Pasos

 

No son mis pasos que vacilan
en el suelo que se mueve
caminar en veredas quebradas
y seguir, andar
sin pensar, continuar
no es fortaleza o decisión
no es deseo de ser
es la maldita terquedad
de seguir, seguir
escribir
escribir
escribir
sin más idea que la nada
sin rumbo, mapas
por caminos torcidos
y ahí, impaciente
el suelo se mueve.

 

 

Una palabra

Publicado en Avenida Digital 3.0, el 5 de julio del 2016

“Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
sola como un suspiro y un ay, sola,
terca en su error y en su desgracia terca.”
Miguel Hernández


Terquedad es una bella palabra: sonora, intensa, con ritmo, cadencia. Tiene un espíritu propio, se mueve de manera discreta, firme, sin detenerse.

Odiada, a nadie le gusta que ella lo alcance, sin embargo, aprovecha cualquier oportunidad para ser retenida y utilizada. Por eso, afirmamos de manera hipócrita que está en los demás, nunca en nosotros. Pocos reconocen esta cualidad, preferimos cambiar su nombre: fortaleza, convicción, fe; es lo que se debe pensar para no caer en desprestigio. Simple uso del lenguaje; de cualquier manera, siempre queda dentro de uno. Es el punto final de una discusión que se sabe perdida, la espada que salva el inminente fracaso. Las derrotas dejan de existir cuando ella aparece. Fuerza a falta de argumentos.

Somos tercos, todos. Caminamos en el barro hecho con el polvo que dejan las piedras de la obstinación y el líquido de la convicción. Los pasos se atoran en ese lodo, tropiezos, caídas. Esos golpes endurecen aún más el deseo de seguir aferrados a esas ideas, a los pensamientos que habitan dentro de nosotros. Ellos parecen flotar sin problema, sólo las otras, las ideas de los demás, son las que zozobran. Es una mentira. Hundidos a medias, todos somos náufragos en el lodo, egoístas sin saberlo.

Somos tercos, aún aquellos que se esfuerzan de manera firme en dejar de serlo. Seres que creen, sienten volar encima de esa sucia senda. Olvidan que no tienen alas y, aunque así fuera, en el aire también existe lluvia, polvo, lodo que cae. Obstinación que solamente alimentan esa cualidad. No podemos escapar de ello, no existe manera, ni salida. Y no por ello refleja una tragedia, es solamente una realidad. Deja de usarse como un adjetivo para ser simplemente aquello que somos.

Somos tercos, lo repito. Asoma mi intención de convencer de una manera simple. Reiteración que permite sembrar esa idea a pesar de no disponer de los medios intelectuales para sustentarla. No tengo la demostración infalible, me basta con salir, observar a los demás, a ustedes. La historia lo demuestra, el presente lo corrobora, el futuro está marcado. Guerras, discusiones, logros, avances, retrocesos; no interesa el resultado, triunfos o derrotas, importa el nivel de tenacidad de las personas que deciden, los que mandan en esos momentos. Una terca realidad.

Ser líder no garantiza nada a nadie, o tal vez sólo la simple acción de tomar una elección por cuenta de los demás. No cualquiera llega a la cima, se requiere algo más que ser constante, ver más allá de lo que presenta el horizonte, creer en algo. Ellos determinan el rumbo, de acuerdo a sus creencias e ilusiones. Las comparten y crean una atmósfera en donde casi todos están convencidos de ellas. Los que no lo están, arrojan ideas, palabras, piedras en contra de ellos. Lucha de terquedades, en donde no siempre gana la razón, sino aquel que es más poderoso. Duelos que brotan en todas partes, en cada momento, sin honor.

Choque de ilusiones que se forjan en la convicción, la cual, acertada o errada, es irrelevante, ya que la verdad no es arma en esas batallas. Son sueños que se pueden perder, olvidar o torcer; depende de lo testarudos que sean sus dueños, de la fe que depositan en ellos. Se puede agonizar lentamente, morir día a día sostenidos en eso que se llama esperanza, otro bonito disfraz que usa la terquedad para evitar ser golpeada por los que no la entienden. El mundo no vive de ilusiones, es una ilusión; creemos en aquello que queremos creer, cada uno en su egoísmo, conjunto de fantasías que sostienen nuestros pies debajo del lodo. Pasos tercos en capas de fango y estratos de ilusiones; anegados caminos que nos empeñamos en seguir.

