Archivos de la categoría Tintero de ideas

Sombras

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 2 de septiembre de 2015

“Estoy pensando, es de noche,

en el día que hará allí

donde esta noche es de día.”

Pedro Salinas

  

Existen sombras que únicamente se ven en la oscuridad, como fantasmas que vienen para inquietar mi conciencia, sin nada que las acompañe. Siempre las encuentro en el mágico o trágico espacio de la noche, cuando mi cuerpo pide descanso y me dice que la jornada debe terminar. Entonces apago la lámpara y, al mismo tiempo que acomodo mi cabeza en la almohada, intento dormir. En ese momento, al amparo de la falta de luz y sonidos, mi cerebro se niega a descansar, no me obedece. Yo no intento que ese rebelde cumpla mis órdenes, sé que no tiene caso. Es un instante de sentimientos encontrados, no se trata del clásico episodio de angustia nocturna, que en el pasado me acompañó como firme compañero, ni del malestar generado por cosas que no hice u olvide durante el día. Ahí aparecen esas sombras que vienen a mi mente. Llegan y entran sin obstáculos, ofreciéndome variados y extraños bocetos sobre los cuales yo puedo escribir. Los dejan en mi cabeza, pero esas ideas se extinguen. Después de un rato, el sueño llega como un gran plumero, limpia todo rastro de lo qué podría ser y me deja sin nada. Alguno de ustedes pensará: ¿por qué no lo anota, lo graba, lo escribe en ese momento?, ¿por qué no hace algo más para guardar todo eso? Puedo esgrimir muchas razones, algunas bastante lógicas como no despertar a mi esposa que tranquilamente duerme junto a mí. En el fondo la causa de mi inactividad es más sencilla: temor.

En un intento para sentirme tranquilo, trato de convencerme que tal vez son ideas demasiado absurdas, tonterías que no deben llegar al papel; pero no me puedo engañar, en mi interior está la sensación que algunas son demasiado íntimas para ver la luz. Tal vez por eso aparecen cuando los sentidos se ausentan, es el instante en que mi conciencia acepta cualquier pensamiento sin juzgarlo. Después, para no razonar en ellas, dejo que mi sueño las borre para no tener que enfrentar los demonios que están encerrados ahí.

A veces, en la siguiente mañana, quedan algunos de esos pensamientos en mi mente, gritan para poder escapar. Y sigue el temor de expresar mis ideas y lo qué podrían decir las demás personas de ellas. Entrelíneas quedará mi vida, cada palabra contendrá una nostalgia, un vano deseo, una alegría lejana. Podrá quedar ahí también la prueba que mi escritura no es tan buena como pienso, que solamente parece una pérdida de tiempo, como si el tiempo se pudiera perder. Mis textos quedarán como testigos de lo que fui, tal vez para que me condenen; rara vez pienso en el halago. Cada párrafo que escribo contiene una parte de mí que alguien leerá sin ver más allá que esas letras.

Es mi temor: el instante en que un desconocido me lea. No existe retorno, las letras que se van nunca regresan. Decían varios autores que escribir es una tarea de valientes, no lo creo, más bien se trata de una tarea de irreverentes, de locos o de indolentes. No, no puede ser de indolentes porque en cada texto va un movimiento del alma, cada frase tiene un sentimiento que alguna vez se atrapó y al colocarlo en papel se escapa. Escribir es una tarea de locos. Realmente, debo estar un poco demente para colocar esto aquí, para que ustedes me critiquen, me ataquen, me devoren. Solamente una persona que no se encuentre completamente sana podría permitir eso, podría aceptar que estas íntimas letras lleguen a sus ojos.

Un loco más, en un mar de locos. Porque también se requiere ser así para leer y compartir sentimientos ajenos, para adentrarse sin miedo en la intimidad de otra persona. Dos locos en un mar de locos, eso somos, usted y yo.

Nuestro tiempo

Publicado en Avenida Digital 3.0 el día 17 de julio del 2015

“Hablamos para nada, con palabras que caen
y son viejas ya hoy, en la boca que sabe
que no hay nada en los ojos sino algo que cae”

Leopoldo María Panero

Vivimos en tiempos cínicos, mejor dicho: en tiempos descaradamente cínicos. Siempre hemos estado rodeados de mentiras, engaños, medias verdades; en todos los ámbitos: dentro de la familia, círculos sociales, gobierno, medios de comunicación, empresas. Se comienza al iniciar el día con la receta: Estoy bien, ¿y tú, cómo estas?, que usamos como fórmula para contestar, aunque estemos como diablo que nada en agua bendita, y así continuamos hasta llegar la noche. Hemos llegado al punto de poder distinguir sin errores las falacias y, aún así, no nos importa. Seguimos por el camino como si todo fuera verdad, no afecta en nada nuestras vidas, no es un problema para resolver. Nos hemos convertido en seres descaradamente cínicos.

Todo se ha vuelto más desvergonzado gracias a la tecnología. Recuerdo los años en que se podía hacer un desfiguro tremendo en una discoteca (como antes se llamaban los antros) y no pasaba nada; los pocos testigos que había generalmente estaban en un estado que resultaba imposible, al día siguiente, distinguir entre la fantasía y la realidad. Lo sucedido quedaba oculto por las sombras y destellos del ambiente nocturno. Hoy en día, el video de ese desliz puede aparecer en cualquier lado, nos podría llevar a ser los protagonistas de un espectáculo de corta duración, tener fama durante pocos días, personas que ni siquiera conocemos se burlarían de nuestra conducta y, la verdad, no nos importa, nos reiremos de nuestro desvarío.

