Por alguna extraña razón, esas últimas palabras se quedaron grabadas en mi mente, en el tiempo dieron origen a un relato y posteriormente al título de mi primer libro. Un suceso en apariencia sin importancia que, al pasar de los días, ayudó a encaminar parte de mis actividades. Así son esos momentos, no llegan de una manera agitada, no quiebran la rutina; es más, pueden ser parte de la misma y en el trascurrir de los días crecen para alterar el final del año, o de los años por venir.

“Distraer al destino”, es para lo que puede servir el otoño. En sus instantes triviales que aparecen en la banalidad de la vida. Reconocer que en ellos existe la posibilidad de salir de la ruta marcada. No interesa la razón de esa distracción, es lo de menos. No importa que sea para encauzar un mejor camino o perseguir metas más elevadas, eso no es relevante, a pesar de lo que me podrían aconsejar. Es torcer un poco el camino, encontrar razones para tener una estúpida sonrisa, saber que tal vez podamos encontrar un motivo para que los que vienen en la noche de muertos se queden un poco más de tiempo entre nosotros.

Tránsito

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 29 de septiembre de 2015

 

“Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba

por milésima vez los autos que lo rodeaban..”

Julio Cortazar

 

Las calles en mi ciudad se transforman, dejan de ser alfombras de asfalto para convertirse en ríos de carros. Cada día circula un gran número de ellos, pero gracias a la perfecta planeación del crecimiento urbano, podemos hacerlo sin que existan problemas ocasionados por el exceso de velocidad. Debido a que las pláticas en lugares cerrados pueden generar conflictos violentos, muchos toman la sabia decisión de viajar solos. Puede ser que esta conducta ayude a incrementar el tránsito, pero estos tipos solitarios mantienen el precario ambiente de paz dentro de la agitada urbe, ya que, sin alguien con quien discutir, sólo les queda pelear de manera virtual con el locutor de radio que los acompaña; sin duda es mejor opción que el caos ocasionado en las avenidas por su aislado egoísmo.

Puedo observar claramente a los ocupantes de los diferentes vehículos que circulan junto al mío: En uno de ellos va manejando una señora despeinada, de tan feo aspecto que podría causar un ataque cardíaco en otra persona, pero eso no le interesa, en el baño de la oficina donde trabaja, la magia del maquillaje la convertirá en coleccionista de piropos (escribí baño, porque la palabra tocador tiene un sentido extraño, que hasta hoy ninguna mujer me ha revelado). Al mi lado, un anciano en un carro ,también de la tercera edad ,va peleando con todos, incluso con el personaje que vende donas en la calle. Más atrás una hermosa mujer tiene que arreglarse mientras maneja, no sabe que su belleza hace que esa actividad sea innecesaria. En un compacto que está atrás de mí, viaja un grupo de estudiantes que seguramente van camino a la universidad. Son diferentes autos, diferentes personas, diferentes motivos.

Soy parte de ese cardumen, un trozo de mi vida en esta ciudad, del cual no puedo escapar. También soy incapaz de escapar de este lento ritmo. Es algo que contradice la terrible velocidad que impone la vida urbana. En tiempos de apresuradas decisiones, veloces saludos, aceleradas relaciones, es un paraíso contar con ese espacio en el que todo fluye lento, lento, lento. Se puede desayunar, trabajar, comprar, pagar, enamorar, fornicar, escribir, convivir en redes sociales; todo, en ese lugar. El tiempo, que es escaso en esta modernidad, se alarga en el denso tránsito. Esas horas que no alcanzan para atender la familia, amigos, compromisos, trabajo, problemas, soluciones, diversiones y demás fantasmas del día, pueden ser aprovechadas en las vías rápidas. Ahí el reloj deja de ser el amo, ya no esclaviza. Entrampado en la vía rápida hoy, como cada mañana veo cómo gotea lentamente el tiempo, se vuelve casi eterno.

La hermosa mujer termina de maquillarse, llega a mi costado, gira su cabeza y me mira. Le devuelvo la mirada y volteo hacia el auto que circula a mi izquierda. El viejo maneja contento, satisfecho; ignoro con quién se peleo esta mañana, tal vez por fin consiguió una dona gratis. Voy despacio, vamos despacio; todos en el mismo río. Continúan atrás de mí los jóvenes. Los veo por el espejo, parece que están cantando y bailando dentro de su carro. Viene a mi mente un cuento de Cortázar: “La autopista del sur” y, de pronto, me siento parte de esa historia. Todas las mañanas soy la interpretación mexicana de ese cuento; en otras palabras, una versión perfecta del mismo, como todo lo que se hace en mi país.

El tiempo me oprime, no puedo con tanta eternidad. La misma historia se burla de mí todas las mañanas, sabe que mi tiempo nunca es el mismo y que en este perfecto tránsito lo tengo a manos llenas, sin poderlo conservar. Cada día desperdicio horas, el reloj del tablero de mi auto me lo recuerda, son preciosos minutos que no sé para qué los podría usar ya que se esfuman al llegar a mi destino.

Los autos avanzan lentos, pausados; rompen, con su desesperante calma, la agitación en la ciudad y, con ello, aumenta mi angustia y mi tensión. Desesperado, vuelvo a mirar las personas encerradas en los autos que me rodean. Percibo que compartimos el mismo sentimiento, todos con el mismo semblante de angustia producto de no poder encontrar como aprovechar a fondo estas horas… casi todos. Me doy cuenta, al mirar atrás, que los jóvenes siguen cantando. Están felices, sonríen.

Esas sonrisas que veo en mi retrovisor: ¿Por qué lo hacen?, ¿será su ignorancia?, ¿la certeza que tienen mucho tiempo por delante y pueden darse el lujo de desperdiciar el actual? No lo sé. Lo que sí sé es que esos gestos de alegría están ahí, dentro de su auto, sin poder salir. Observo mis manos que descansan en el volante y cierro mis ojos por un segundo. No necesito ese tipo de felicidad, siempre he sabido dónde guarde mi tiempo.