Terquedad, ¿qué sería de nosotros si no existiera? Una manada de lobos, o quién sabe, ellos también lo son en su naturaleza, persiguen a su víctima por largos trechos, sin importar lo que suceda. Vuele la idea inicial, podrían decir que confundo ser terco con tener fortaleza, convicción. Solamente es un sencillo juego de escala, de peso. ¿Qué tanto es lo que se debe poner en la balanza? ¿Quién lee el fiel en ella? De nuevo el duelo de las convicciones, de ideas contra ideas. Es un círculo perfecto, la jauría siempre alcanza la presa.

Y sólo observo, una y otra vez, solitario en mi sitio, los tercos esfuerzos por abrir la jaula que son nuestras mentes obtusas. No lo haremos, empeñados en ser lo que pensamos que somos, nos quedaremos enredados en nuestras ideas, con la firme idea que los demás son lo que no somos: todos tercos, todos, menos yo.

 

Una historia inútil

Publicado en Avenida Digital el 21 de junio del 2016

“Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo”
Alejandra Pizarnik

Foto por Liliane Mendoza

Foto por Liliane Mendoza

Era una tarde de junio. El que haya sido precisamente ese mes no hace ninguna diferencia en esta historia, pero sí la ausencia de nubes en el cielo ya que este relato necesita luz para ser verosímil. En fin, era una hermosa tarde de junio, varias sombras jugaban en un parque sin nadie que las acompañara. Parecían niños en el recreo de la escuela: brincaban, corrían, a ratos se escondían. Sin lazos con sus dueños, por fin, tenían un momento de autonomía que el destino siempre les había negado.

No sabían la razón de esa nueva y extraña realidad, simplemente, una de ellas comenzó a andar en dirección contraria de la persona a la que estaba atada. Otra la vio, le pareció interesante e hizo lo mismo. En poco tiempo, varias caminaban juntas. Podía decir que era un grupo animado. Sin saber bien qué podrían hacer se detuvieron en una esquina para decidir hacía dónde ir. Después de un tiempo de discusión entre ellas llegaron a un acuerdo y se dirigieron a un parque cercano, les parecía un buen lugar para divertirse. También pudieron haber elegido una plaza o quedarse en esa esquina, el lugar fue irrelevante, todo hubiera sucedido de la misma manera

Siempre habían vivido atadas, condenadas a repetir de maneras uniforme y constante los actos de las personas a las que estaban unidas. No eran esclavas o prisioneras, porque los esclavos al menos tienen momentos en los que pueden soñar que no están sometidos a la voluntad de otro. Para ellos la libertad es una esperanza, muchas veces lejana, pero tan real que hace aún más pesada la agonía de las cadenas. Las oscuras siluetas que se divertían esa tarde no tenían esa carga. La ilusión de verse libres de sus dueños no existía, jamás había pasado por su imaginación esa posibilidad. Eso hacía que su vida fuera sencilla, fácil, lejos de cualquier complicación que regala el libre albedrío. Por eso, hoy jugaban, no debido a la alegría de la libertad, sino porque no sabían qué más podían hacer con el tiempo que tenían. Ese concepto tampoco lo conocían: el ser propietarias, tener la facultad de decidir qué hacer con algo, pero no les interesaba demasiado porque aún no estaban plenamente conscientes de ello.

Mientras tanto, las personas que eran dueñas de las sombras ni siquiera notaron ese pequeño cambio en el mundo, era algo tan irrelevante que nadie se dio cuenta de ello. Después de todo, las sombras no sirven para nada, pero tampoco representan un lastre. Son algo así como el apéndice, las muelas del juicio, las excusas y algunos tipos de perdón. Están ahí simplemente porque están, cualquier razón que se pueda argumentar para ello podría ser válida pero estéril. Y sin embargo, la costumbre tuerce la razón, inventa motivos para justificar la existencia de aquello que de otra manera podría estorbar.

En esta historia inútil, es tiempo de recordar que el miedo no anda en burro. Esa es una gran verdad, se mueve rápido, en cualquier cosa, a cualquier hora, por todos lados. Las sombras no lo sabían porque, al no poder decidir absolutamente nada, tenían la vida completamente resuelta, sin razones por las cuales cultivar temores. Pero, al caer la tarde, la luz se diluyó lentamente. Llegó la noche, entonces una de ellas se dio cuenta que, en la oscuridad, su contorno se confundía con todo lo que la rodeaba. A la vista de ese hecho surgió de improviso la posibilidad de desaparecer y con ella, el miedo. Las sombras no sabían o no recordaban que existían faroles en el parque. Los ataques de pánico entre ellas y sus intentos por permanecer en oscuridad fueron demenciales. En realidad, lo único que ocurrió fue que ellas se hicieron más débiles. Agotadas, se recostaron para morir o al menos eso pensaron.