En el gran escenario de los acontecimientos nacionales, estamos en la misma sintonía. Hemos visto como un preso, en un penal de altísima seguridad, se escapa del mismo utilizando recursos de ingeniería que son ejemplo para algunas obras públicas. No fue un pequeño agujero en la tierra, fue un túnel perfectamente construido; en donde nadie vio, escucho, pensó o imaginó nada. Un túnel en la nada, un perfecto ejemplo de descarado cinismo. Lo mismo pasa con el incendio de un asilo de ancianos en el norte de México, algunos graves errores médicos que han sido noticia en nuestro país, la enorme corrupción; cosas graves que suceden, que deberían indignar y la realidad es que, en las redes sociales, un video que muestra a muchachos maltratando perros en una tienda genera más irritación. Seres humanos muertos o marcados de por vida importan menos que un par de cachorros.

En el plano mundial se sigue la misma corriente. Hace pocos días, en la cuna de la democracia, Grecia, se realizó un plebiscito para decidir si aceptaban o no las duras medidas propuestas por la comunidad financiera europea a cambio de recibir un préstamo de emergencia. El pueblo voto por el “No”, apoyado por su primer ministro Tsipras. Días después, se firma un acuerdo con la Unión Europea que contempla medidas aún más duras para Grecia; ¿el plebiscito?, ahí quedó, otra cínica muestra del poder del dinero.

Es imposible decir la realidad descarada de las cosas, nadie la creería. Estamos tan acostumbrados a la falsedad, al engaño burdo, que a veces no interesa saber la verdad. Es más importante aparentar y mostrar lo que sería correcto, aunque no coincida con los hechos, que afrontarlos.

En eso estamos muy bien, somos perfectamente congruentes con nuestro mundo. Usamos las redes sociales para amplificar nuestro cinismo, para hacerlo descaradamente absurdo. Todas las maneras son válidas para expresarlo, para pertenecer a esta ola que nos arrastra: usar perfiles falsos para atacar personas, crear o escribir posturas para crear una buena imagen sin estar de acuerdo con ellas, mostrar una personalidad perfecta que es totalmente diferente a la real, congratularse de personas que se odian; en pocas palabras: crear o alimentar mentiras para vivir en un mundo de correcta hipocresía. Todo es válido a condición que la verdad, sí es mostrada, sólo sea a medias. No interesa que todos sepan la falsedad de las cosas, es más, es mejor porque así, nuestro cinismo, la esencia del hoy, puede llegar a ser perfecto.

No creo que eso sea malo, tampoco bueno. Simplemente es. Pero este mundo hipócrita nos obliga a contestar esta cuestión con una actitud de consternación e indignación. Tenemos que horrorizarnos (aunque sea mentira) ante esa realidad para poder pertenecer a nuestros tiempos. Hacerlo lo contrario sería mostrar un lado que puede ser honesto, pero que no es permitido en estos días. Debemos seguir el camino del engaño descarado y absurdo: decir que eso está mal, muy mal; aunque en el fondo probablemente lo hacemos sólo para mostrar una imagen de “ser correcto”. No importa lo que pensemos, interesa lo que mostremos, mantener el cinismo. Levantar la voz para protestar ante tanta desvergüenza, aunque al final olvidemos las razones de ese grito. Eso es ser consistente con el entorno, no podemos mostrar nuestras verdaderas razones, nos etiquetarían de farsantes.

En el fondo, se puede argumentar que este texto es una gran mentira, esa podría ser una verdad; pero no importa, después de todo, cada uno cree lo que quiere creer.

Mi funeral

 

Estoy cansado de estar vivo,

aunque más cansado sería el estar muerto…

Luis Cernuda

No puedo morir ahora. No es viable, ni siquiera como posibilidad por una sencilla razón: aún no he conseguido asegurar una asistencia mínima de, al menos, 25 personas al funeral. Muchos dicen que sí irán; pero, si ni siquiera asisten a eventos donde estoy vivo y tengo la posibilidad de reclamar su indiferencia, ¿cómo puedo esperar que vayan si no tendría manera de quejarme en caso que falten? Necesitaría un medio confiable para que, estando muerto, me pudiera comunicar con ellos, poder insultarlos si no van; pero esa máquina es demasiado cara, tal vez podría pagar una pirata, pero sería un fraude.

Varias veces he imaginado cómo sería hoy mi funeral. Tal vez parezca extraño, pero es una idea que no me causa temor o un sentimiento de catástrofe, es sólo una imagen en mi mente, un divertido juego personal que a veces aparece. Lo que he podido concluir de esos pensamientos no es agradable. Todos los sepelios, o al menos la mayoría de ellos, son deprimentes; pero lo que veo en mis imágenes mentales es desmoralizador en otro sentido, sería con muy pocos asistentes: algunos familiares y uno que otro amigo despistado que no supo cómo, pero llegó. Tal vez algunos desistieron porque se hartaron de buscar un lugar para estacionarse; con la mala suerte que tengo, en la funeraria habría otro, tal vez de un famoso actor que no cayó en desgracia o un empresario prominente. El estacionamiento estaría lleno, no habría espacio para los pocos que intentaron llegar. Uno de los mejores pretextos que existen para faltar a un evento es no tener dónde estacionar el carro, aunque se utilice el transporte público. Los pretextos son como los políticos, el hecho de no ser verdaderos no los rebaja de categoría.

Es posible que sea una reunión de pocos amigos y no necesariamente los mejores. Eso nunca lo sabrán los asistentes, ya que hablarán cosas buenas, de todos habré sido un gran compañero, incluso de aquel que, sin querer, le fastidie la vida. Tiene sus ventajas ser un cadáver, aunque hablen mal de mí, no podrán alterar la serenidad en mi rostro. Pero yo podré cambiar la de ustedes. Será cuando pregunten quién es esa hermosa y misteriosa mujer completamente vestida de negro que llegará en silencio, dejará una libreta oscura sobre mi ataúd y se retirará sin despedirse. Ninguno podrá saber quién es y, como la máquina para comunicarse conmigo no estará en ese lugar, no habrá manera de averiguarlo.