Sin embargo, no murieron esa noche. Lo que sucedió fue que, en la mañana del día siguiente, se encontraron de nuevo atadas a sus dueños, como siempre. De la misma manera que nadie supo cómo se liberaron la tarde anterior, fue desconocida la razón por la cual regresaron a su estado original. Ellas sólo pudieron recordar que alguna vez fueron libres, pero eso acarreo un miedo tan grande que pocas se atrevieron a intentarlo de nuevo. Las que lo hicieron descubrieron que eran vanos sus intentos: en la siguiente mañana, las cosas volvían a la normalidad, pero con sus temores aún más grandes. Podía ser el inicio de un eterno círculo de terror.

Aquí surge la oportunidad de escribir la moraleja de esta historia, tan profunda que podría cambiar la vida de alguien, marcar diferencia en la conciencia, llevar a un momento de reflexión trascendente y mirar las sombras de otra manera, pero en realidad, si he de ser honesto, no existe ninguna enseñanza en este relato o, al menos, alguna que valga la pena. Tampoco contiene una metáfora, parábola, o representa algo, solamente es un relato que sirve para pasar el tiempo de una vana manera. Realmente, es una historia inútil.

 

Ausencia

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 31 de mayo del 2016

“Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo…”
José Hierro

 

Hace algunos días, muchos años después de entrar al salón para recibir la última clase en la Universidad, pude disfrutar una comida acompañado de mis amigos, aquellos con los que estudié la carrera de Ingeniería. Camina el tiempo y con él, la nostalgia. Al ver reunidos a mis compañeros, escuchar sus chistes, platicar las anécdotas tantas veces contadas y no por ello tediosas, es imposible no percibir el eco de aquellas bromas en los pasillos del campus que sentía ya perdidas en el cajón de mi mente. Ella me dejan clara una gastada idea: “aquello que fui es lo que soy”.

Esa tarde tuvimos una buena conversación que se enriqueció con la infinita variedad de experiencias que los años y su huella han dejado en nosotros; sin embargo, faltó alguien que se fue. Nosotros, con tristeza, quedamos para recordarlo. Es algo que, a pesar de lo infortunado, pertenece a los hechos normales de la vida.

La repentina partida de mi amigo me hizo reflexionar que la muerte existe. Es algo que siempre intento olvidar, a veces, apoyado en momentos con las personas que estimo. Al no pensar en esa dura realidad, lo que intento es mantenerla lejos. A pesar que parece ser complicado, la misma rutina ayuda a convencerme que seré eterno. Para conseguirlo, debo despertar cada la mañana, alcanzar la noche, descansar y realizar ese esfuerzo el día siguiente. Entonces, cuando estoy a punto de lograrlo, llega un violento y repentino aviso que me recuerda todo esfuerzo es inútil. Algún día no estaré aquí.

Para poder estar tranquilo, trato de alejar una certeza: todo tiene un final. Intento fabricar una moderada monotonía, interrumpida a veces por eventos que la alteran un poco, pero que no llega a sacar de balance ese equilibrio; así mi vida es más tranquila. Si la actitud es vivir en el tedio diario, sin sorpresas, en el fondo lo que realmente intento es tirar a la basura algo de angustia. Pero no resulta, existen esos desafortunados eventos que me hacen reflexionar si la vida rutinaria es una decisión correcta. ¿Estar hasta cierto punto aburrido o intentar romper esa patética armonía? Aún no sé si es una cuestión válida.

Alguien dirá al respecto que lo mejor que debería hacer es “buscar tu propio ser, cambiar las cosas para lograr lo mejor…” pero no lo acepto. A pesar que se oye bien, se dice tan fácil que queda en el reino de la vaguedad. No tiene caso caer en ello, no se trata de corregir el rumbo, sobre todo cuando el único destino certero es aquel en el que no quiero pensar. Pero también es verdad que, en la ceguera del día a día, pierdo otras cosas, tan banales que no les doy importancia, como la sonrisa de aquel amigo al contar un buen chiste.

Tal vez por eso lo mejor de esa comida fue el momento en que comenzamos a discutir el presente y el futuro de lo que somos, esa plática con ideas diferentes, a veces encontradas. Discusiones sin el vanidoso objetivo personal de imponer criterios o enseñar algo a los demás; más bien el placer de aprender gracias a ellos. El hueco que deja su ausencia me recuerda que no puedo existir sin mi relación con los demás, por ejemplo: estas letras no tendrían sentido si nadie las leyera. Si esto es realidad, entonces parte de mi riqueza es la grandeza de los demás, razón aún más fuerte para arrancar las ramas de envidias y comenzar a ayudar a otros a ser mejores; no se trata de una cuestión de ayuda al prójimo, es una actitud que en el fondo es muy egoísta: si mis amigos son mejores, entonces yo soy mejor, así de fácil.

Hoy faltó alguien y sé que en parte él me dejó eso, soy mejor gracias a lo que me legó, no importa la distancia o el tiempo que haya pasado, la huella siempre queda. ¿Qué tanto? No lo sé, y prefiero no averiguarlo. Lo que es cierto es que esa tarde él hizo falta. Lo extrañamos, pero nos deja una sonrisa en su recuerdo.

Somos lo que soñamos…

 Publicado en Avenida Digital 3.0 el 12 de mayo del 2016

“…nada es verdad, aquí nada perdura,
ni el color del cristal con que se mira.”
Nicanor Parra

Soy, como todos, una extraña mezcla entre lo que debe ser y lo que es. Encuentro esa diferencia cuando en Facebook o Tuiter llegan a mi cuenta mensajes que hablan del sentido de la vida. Los miro y, si yo fuera una persona completamente normal, madura, con una amplia perspectiva, ávido de lograr mi realización plena como hombre, debería leerlos con atención y hacer un esfuerzo sobrehumano para aplicarlos. Las personas que los mandan colocan paisajes altamente bellos y motivadores, ya que hacer lo que se menciona en ellos muchas veces requiere de una energía que, en caso de tenerla, sería la de un superhéroe. De esta manera logran crear la unión perfecta: palabras exactas, breves, trascendentes, con imágenes de bellezas naturales; mezcla que me encamina a la reflexión. A veces, debido a la profundidad del mensaje, el paisaje es reemplazado por una fotografía con personas que ejemplifican aquello que está escrito. Realmente, despiertan el deseo de superación que, a veces, permanece escondido bajo la sombra del diario vivir. Una frase: “El cielo no es el límite, el límite está dentro de ti”, me puede encaminar a romper fronteras, buscar más allá, encontrar que lo imposible es posible.

Siempre me ha motivado encontrar este tipo de mensajes en mis redes, sobre todo por la mañana, pues cambian de manera significativa mi caminar a lo largo del día. Me hacen pensar en todo momento lo que debo hacer y lo que en verdad hago. Sin embargo, al evaluar mis acciones, puedo notar que muchas veces existe una diferencia notable entre esas dos cosas, en otras palabras: soy un desastre. Pero no importa, “Cuando has perdido algo, recuerda: la esperanza no se pierde”. Gracias a esos textos sé que lograré salir de mi estado de mediocridad. En mí habita un ser inquieto, ávido de superación, que puede caminar con decisión en nuevas sendas, salir victorioso de los retos que se presenten y no perder una ilusión: poder encontrar las llaves de mi carro que perdí el día anterior.

“Soy aquello que sueño”, decía uno esta mañana. Fue increíble. El problema es que no puedo recordar lo que soñé, ¿querrá decir que soy un ser etéreo que vive en el mundo del olvido de todos? No creo que ese sea mi destino, algo debe estar mal. Lo más probable es que no entendí bien el sentido del mismo. La fotografía que lo acompañaba era un hombre mirando las estrellas desde el borde de un precipicio. Hasta donde recuerdo, jamás quise ser astrónomo o clavadista en La Quebrada. No debe ser eso. Otra posibilidad es que tenga un significado superior a mi intelecto, lo he llegado a suponer porque en esa imagen se percibe que esa persona está parada en lo más alto del paisaje, seguramente es una simbología oculta que habla de inconmensurables y elevados niveles. A veces, entenderlos de manera correcta es realmente complicado.

Alguna vez llegó uno que decía: “Ser congruente, sin temores, es ser Hombre”. Esa rara cualidad que, según lo que estaba ahí, debería ser parte de mí. Se supone que, al hablar de congruencia, debe existir una cohesión de vida con todo lo que mencionan esos mensajes. Los que me conocen dirán que soy perfectamente incongruente, sobre todo al leer esta columna. La verdad es que soy, como todos, un ser coherente. Lo que pasa es que algunos de los motivos por los cuales hago las cosas de determinada manera son egoístas. Por ello, prefiero mentir o sencillamente ocultarlos. Incluso esa acción, la de esconderlos, concuerda con una de mis intenciones: brindar la imagen de persona confiable, recta, lo cual hasta cierto punto es verdad, pero como la perfección solamente existe en los libros y en aquello que inunda las redes sociales, tengo que torcer mi actuar para ser compatible con el mundo que me rodea y ser un Hombre que enfrenta, sin temores, su destino.