Necesito un poco más de tiempo de vida, aún me falta establecer lazos más fuertes con un mayor número de personas. De esa manera mi funeral no sería tan deprimente. No quiero imaginar los comentarios de los asistentes al del artista, en la mayor capilla del lugar: “¡Pobre hombre!, ¿qué habrá hecho en su vida que casi nadie vino?” Debe existir alguna temporada donde fui insoportable para los que me rodeaban, pero en general he sido una buena persona (aunque mi criterio no es riguroso), por lo que esa crítica no sería válida. En lugar de sentirme tranquilo con esa idea, haría aún más deplorable esa falta de asistencia, porque hasta ver en la televisión como pierde el Cruz Azul otra final es válido para evitar asistir.

Tengo otra cuestión decidida, es algo que ayudará remediar esa situación: en el funeral se organizará una rifa entre los asistentes. Inicialmente pensé en una enorme pantalla plana como premio, pero al ver el poco entusiasmo de las personas a las que les he comentado, decidí cambiarlo por un viaje a algún paradisíaco lugar, para dos personas, todo pagado. No es mucho, pero puede hacer que la decisión entre asistir a mi funeral o ir a la cita con el ginecólogo se incline a mi favor. Esa rifa sería únicamente entre los presentes, no importa quienes sean. Puede ser que el ganador sea un mensajero, que llegó para entregar unas flores y estaba ahí en ese momento. Sería un ganador válido, él tenía una razón honesta para estar ahí. Es una cuestión de motivación, a nadie le caería mal un viaje.

Avisaré con bastante tiempo de anticipación la fecha del evento, así cada uno podrá ajustar su agenda sin problema. Pueden estar tranquilos, no será un viernes o sábado, siempre están llenos de cosas más importantes que un funeral, por interesante que este pueda ser. Si alguien compra esa máquina para reclamarme algo (siempre existen esas amables personas que ni a los cadáveres dejan en paz), no intenten usarla para preguntar el teléfono de la dama de negro, la conozco bien, ella no les hará caso. Y si uno de ustedes falta, no se preocupe; de cualquier manera lo veré pronto, de eso estoy seguro, la paciencia no es una de mis virtudes.

pasillo

Mi calle

Publicado en Avenida Digital 3.0, el 27 de febrero del 2015

La calle siempre está igual, casi nada cambia, por eso nunca tomo el tiempo para observarla con cuidado. Al salir de casa pocas veces me preocupa el estado en que se encuentra, no es algo relevante en mi vida. Mi mente está en otros asuntos, ese andar es algo tan rutinario que mi vista no se detiene en los detalles. Cuando lo hago, no logro descubrir qué es lo nuevo, qué fachada cambió de color o si algún perro callejero pensó que podríamos ser buenos vecinos y decidió vivir en nuestras banquetas.

Foto por Liliane Mendoza Secco

Foto por Liliane Mendoza Secco

Sin embargo, a veces sucede, existe un pequeño cambio. Recuerdo una vez, hace unos meses, de la nada apareció un lujoso auto estacionado en nuestra calle. Tenía golpes en un costado, el parabrisas roto, sin placas. Algún vecino, en un acto de iluminación, pensó que probablemente era resultado de un asalto o algo peor y llamó a la policía. Días después una grúa se lo llevó. Poco después nosotros olvidamos ese auto, jamás pasó por nuestra mente la idea de averiguar el porqué estaba ahí; si existió alguna violencia fue en otro lugar, lejos. Nadie vino a preguntar nada, todo regresó al mismo estado de siempre.

Otras cosas no se olvidan, pero quedan enterradas entre tantos recuerdos que pocas veces aparecen en la memoria. Como aquella vez que hubo una fuga de gas en una de las viviendas. Todos salimos de las nuestras, estábamos en las aceras cuando llegaron los bomberos. Ellos nos pidieron que nos alejáramos mientras controlaban la fuga. No pasó nada grave, al igual que el asunto del auto misterioso, nunca supimos la causa de ese incidente, y tampoco nos importó. Esa anécdota pasó a la historia. Todo sigue igual.

Hace unas semanas, me enteré que los vecinos de otra cuadra se organizaron para arreglar su calle. Querían renovar los jardines de sus banquetas, tapar algunos baches, limpiar un lote baldío infestado de ratas y otros animales peligrosos. Al principio no me importó esa noticia, era un chisme más, como tantos que abundan en la colonia. Pero, con el pasar de los días, la curiosidad me ganó y fui a ver qué había sucedido en ese lugar. No sé bien cómo le hicieron, si todos estuvieron de acuerdo o si pidieron algún tipo de ayuda. Lo que sí pude comprobar fue que lo lograron. Su cuadra era muy parecida a la nuestra, tan normal que jamás me había fijado en sus detalles. Ahora se veía diferente. Todo parecía estar bien, inclusive una señora que limpiaba jardín de su banqueta me sonrió de manera afectuosa cuando caminé a su lado. Por una extraña razón me sentí tranquilo en ese momento.

Tal vez podríamos hacer algo similar, realmente tenía envidia de lo que ellos cambiaron en el lugar donde vivían. Pero hacer ese esfuerzo es muy complicado, es imposible organizarnos. En nuestra cuadra todos somos diferentes, tenemos intereses muy diversos, no nos preocupan las mismas cosas. Por ejemplo, la vecina de la vivienda amarilla, la que vive frente a la mía: ella está más interesada en quedarse con esa casa después de su divorcio — su exmarido está construyendo una más grande en otro lado— que en arreglar otra cosa; o el viejo que vive en la esquina, la del muro azul, él no quiere que lo molesten, no quiere saber nada, vive añorando la época en que era famoso. Hoy está olvidado por todos, ni siquiera conozco si existe su familia, nunca lo han venido a visitar. También están los que viven en los pequeños departamentos, ellos luchan cada día por conservarlos, sin importar a quién le trabajan. Y la familia de la vivienda con la reja roja, tan metidos en sus negocios que es imposible que vean otra cosa. Realmente, es un universo lleno de personas indiferentes, cada uno ve sólo el suyo; así: ¿cómo puedo pensar en que podemos organizarnos para hacer algo más trascendente en nuestra cuadra?

Es difícil, para mí, intentar unir a los vecinos, sólo soy uno más entre todos. Además estoy más preocupado en conservar mi trabajo, eso es lo más importante. Llegué a la conclusión que no es tan malo vivir ahí, aún se puede caminar con cierta dignidad en nuestras aceras. En verdad, hoy no existe alguna razón de peso para intentarlo. Mientras todo siga igual, para qué buscar un cambio. Esta noche, cuando regresaba a casa, me di cuenta que ahora tenemos un nido de ratas en una de las coladeras de la calle. Es posible que pronto lo olvidemos, que deje de ser importante, como es probable que ocurra con los 43 libros que se perdieron y hoy nadie sabe a ciencia cierta dónde están. Son cosas que pasan en mi calle.

Un recuerdo

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 13 de febrero del 2015

 

Hace pocos días mi apreciada rutina fue fracturada por la muerte del padre de un buen amigo. No fue un golpe que me derrumbara, pero sí tuvo la fuerza suficiente para agitar el normal andar de mi vida. En un principio, el impacto dejó un sentimiento de incredulidad que fue rápidamente reemplazado por el interés de saber cómo estaba mi amigo y la terrible impotencia para cambiar lo sucedido.

Asistir a un funeral es algo que quiebra de cruel manera el orden de mis días. La enorme carga emocional en ellos siempre me abruma, nunca he podido encontrar la manera de prepararme para esas situaciones, como tampoco tengo las palabras adecuadas para decir a los deudos, jamás he dado con ellas.

Sin embargo, la amistad se forja en esos momentos, la única certeza que tenía era que debía estar ahí, sin importar lo que iba a sentir o decir.

Era de noche cuando llegué, la luz en la fachada de la funeraria creaba un fuerte contraste con la oscuridad de la calle. Intenté hacer compañía a mi amigo, pero no es fácil, la soledad se sentía con toda su intensidad. Lo abracé con debilidad, ni siquiera atiné a consolarlo como es debido, su mirada me impactó, ella encerraba la enorme impotencia del momento. Lo entendí, quise hacer algo pero, como siempre, la fuerza de la tristeza me abrumó. Tengo que reconocer que traté compartir sus sentimientos, pero eran tan personales e íntimos, que fue, para mí, algo imposible. No tuve manera de sentir lo mismo que él; tan sólo me quedaba intentar mostrarle el significado de mi amistad en ese silencioso gesto, las palabras quedaron ausentes.

Después busqué un lugar para sentarme y estar presente sin incomodar a los demás. Observaba a las personas en el intento de evitar mirar el féretro: un frío objeto rodeado de flores. No lo logré. Ocupaba un pequeño lugar y sabía que, en esos momentos, él era quien marcaba lo que sucedía ahí en ese instante. La pesadez en el aire no era por el ataúd, sino debida al inerte cuerpo que se encontraba dentro de esa caja. Es difícil comprender que sólo era eso: un ente sin vida al cual acompañábamos en esas horas. No lo volveríamos a ver y tampoco podríamos hablar de nuevo con él; fue duro aceptar que se había ido de manera definitiva. Ya habría tiempo para intentar comprender esa realidad, la rutina llegaría de nuevo a nuestras vidas.

59623_480244535621_5416093_n

Foto por Liliane Mendoza Secco

La verdad era que el padre de mi amigo no estaba ahí. A pesar de verlo, llorarlo y saber que, en apariencia, lo que queda de una vida se encontraba dentro de ese féretro, no era esa persona lo que encerraban esos pedazos de madera. Una materia sin vida que sería convertido en cenizas no era esa persona. Habría que buscarlo fuera de ese lugar, tendríamos que salir de ahí para poder encontrar a esa persona: explorar en los espacios que vivió, hablar con las personas que lo conocieron, atesorar las memorias, para lograr hallarlo de nuevo.

El murmullo de los rezos creaba una atmósfera aún más solemne. Era el sonido de la soledad. Las oraciones flotaba en el aire, su vuelo era lento, como el paso de los minutos. En esos momentos me asaltó la morbosa idea de imaginar cómo sería mi sepelio. Era un pensamiento totalmente incorrecto pero, ¿qué idea puede ser la correcta en esa situación? Tal vez ninguna. Mis fantasías giraban en cómo sería mi féretro, qué personas se encontraría ahí, quién estaría más por obligación que por amistad, qué bromas harían en mi ausencia. Un abrupto silencio me sacó de mi fantasía, los rezos habían terminado. Estaba de nuevo en ese lugar, la realidad era más fuerte que cualquier idea, por egoísta que fuera.

Me despedí con otro abrazo, no quedaba más por hacer esa noche. Los días que vendrán estarán con dudas, ausencia, soledad. Estoy seguro que mi amigo encontrará de nuevo a su padre, estará en muchos lugares de su vida, pero lo más importante es que lo hallará en los buenos recuerdos, esos que siempre lleva consigo, los que nunca se pierden. Tal vez sea lo que me queda por hacer: dejar buenos recuerdos. Lo demás será un inerte cuerpo en una caja, rodeado de rezos que se perderán en el viento.

Voces

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 27 de noviembre de 2014.

El peso de su ausencia es grande, en cada manifestación y protesta, está su recuerdo. Gritamos por ellos, pero también por nosotros. El dolor por la incertidumbre de su destino se comparte, no sólo por los 43 jóvenes normalistas, sino por mucho más. La ola de críticas, la gran indignación y enojo que se percibe en todo el país tiene un motivo más profundo, va más allá de lo acontecido en Iguala. El enfado no es solamente por el grupo de muchachos ausentes, sino por miles de muertos y desaparecidos, por el lodazal que envuelve los cadáveres, por cada acto en que la dignidad ha sido pisoteada en nuestro país. El demonio de la violencia ha caminado tranquilamente, por largo tiempo, sin ningún obstáculo y sigue en el camino. La indolencia, irresponsabilidad, corrupción y avaricia han creado facturas que pocos están dispuestos a pagar, por eso la conciencia de las personas comienza a marcar firmemente el límite, ya no es posible seguir así.