Sé que existirá aquel que me señale molesto al pensar que lo que está aquí es ironía. Eso no importa. La verdad es que no hablo de un universo ficticio, sino de aquello que me rodea y observo. ¿Qué tiene este mundo? Personas que buscan la manera de sentirse bien, tranquilos y felices. Algunos lo logran al enviar mensajes que pueden no servir para nada; otras al intentar seguirlos y algunos al leer algo medio fuera de lugar, pero divertido. De cualquier modo, la meta es buscar nuestra senda hacía el éxito, desafíos que motiven el andar y así, lograr lo que soñamos (si es que podemos recordar qué fue eso).

Hablar de recuerdos

 Publicado en Avenida Digital 3.0 el 18 de abril del 2016

“Mi memoria, culpable de un abuso,

Se alzaba contra lo que Dios no quiso:

Que hoy fuese ayer.”

Jorge Guillén

 

Existen tardes que, por alguna razón que desconozco, observo el pasado. Suele suceder cuando se tiene cierto número de años sobre la espalda, no soy un anciano, pero tengo los suficientes días para, en determinados momentos, perderme en los recuerdos. No quiere decir que me deje llevar por la nostalgia, eso lo hacen otro tipo de personas, más sensibles, con mayor inteligencia y dueños de grandes historias; yo no soy así, la capacidad de mi mente es completamente normal, así como mi pasado, que apenas puedo catalogar como mundano. La verdad es algo más sencillo: las memorias sencillamente llegan cuando quieren, sin controles ni filtros. Son aquellas cosas que, por causas desconocidas para mí, son imposibles de borrar, quedan fijas en el tiempo y, a veces, me remiten a épocas que, como soy terco, me niego dar por terminadas.

Mis remembranzas son hipócritas. Sé que puedo narrar con veracidad algunas de las cosas que me sucedieron, contar las historias de ciertos hechos en mi niñez, incluso con pequeños detalles. Pero no puedo saber si los años se han encargado de modificar en mi mente esas anécdotas para quedarme sólo con aquellas que son alegres o neutras. En otro nivel puede ser tragedias reescritas de tal manera que hoy, si duelen, las conservo para alimentar mi orgullo —un soberbio: “fui capaz de soportar eso”—, o solamente sirven para seguir rumiando viejos rencores. ¿Esto querrá decir que yo soy un mentiroso? Puede ser, la verdad no me interesa, puedo estar tranquilo con mis recuerdos y, para mí, eso es suficiente.

Estoy consciente que los recuerdos no son confiables y, sin embargo, soy leal a ellos. Los defiendo a pesar que en algunos de ellos todas las pruebas dicen que mienten. No me importa, son míos, y lo esencial: hasta hoy nunca me han traicionado.

En estas tardes también surge el deseo de regresar a lugares en los que estuve muchos días atrás, con amistades que dejé en aquella época. No me quiero engañar, más que buscar personas, espacios, lo que intento es volver a esa época para vivir lo que aparece en mi memoria. Se me olvida que todo quedó enterrado bajo pedazos de días, pueden ser inexistentes. A pesar de ello, lo he hecho con diversos resultados. Sí, he encontrado viejos amigos que no veía en años, con algunos puedo establecer una nueva relación, pero otros, al volverlos a ver, han cambiado de tal manera que lo mejor es olvidarme de ellos. Aquellos que quedan ya no son iguales, no puedo decir que hoy sean mejores, mi punto de comparación en el tiempo no es fiable.

Conservo, en medio de todo eso, un tipo de memoria que permanece intacta, de la cual estoy completamente seguro que no ha sufrido algún extraño giro dentro de mi mente durante el paso de los años. Hoy puedo comprobar ese hecho. Se trata de personas y lugares que me acompañaron en mi juventud, actividades que alguna vez hice, como: navegar en el Caribe con las velas desplegadas en El Rayo, acompañar a Thornton y Buck en su búsqueda de oro por Alaska, caminar junto al profesor Lidenbrock en un viaje bajo la tierra, correr por la selva del Seonee al lado de Bagheera, estar perdido en una cueva con Becky y Tom; entre muchas otras. Cuando tengo el deseo y tiempo las vuelvo a encontrar. Al hacerlo, descubro que están de la misma manera; el tiempo no ha mermado o modificado nada de lo me dejaron. Aquí mis recuerdos, además de leales, son honestos

En aquellos días no tenía manera de saber cuáles cosas serían perdurables, qué sucesos recordaría. A menos que sean eventos realmente trascendentes o impactantes, no poseo la capacidad de decidir qué sucesos se afianzan en mi memoria y cuáles irán al cajón del olvido. Es una pregunta difícil de responder: ¿Cómo puedo saber qué acontecimientos, vivencias de este día, perdurarán en mi futuro? No me importa, de todas maneras, acabaré por inventar mis historias y recuerdos. Siempre lo he hecho, además, también sé que existen otras: aquellas que algunas personas destacadas crearon y dejaron plasmadas en letras. Hoy les doy las gracias.