 Se escuchan voces que exigen la renuncia del Presidente. ¿Y después? Pedir un cambio es una de las primeras ideas que nacen cuando las cosas están mal. La gran molestia, el sentido de impotencia, el deseo de hacer algo para detener lo que sucede crean una fuerte carga emocional. Ese sentimiento hace que se solicite una reforma, la que sea; sin embargo, hacerlo sin pensar puede traer algo tal vez peor. Gritar por una renuncia sin proponer algo más, tiene en el fondo la idea que el destino de un país está en manos de una sola persona y la solución de los problemas está en cambiar un gobernante. Es la espera de “algo o alguien” para que todo mejore y no se tiene claro qué debe ser ese “algo”. De una manera visceral se juzga a los líderes como incapaces, corruptos o temerosos (tal vez sea cierto) y se exige que se retiren, sin razonar en los porqués de su actuar.

 La historia habla de la inutilidad de nuestro impulso emocional. Tiene momentos en los que se ha llegado a situaciones donde no es posible seguir con la injusticia, corrupción y excesos de poder económico o político para obtener provecho personal. Frente a eso, el enojo colectivo ha llevado a luchar para terminar con ello, sin embargo, sólo se retiraron a los que abusaron de su posición y se construyeron nuevas fachadas del sistema. Nuestra Revolución es un ejemplo, varios líderes, junto con la mayoría de la población, se levantaron en armas con el fin de obtener más justicia e igualdad para todos. Los resultados no fueron los deseados, hoy existe en México una gran desigualdad social, abusos, violencia. Se cambiaron las personas y las estructuras de poder, pero surgieron otras con las mismas características.

Foto por Liliane Mendoza Secco

Foto por Liliane Mendoza Secco

Los sucesos de Iguala, los 43 jóvenes que hoy están ausentes, han abierto los ojos a muchas personas. Demuestran que se está lejos del lugar adecuado para vivir. Ellos, en su silencio, alertan, dicen que el precipicio está cerca. Seguir en la misma dirección tendrá como destino un despeñadero. Es claro que se debe hacer algo antes que esa caída destruya nuestro país.

 ¿Qué hacer? ¿Ser un simple observador frente a todo esto? Es importante exclamar, manifestar que no puede existir más violencia, corrupción e ilegalidad. Las redes sociales permiten ser escuchados y dan la oportunidad de organizarse para presionar de manera fuerte a los líderes, a los políticos; pero la voz debe ser firme y clara para que sea tomada en cuenta. Los gritos desesperados, exagerados, tienen el riesgo de ser considerados como manifestación de un enojo pasajero. En ese caso, las personas que deben escuchar las protestas pensarán que pueden seguir sordas frente a ellas, que mañana las cosas se calmarán y por lo tanto nada pasará. Es tiempo de levantar la voz no sólo con sentimiento sino también con inteligencia.

 Además de manifestar firmemente que los líderes políticos no pueden obtener ganancias personales a costa de todos, que las cosas deben ser diferentes y mejores, ha llegado el momento de pensar en los valores que están presentes, o ausentes, entre nosotros. No existe corrupción sin que dos partes estén de acuerdo, no se ha llegado a una situación de tanta injusticia y pobreza sin un gran número de personas que, a lo largo del tiempo, se han favorecido por los cotos de poder; no se puede tener un país desarrollado sin un nivel de educación acorde al nivel de progreso necesario para vivir mejor. Tal vez se nos olvida que, además de presionar a nuestros líderes, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para recuperar el sentido ético que hace falta en México. Esa falta de valores también es una de las causas que nos llevaron al lugar en donde estamos. Hoy no sólo están desaparecidos 43 seres humanos y miles más (no los olvidemos); también está ausente el sentido de dignidad en nuestro país. Es tiempo de recuperarlo.

 Alzar la voz, protestar, manifestar que se está en contra de lo que sucede es importante. Permanecer callado es ser cómplice del demonio que nos está devorando. Sin embargo, de nada sirve el grito desesperado para cambiar si se corre el riesgo de navegar en círculos. Es tiempo de ir más allá, no solamente sortear la tormenta, sino ayudar a llevar el barco a su destino. Sabemos hacia dónde ir: a un lugar con más justicia, oportunidades, un mejor ambiente para vivir. Sin dejar de indicar claramente que no es posible tolerar más, es importante reflexionar cómo, de manera individual, en donde estemos, se pueden recuperar los valores que se han perdido y así ayudar a recuperar el rumbo correcto. El precipicio está cerca, no lo olvidemos.

Otoño

 
 Publicado en Avenida Digital 3.0 el 14 de octubre de 2014

Las hojas comienzan a caer en estos días, quedan en el suelo por poco tiempo hasta que un frío ventarrón las arrastra lejos de nuestra vista. Parece que no existen, la mirada no tiene interés en ellas, momentáneas, irrelevantes, muertas; solamente sirven para mostrar la desnudez de los árboles. Ayer los cubrían. Hoy su ausencia revela la tristeza en algunas ramas y muestran otras que crecen torcidas. Algunas personas las voltean a ver, las señalan, pero es poco lo que en apariencia se puede hacer. Es más fácil dirigir la vista hacia otro lado.

 La estación del año hace que se pierda el verdor en el paisaje, desolado por la descarnada violencia. A pesar de tanta agresión, los troncos vacíos se mantienen firmes. Las raíces se extienden y penetran en fosas perdidas en la tierra. No importa el lugar, si el terreno es de abandono o de olvido; buscan sin descansar el alimento que las mantiene vivas: trozos de suelo con abono, nutrientes, sangre y algunos huesos corroídos por la humedad. Esas tumbas sin lápidas ofrecen un buen fertilizante para el árbol, sus raíces no distinguen lo que devoran, bajo la superficie no existen diferencias, todos son iguales. Se han convertido en simples trozos de carne enterrada. A ellas no les importa, seguirán constantes en la búsqueda de alimento, es lo que deben hacer para que sus troncos no mueran.