 

Odio

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 26 de noviembre del 2015

“Así dirá la Historia

Se debatía entre el furor y la esperanza

Corrían a encender montañas

Y se quemaban en la hoguera.”

Vicente Huidobro

 

El viento siempre ha sido el mismo, no le interesa lo que pensemos de él; sin embargo, algunas personas dicen que hoy soplan vendavales de odio y estamos en una era llena de rencores, violencia. Incluso he escuchado voces, nada razonables, pero llenas de angustia, comentando que lo que está aconteciendo es el comienzo del “fin de los tiempos”.

Es un hecho, al menos para mí, que los años y días invariablemente terminan. Jamás he encontrado la manera de guardarlos, ahorrarlos para usarlos en un futuro, siempre veo como cada uno de ellos se va sin poder evitarlo. Además, ¿el fin de cuáles tiempos?, las referencias cronológicas son completamente subjetivas, varían de acuerdo al gusto y calendario de aquel que tiene la ociosidad de separar en pedazos el continuo andar de los relojes. En remoto caso que sea cierto, si efectivamente se acaba todo: ¿qué caso tiene angustiarse con ello si de todas maneras no se puede hacer nada? Tal vez me lo comentan para que me apresure a terminar aquellos pendientes que existen y nunca terminan; pero si nada va a quedar, a quién le podrá hacer daño que no finalice algo. Ideas ociosas, que buscan generar temor. Solamente aumentan aún más el sano nivel de estrés con el que me entiendo todos los días.

El odio entre algunos grupos de personas es como el viento, siempre ha existido. Las razones que dan origen a ese rencor son, por lo general, de una profundidad tal, que es una utopía dialogar, discutir o acordar algo al respecto. Por ejemplo: cómo es casi imposible razonar con alguien para que cambie su religión o crea en algún dios, se intenta meter esa nueva creencia por medio de garrotazos en la cabeza y, si no se obtienen resultados, la solución es matarlo para que no contamine a aquellos a lo cuales los golpes sí les hacen efecto.

Con algunos otros conceptos existe la misma situación: raza, política, ideología, amor. Podría parecer ilógico que mencione ese último, pero es una realidad que también por amor se puede generar una violencia que puede llegar a ser brutal; no sólo entre dos personas, sino incluso, entre comunidades. Algunas otras cosas se pueden colocar en una mesa para negociar, platicar alrededor de ellas e intentar lograr acuerdos: territorio, riqueza, recursos naturales, uso de poder; pero aquí también la codicia y ambición muchas veces hacen casi irrealizable que la razón pueda vencer a la violencia.

Todas las épocas han sido tiempos de odio, de agresiones. Siglos han pasado, en cada uno han existido grandes hombres que dejan en su legado una idea clara: “la violencia solamente genera más violencia”. Coinciden en ello pensadores de diversas eras, religiones, lugares; sin embargo, seguimos en el mismo camino: los vendavales son iguales.

Tal vez ser violentos es parte de la naturaleza humana. El guerrero siempre ha ganado al sabio, esta idea tiene su lógica. Es muy difícil (requiere inteligencia) poder compartir una idea y convencer a los demás de la misma. Podría ser tarea para pocos, algunos supuestos elegidos, no por el grado de intelecto requerido, sino por el esfuerzo que es necesario para lograrlo. Es mucho más fácil seguir dos caminos: no hacer nada si se es débil o, sí se tiene la fuerza suficiente, persuadir a los demás por medio de golpes. Además, si los trancazos son duros y sin piedad, es más rápido y efectivo lograr que el otro acepte razones que le son ajenas.

¿Podemos tener la esperanza que un día lograremos cambiar esta inercia? No es cuestión de guardar una vana ilusión o de esperar que algún poder divino logre cambiar siglos de atropellos. Es una cuestión de creer en la dignidad, el ser humano y la posibilidad de lograr que las ideas sean más fuertes que los puños. Es necesario hacerlo para vivir con cierto grado de decencia, respeto entre nosotros; cuando dejen de existir personas que tenga esa esperanza realmente estaremos perdidos.

Ese “fin de los tiempos” siempre está aquí, invariablemente acaban los días, cada momento respiro es el final de un tiempo. Tal vez lo dicen en el intento de lograr que me arrepienta de algo, de hacer que rectifique el camino, pero en esa manera de intentar convencerme está implícita cierta violencia. Seguimos sin aprender, es más sencillo amenazar que convencer; tal vez un día los vientos realmente cambien y la lucidez del argumento sea más poderoso que la fuerza bruta. Conservar esa esperanza es vital para no perder el concepto Hombre.