 El viento de otoño aparece, mueve un pequeño columpio que cuelga de una rama. Algunos niños se acercan, pero no se balancean en él. En el aire existe un olor extraño, tal vez es la humedad o la podredumbre. “Vamos a jugar a otro lado, aquí huele muy feo”, dice uno de ellos, sin saber que en todos los sitios la fetidez es igual. Es el aroma de esos árboles sin hojas, de los secretos que están cubiertos por el suelo, las manos enterradas junto a los columpios. Ellos pueden caminar a otros lugares, divertirse con juegos distintos y sus pies seguirán pisando el mismo terreno. En sus recuerdos de niñez quedará el vano intento de divertirse en ese columpio y la inútil búsqueda de un espacio sin tristezas.

Foto por Liliane Mendoza Secco

Foto por Liliane Mendoza Secco

 Todos los años caen las hojas y, con el pasar del tiempo, vuelven a salir; no pasa nada, las cosas así son. Pero es imposible ignorar la realidad: esas ramas torcidas muestran que los árboles están enfermos. Se pueden quemar, talar, hacerlos desaparecer para que un nuevo bosque comience y tener un paisaje diferente, lleno de armonía. Será un esfuerzo inútil, el problema no está en las plantas, es el suelo con restos de tortura que cubre sus raíces. Esa tierra que calla lo que esconde y en silencio ahoga los sueños sepultados en ella.

 Parecería que algunas letras están perdidas en este bosque de opiniones, condenadas a no tener la capacidad de ser leídas. Tal vez no es culpa de las frases que intentan llamar la atención, es posible que los textos queden en silencio por parecer irreales. Acontecimientos que parecen salidos de una mala novela de terror; historias que podrían suceder en un país lejano, en donde la barbarie es la reina, con súbditos indiferentes. Esa es la realidad que nos cobija en estos días. No existe manera de quedar callado, voltear la mirada; lo impide el olor de la tierra contaminada por los cuerpos sin nombres.

Hoy muchos hablan de ello, remueven el lodo y tratan de encontrar la verdad. Otros permanecen abrumados, incrédulos frente a tanta infamia. Los pequeños no entienden, sólo quieren un lugar en donde brincar, un espacio sin fantasmas, sin aroma a dolor. La indignación remueve las sombras que intentan ocultar lo que sucede, con la esperanza de encontrar todo lo que se enterró en la noche. No habrá razones válidas, es imposible que existan, pero se debe descubrir todo lo que pasó, sin vacíos o mentiras. Se debe hacer, el amanecer no puede quedar manchado con más trozos de infamia.

 Lo triste es que la memoria es corta, se pierde. Será un otoño con un aroma diferente, fueron hojas secas en el suelo, pero sólo eso. Mañana se olvidará todo: las ramas tristes y torcidas, las raíces, la sangre en la tierra, inclusive el desasosiego. Solamente es cuestión de esperar que se vuelvan a cubrir las estáticas ramas, que el follaje las oculte, para no recordarlas. Mientras los árboles estén ahí, cubiertos de ese manto verde que alegra la vista, la indolencia ayudará a olvidar que ese fértil suelo fue abonado por todos para alimentarlos. Algunos podrán ver el horizonte con una fugaz sonrisa, pero otros la habrán perdido en algún hueco de esa tierra.

Nubarrones

                                    Publicado en Avenida Digital 3.0 el día 8 de septiembre del 2014

 

La sonrisa permaneció escondida casi toda la semana, solamente hizo acto de presencia en contadas ocasiones, aquellas en que era necesario fingir para no provocar preguntas y comentarios incómodos: ¿qué te pasa?, ¡vamos, anímate!, ¡échale ganas! Tenía alguna idea de lo que ocurría, pero no albergaba ninguna intención de hacer algo al respecto; de cualquier manera todo seguiría igual. Así eran sus días, una mezcla de ansiedad, desgano, tedio; sin que nada pudiera cambiar esa realidad. Una tras otra, sus semanas transcurrían entre nubarrones que le impedían ver con claridad.

La muerte de Robin Williams abrió por un breve instante la cortina que cubre una enfermedad silenciosa: la depresión mayor. Es un trastorno del estado del estado de ánimo, en donde los sentimientos de tristeza, pérdida, ira o frustración afectan la vida durante un período de tiempo muy prolongado. Existe vasta y veraz información de esta dolencia: sus causas, síntomas, niveles de gravedad, consecuencias y tratamientos. Sin embargo, muchas personas la toman como algo intrascendente, trivial, incluso llegan a hacer comentarios en apariencia graciosos referentes a la misma, así como de otras enfermedades mentales. Me pregunto si alguna de esas simpáticas personas la han padecido o tuvieron a alguien cercano con depresión mayor, no sé si ellos han visto ese infierno; lo dudo, si fuera así tal vez no harían esas bromas, posiblemente tomarían con más seriedad el tema.

Los que conocen el abismo que existe al perder de una manera inexplicable cualquier alegría en la vida saben de lo que hablo. Más que una tristeza momentánea, es el dolor interno de sentir el tedio que nunca termina, la angustia que domina todo. En los casos más graves, el peligro de suicidio es una realidad, no debido a que se desee eliminar la tristeza o la angustia por medio de la muerte; es algo más simple y aterrador: al enfermo le es exactamente igual seguir vivo o no, estar muerto no es significativo para él, como tampoco lo son las razones que lo atan a la vida. Esa es la causa de una posible decisión final: la indiferencia frente a todo. Ahí esta el enorme peligro que tiene esta dolencia en su fase más grave.

Es fácil hablar de manera concluyente de la depresión, condenar a los que se suicidan por este trastorno. ¿Qué saben estos jueces de esto si nunca han visto su vida en tonos grises? No cuestión de poner más empeño, actitud, “ganas”; es una enfermedad que debe ser tratada, en los casos graves, por un médico especialista antes que sea demasiado tarde. Muchas personas no entienden las razones por las cuales ese gran actor se quitó la vida; no saben el porqué, si lo tenía todo, tomó esa decisión. Se pueden escribir párrafos completos acerca de ello, pero creo que aquí es donde podríamos salir de las descripciones técnicas, del listado de síntomas que habla fríamente de los sentimientos de aquellos que están en ese lugar. Tal vez la poesía puede tener un tono más adecuado para describir ese infierno y hacer llegar con un mejor lenguaje esa visión a los que nunca se han asomado por esa ventana; los ayudaría a comprender lo que significa este padecimiento. Podríamos, en este caso, comprender algo de esos nubarrones.

Foto por Liliane Mendoza Secco

Foto por Liliane Mendoza Secco

Camino triste en un sombrío sueño
la pesadilla nunca es suficiente
velos oscuros sin causa aparente
soy pobre enfermo entre errantes tropiezos
un gris telar domina la tormenta
él termina mi sencilla mortaja
de la nada la teje y queda nada
eterna pesadez muerde mi esencia
¡nunca, buenos amigos, nunca entienden!
razones de esta ausencia de colores
me torturan sus vacíos sermones
sus palabras son perversas serpientes
vivo sin vivir, ausentes sonrisas
vana fuerza para acabar mis días
vivo sin morir, exequias vacías
¡malditas Parcas! siguen indecisas
escucho voces que me alientan: ¡vuela!
me mienten, saben de mis alas rotas
queda sólo un pozo profundo, sombras
caigo, caigo, es mi vida que flaquea
me ahogo, muerto estoy entre paredes
mi sonrisa es sólo un inútil gesto
tedio perenne entre días de infierno,
soy muerto, duermo, ¿y Dios?
ayer, hoy, siempre ausente.

 

 

Miseria humana

 
Publicado en Avenida Digital 3.0 el 6 de agosto del 2014

La guerra es estúpida. Dicho así, en cuatro palabras casi no admite discusión, una frase corta, precisa y exacta. Se puede aceptar esa realidad, convencerse de su profundidad; como si fuera un breve verso. Pero somos incongruentes, estamos de acuerdo con esas cuatro palabras y no hacemos nada, ni siquiera pensamos en su significado. La historia está llena de hechos que lapidan esas letras, hombres enaltecidos en gestas heroicas, admirables instantes llenos de patriotismo y valor. Acciones que se guardan en la memoria de los pueblos como prueba de coraje, honor, patriotismo; en otras palabras: lo mejor del ser humano. Todas enmarcadas en la estupidez de una guerra.

Hoy son sucesos que se sienten lejanos, pertenecen a otros, nunca a nosotros. Acontecimientos en el Medio Oriente —¿Si son tierras palestinas o israelitas, qué más da?—, en lugares como Ucrania o África. Gente que pelea, se mata y en su muerte pasa al olvido. La guerra tiene esa peculiar característica, los muertos son parte de un patrimonio colectivo, pertenecen a todos, dejan de ser la madre de familia, un joven con su futuro abierto, la sonrisa de un niño. Pasan a formar una fría cantidad montada en la noticia de un periódico y después, con algo de suerte, quedan en las página de un libro de historia. Es una buena manera de pasar a la inmortalidad, en el anonimato de la cifra mencionada en algún párrafo que describe un conflicto. Los líderes, generales, tiranos, héroes; ellos sí merecen tener su nombre escrito con buena letra, los inocentes muertos se pueden dar bien servidos por una pequeña mención. Recordamos a Hitler, Churchill, Eisenhower, y los 23,000 o 35,000 muertos (ni siquiera lo sabemos con exactitud) en Dresde, una ciudad alemana bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, son seres anónimos que quedan como eso: un simple y sencillo número que contiene todo y no dice nada.

La guerra es estúpida, sin embargo, tal vez nosotros no somos idiotas, de hecho, somos mejores que los animales, ellos pelean por su territorio utilizando la fuerza bruta, nosotros usamos el intelecto, la fuerza creativa, nuestra brillantez, no discutimos con argumentos ya que es una pérdida de tiempo negociar con tranquilidad y paciencia. Hemos dado un paso adelante: inventamos nuevos métodos para matarnos de manera más rápida y eficiente. De un pedazo de madera en las manos de un cavernícola hemos evolucionado hasta tener botones que activan misiles inteligentes, mismos que cruzan el cielo para hacer explotar edificios en los existe la remota posibilidad de albergar niños. Hoy, gracias a la guerra, tenemos un gran desarrollo en tecnología, de mismo modo podemos hablar de avances en medicina, comunicaciones, medios de transporte, logística, sociología, por nombrar algunos campos del conocimiento. Los conflictos armados son una actividad que tiene la capacidad de generar cosas buenas para la humanidad, pero como muchas cosas, estos logros tienen un costo. El precio es de unos cuantos seres humanos, podemos darnos el lujo de perderlos, no importan, es por el progreso de la humanidad. De cualquier modo, son vidas que se engloban en una cifra que llega a incomodar un poco, pero afortunadamente es solamente mientras duran las noticias. Al terminar de ver el noticiero de la televisión olvidaremos a los muertos.

Otro enorme beneficio está en el aspecto económico. La actividad industrial se acelera, aumenta la producción de bienes desechables y costosos —bombas, misiles, tanques, rifles, municiones— los cuales se tienen que reponer en la medida que se utilizan. También existe la posibilidad de reducir la pobreza de ciertas regiones de una manera eficiente: se disminuye el número de habitantes en esos lugares y, por consecuencia de ello, al existir menos pobres se disminuye la miseria material. La miseria moral no importa, no cabe en este raciocinio, porque donde existe la guerra los argumentos terminaron mucho tiempo atrás.