Y vivieron felices para siempre…

Publicado en Avenida Digital 3.0 el  10 de noviembre del 2015

“¿Cómo me vas a explicar,

di, la dicha de esta tarde,

si no sabemos porqué

fue, ni cómo, ni de qué

ha sido,

si es pura dicha de nada?”

Pedro Salinas

¿Y si la historia no tiene un final feliz? Coincido con muchos, ese simple hecho me puede molestar, como a veces me enfada ir al cine y descubrir que la película no me regala un momento de gozo antes que las luces se enciendan de nuevo. Un alegre epílogo es algo que las historias deben tener para poder ser buenas. Eso es lo que me dijeron, lo que se dice, pero siempre olvido que en realidad ni siquiera sé con claridad cuándo es el comienzo del final; a veces, esa última sonrisa puede ser una hipócrita manera de esconder la realidad.

En mi niñez, algunas buenas conciencias alteraron las historias que contaban, me hicieron creer que existía esta realidad: todo tiene una meta feliz. En un acto de completa irresponsabilidad hice mía esa idea. Era para estar tranquilo: pensar que la Cenicienta dejó de ser ceniza, que se casó con un príncipe azul, su vida de muchacha de servicio en una pequeña casa cambió, sin más esfuerzo que perder un zapato, para ser la “patrona” del castillo. Las flojas dormilonas: Blanca Nieves y Aurora, dejaron su tranquilo descanso —por el cual las envidié en esas largas noches de insomnio— con un beso de amor; lo que nunca mencionaron es que, tal vez, fue la última vez que las despertaron de esa manera. Tampoco me dijeron que los incontables compromisos contraídos por ser las famosas protagonistas de cuentos, las llevó a usar de manera alterna el despertador y las pastillas para dormir, además de otros recursos más interesantes, menos legales, para poder soportar los vaivenes de la fama. La Sirenita nunca se quedó con ese príncipe que, por cierto, tampoco aprendió a nadar; me inventaron un desenlace que Hans C. Andersen jamás imaginó. Él, para ser congruente con la realidad, decidió que el príncipe se casara con una mujer que supo aprovechar una oportunidad y su belleza para ascender de manera rápida en la sociedad; es decir, definió de una manera tanto precisa como clara el concepto de trepadora. Tal vez esa lección es más valiosa que el simple “vivieron felices para siempre”.

Los finales alegres son como un eclipse, duran poco, sólo hasta que sale de nuevo el Sol, entonces, con su resplandor, deja ciegos a aquellos que se aferran a seguir observando lo que dejó de suceder. Nunca entendí el motivo de esa irracional y falsa manera de ver la vida, a pesar que creí en eso mucho tiempo. El concepto “final” no siempre es claro, pocas veces sé cuándo me encuentro ahí, sólo lo percibo si llega de manera imprevista, irracional, hasta cierto punto, violenta; por eso, es probable que no me de cuenta si estoy en el borde de un desenlace. Vivo atrapado en los hábitos del día a día; las costumbres a veces causan cierta incapacidad para entender cuando algo está por decaer. La frontera no siempre es clara.

La rutina marca un sólido ritmo a mi vida, me permite saber bien dónde estoy, qué hago, cuándo hacer las cosas. A veces es más exacta y confiable que un reloj, todo parece marchar bien cuando permanece inalterada, las cosas están donde deben estar. Para algunos puede ser aburrido, pero saber con cierta certeza lo que voy a hacer me genera una calma que aprecio mucho. No es tan importante encontrar la felicidad, la tranquilidad es lo que realmente vale en la vida. Sin embargo, en ocasiones ese pausado caminar del tiempo es agitado por sucesos que llegan de manera repentina, el orden desaparece. Sé que, con el paso de los días, todo volverá a la normalidad, pero ciertos sucesos, que podrían ser intrascendentes, dejan una huella imposible de evitar.

Es posible que el riesgo de perder la tranquilidad de la rutina sea lo que genera la idea de buscar la felicidad, cada día, de manera casi fanática. En mí devenir de acontecimientos, un aparente epílogo tal vez me puede dar un momento de alegría, tan fugaz como comer un delicioso tamal verde y observar, en el último bocado, las hojas tiradas a un lado. ¿Final de qué?, ¿de un pedazo de rutina? La vida sigue, a ella no le importan los capítulos, ni el tiempo, tampoco si las sonrisas fueron honestas.

Los finales felices no interesan, no importan desde una perspectiva amplia. Son solamente un invento para hacer historias que la gente compre y dar esos buenos mensajes de optimismo que se venden con facilidad. ¿Y la tranquilidad de la rutina?, de ella nadie habla, es tan corriente que a nadie le interesa. Deberíamos quitar ese final de los cuentos y solamente dejarlo en: “y vivieron…”.