Foto por Liliane Mendoza

Foto por Liliane Mendoza

Tenemos conflictos en el Medio Oriente: palestinos e israelitas se pelean para beneficio de otros intereses, de las agencias de noticias y algunos fabricantes de armamento. Me han preguntado de qué lado estoy, yo no creo que sea posible estar a favor de quien utiliza la muerte para defender su posición. Los muertos no hablan, no gritan, sencillamente quedan sepultados bajo los escombros de la mezquindad humana y su silencio no sirve, nunca ha pesado lo suficiente para hacernos razonar de otra manera, que tal vez sea más correcta. La historia se ha escrito en páginas limpias, con tinta que no mancha, acompañada de imágenes que hoy se ven desde la cómoda lejanía del tiempo o la distancia. Se han escrito muchas letras en contra de los enfrentamientos bélicos, tantas que en nuestros días textos como este ya son consideraros lugares comunes, leerlos es tiempo perdido, minutos que lejos de convertirse en una verdadera tristeza generan flojera. Los cadáveres no deben, no pueden ser lugares comunes, pero la sórdida realidad es que están en las noticias sin causar dolor. Muerte tan lejana, tan irracional que no pensamos en ella. Hoy así vivimos, acomodamos la desgracia ajena en un baúl cerrado y lo olvidamos en un rincón de la memoria. Con eso podemos estar tranquilos, aún en nuestra estupidez somos mejores que los animales, ellos no tienen que olvidar.

 

Lluvias

 

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 25 de junio de 2014

 

El verano llega a la ciudad, atrás quedan los días fríos, las carreras de los niños para llegar temprano a la escuela, las largas y frías noches y, para algunos afortunados, se abre la pequeña ventana de unas merecidas vacaciones. Entre las cosas que trae esta estación están las nubes grises con lluvias, algunas de ellas muy fuertes, lo que da la oportunidad de apreciar las bondades del gran desarrollo y la excelente calidad de vida que hemos creado en nuestras ciudades.

Existe en la Ciudad de México una obra de ingeniería maravillosa, un vivo ejemplo de las cosas que podemos hacer en nuestro país. Construimos el segundo piso de una importante vía rápida, es una obra monumental, enorme; con tanta atención a los detalles que logramos que, en cualquier torrencial aguacero, esta arteria se convierta en una extensión de los canales de Xochimilco. Una gran avenida, que se encuentra varios metros encima del nivel del piso de la ciudad, se inunda; es algo tan difícil de lograr que podemos tener la admiración de los ingenieros del mundo. Aún no sé por qué a nadie se le ha ocurrido, pero se podría aprovechar esta característica tan particular de esta vialidad para ofrecer paseos en lancha con vista aérea del paisaje de la Ciudad.

la fotoNo es por la falta de capacidad en la ingeniería mexicana que suceden estas cosas, es debido a la excelente planeación y supervisión de las obras que realizamos en este país. Las construcciones quedan sujetas a decisiones que tienen como objetivo lograr un buen desarrollo económico, combatir la pobreza, ahorrar dinero para no tener que preocuparnos por tener recursos para reparar los errores en el largo plazo. La terminal 2 del aeropuerto de la Ciudad de México se está hundiendo, pero no importa, los recursos ahorrados en su construcción nos permiten solventar de buena manera las acciones necesarias para evitar que continúe este problema. También, al erigir infraestructura, encontramos maneras de promover el empleo, no en el momento de la ejecución de la obra, sino llegamos más allá, dejamos ventanas para futuros empleos, cuando más falta pueden hacer. Por ejemplo, en el metro del Distrito Federal, las excelentes decisiones en la construcción de la línea 12 hoy permiten dar empleo a choferes y mecánicos de autobuses, que de otra manera habría perdido su trabajo. Poseemos recursos técnicos tan avanzados que se programa la repavimentación de las avenidas de la ciudad en esta época del año, con las lluvias que caen cada tarde, lo que a veces causa que se levanten pedazos de pavimento recién colocado; esto es algo bueno, hace que los conductores desarrollen reflejos que darían envidia a un piloto de Fórmula 1, sobre todo si estos trozos de asfalto se encuentran en las vías rápidas de la ciudad.

Escribo de estos encantos de la Ciudad de México porque es el lugar en donde vivo, el entorno que conozco bien. Sin embargo, estoy seguro que esta situación se repite en muchas ciudades de la República Mexicana, tal vez existen algunas excepciones, pero no creo que sean muchas. Todos tenemos historias para contar porque en cualquier parte se encuentran ejemplos de lo importante que es la posibilidad de hacer un “buen negocio” al efectuar una obra pública. Esto es algo que históricamente ha acompañado el desarrollo de nuestro país, siempre hemos escuchado quejas de la mala calidad que tiene la infraestructura, posiblemente su origen esté en el detalle fino de la ingeniería y ejecución en las obras, en solventar de buena manera la mezcla del “ahí se va, nadie se dará cuenta, así déjalo” con la distribución financiera de los recursos asignados a las obras —tiene que alcanzar para repartir a todos, no solamente al proyecto—, es algo que no es fácil de lograr, pero somos geniales, siempre lo hemos podido hacer. Además, como buenos ciudadanos, nos hemos acostumbrado a que las cosas sean así, no podemos imaginar un mundo de otra manera.

Sin embargo esta columna la escribo poco después del triunfo del Tri en Brasil frente a Croacia, la selección mexicana pasa a la segunda ronda en el Mundial, las ilusiones vuelven, se renuevan y se recargan. Eso es algo relevante e importante, lo que se pueda lograr con nuestro futbol; lo demás puede esperar algunas generaciones para ver si se algún día se resuelve. El verano ha llegado, disfrutemos esta estación del año, sus cálidas noches, sus lluvias y el tiempo que, al estar atorados en un “encharcamiento”, podemos aprovechar pensando en planes para el próximo invierno.