 

Hojas secas

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 21 de octubre de 2015

“¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas

y siempre se repitieran

los mismos pueblos, la mismas ventas

los mismos rebaños, las mismas recuas!”

León Felipe

 

El otoño llega de una manera extraña, tal vez porque es una época que no está enmarcada por algo en especial, un espacio entre la diversión del verano y la nostalgia del invierno, una temporada en la cual nadie espera nada y que a pocos sorprende. Por eso es raro que deje recuerdos fuertes, a menos que, por un azar, alguna fecha importante caiga entre sus días. Aún así, esas pocas memorias que pueden quedar no son debidas a la estación, sino por eventos que sucedieron en ese espacio, pero pudieron ocurrir en cualquier momento del año. En otoño no existen navidades o vacaciones primaverales. Podría parecer que no encuentro en estos días algo más que un montón de hojas secas tiradas y la tediosa actividad de barrerlas para conservar algo de vergüenza en nuestras aceras. Aunque para recuperar la decencia, la dignidad perdida, no bastaría sólo con barrer, necesitaría una escoba muy grande y aún así, habría túneles en los botes de basura, todo escaparía, estaría en nuestras calles de nuevo, sin que nadie haga nada.

Sin embargo, esta estación posee una característica especial: como el año ha gastado un considerable número de días, el otoño tiene una buena cantidad de experiencia acumulada. Esto sin la premura causada por el fin de año, en donde todo es correr entre la angustia por terminar los pendientes y los múltiples festejos, carrera contra el reloj que siempre gana la resaca. Aún no sé bien para qué pueda servir tener todo ese conocimiento si no existe algo que obligue a exprimirlo, pero es bueno saber que está. Posiblemente para darme cuenta, como cada año, que gran parte de mis buenos propósitos de año nuevo se quedaron enterrados en algún lugar y lo mejor es dejarlos ahí hasta el próximo enero. Si he llegado hasta aquí sin ellos, no creo que hagan falta por otros dos meses.

Es un periodo que se atora en el calendario y transcurre en silencio, agitado por la fecha en que realizamos el festejo de los que se fueron, ese intento de tratar de convivir con nuestros difuntos, aunque sea por una noche. Debe ser una mala experiencia para ellos, porque nunca se han quedado más tiempo, al amanecer se les acaba la paciencia. Este año será lo mismo, pasan los otoños y cada uno es una repetición del anterior; pequeñas variantes, las suficientes para sentir que el tiempo pasa, pero ninguna tan importante como para hacer que esos visitantes decidan permanecer de manera definitiva o, cuando menos, algunos días más, a pesar de todo lo que hacemos para agradarlos en esa velada. Es un hecho, algo estamos haciendo tan mal que ni los muertos quieren vivir de nuevo entre nosotros. Insisto, falta decencia en este mundo para poder ser convincentes con ellos y pedirles que no se retiren.

Como no es mi intención ir con ellos después de esa noche, tengo que continuar, pasear entre la rutina y algunas cosas que alteran el conocido ritmo del día a día. Muchos de estos eventos llegan disfrazados de tal manera que a primera vista podrían pasar desapercibidos, pero a veces me dejan una huella más profunda de lo que podría imaginar. Recuerdo un día de noviembre, una buena amiga, Laura Chávez, al buscar la solución para un contratiempo que surgió en un curso, me dijo un frase en apariencia intrascendente: “No pasa nada, siempre existe una manera de distraer al destino”. Por alguna extraña razón, esas últimas palabras se quedaron grabadas en mi mente, en el tiempo dieron origen a un relato y posteriormente al título de mi primer libro. Un suceso en apariencia sin importancia que, al pasar de los días, ayudó a encaminar parte de mis actividades. Así son esos momentos, no llegan de una manera agitada, no quiebran la rutina; es más, pueden ser parte de la misma y en el trascurrir de los días crecen para alterar el final del año, o de los años por venir.

“Distraer al destino”, es para lo que puede servir el otoño. En sus instantes triviales que aparecen en la banalidad de la vida. Reconocer que en ellos existe la posibilidad de salir de la ruta marcada. No interesa la razón de esa distracción, es lo de menos. No importa que sea para encauzar un mejor camino o perseguir metas más elevadas, eso no es relevante, a pesar de lo que me podrían aconsejar. Es torcer un poco el camino, encontrar razones para tener una estúpida sonrisa, saber que tal vez podamos encontrar un motivo para que los que vienen en la noche de muertos se queden un poco más de tiempo entre nosotros.