Hojas secas

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 21 de octubre de 2015

“¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas

y siempre se repitieran

los mismos pueblos, la mismas ventas

los mismos rebaños, las mismas recuas!”

León Felipe

 

El otoño llega de una manera extraña, tal vez porque es una época que no está enmarcada por algo en especial, un espacio entre la diversión del verano y la nostalgia del invierno, una temporada en la cual nadie espera nada y que a pocos sorprende. Por eso es raro que deje recuerdos fuertes, a menos que, por un azar, alguna fecha importante caiga entre sus días. Aún así, esas pocas memorias que pueden quedar no son debidas a la estación, sino por eventos que sucedieron en ese espacio, pero pudieron ocurrir en cualquier momento del año. En otoño no existen navidades o vacaciones primaverales. Podría parecer que no encuentro en estos días algo más que un montón de hojas secas tiradas y la tediosa actividad de barrerlas para conservar algo de vergüenza en nuestras aceras. Aunque para recuperar la decencia, la dignidad perdida, no bastaría sólo con barrer, necesitaría una escoba muy grande y aún así, habría túneles en los botes de basura, todo escaparía, estaría en nuestras calles de nuevo, sin que nadie haga nada.

Sin embargo, esta estación posee una característica especial: como el año ha gastado un considerable número de días, el otoño tiene una buena cantidad de experiencia acumulada. Esto sin la premura causada por el fin de año, en donde todo es correr entre la angustia por terminar los pendientes y los múltiples festejos, carrera contra el reloj que siempre gana la resaca. Aún no sé bien para qué pueda servir tener todo ese conocimiento si no existe algo que obligue a exprimirlo, pero es bueno saber que está. Posiblemente para darme cuenta, como cada año, que gran parte de mis buenos propósitos de año nuevo se quedaron enterrados en algún lugar y lo mejor es dejarlos ahí hasta el próximo enero. Si he llegado hasta aquí sin ellos, no creo que hagan falta por otros dos meses.

Es un periodo que se atora en el calendario y transcurre en silencio, agitado por la fecha en que realizamos el festejo de los que se fueron, ese intento de tratar de convivir con nuestros difuntos, aunque sea por una noche. Debe ser una mala experiencia para ellos, porque nunca se han quedado más tiempo, al amanecer se les acaba la paciencia. Este año será lo mismo, pasan los otoños y cada uno es una repetición del anterior; pequeñas variantes, las suficientes para sentir que el tiempo pasa, pero ninguna tan importante como para hacer que esos visitantes decidan permanecer de manera definitiva o, cuando menos, algunos días más, a pesar de todo lo que hacemos para agradarlos en esa velada. Es un hecho, algo estamos haciendo tan mal que ni los muertos quieren vivir de nuevo entre nosotros. Insisto, falta decencia en este mundo para poder ser convincentes con ellos y pedirles que no se retiren.

Como no es mi intención ir con ellos después de esa noche, tengo que continuar, pasear entre la rutina y algunas cosas que alteran el conocido ritmo del día a día. Muchos de estos eventos llegan disfrazados de tal manera que a primera vista podrían pasar desapercibidos, pero a veces me dejan una huella más profunda de lo que podría imaginar. Recuerdo un día de noviembre, una buena amiga, Laura Chávez, al buscar la solución para un contratiempo que surgió en un curso, me dijo un frase en apariencia intrascendente: “No pasa nada, siempre existe una manera de distraer al destino”. Por alguna extraña razón, esas últimas palabras se quedaron grabadas en mi mente, en el tiempo dieron origen a un relato y posteriormente al título de mi primer libro. Un suceso en apariencia sin importancia que, al pasar de los días, ayudó a encaminar parte de mis actividades. Así son esos momentos, no llegan de una manera agitada, no quiebran la rutina; es más, pueden ser parte de la misma y en el trascurrir de los días crecen para alterar el final del año, o de los años por venir.

“Distraer al destino”, es para lo que puede servir el otoño. En sus instantes triviales que aparecen en la banalidad de la vida. Reconocer que en ellos existe la posibilidad de salir de la ruta marcada. No interesa la razón de esa distracción, es lo de menos. No importa que sea para encauzar un mejor camino o perseguir metas más elevadas, eso no es relevante, a pesar de lo que me podrían aconsejar. Es torcer un poco el camino, encontrar razones para tener una estúpida sonrisa, saber que tal vez podamos encontrar un motivo para que los que vienen en la noche de muertos se queden un poco más de tiempo entre nosotros.

Tránsito

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 29 de septiembre de 2015

 

“Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba

por milésima vez los autos que lo rodeaban..”

Julio Cortazar

 

Las calles en mi ciudad se transforman, dejan de ser alfombras de asfalto para convertirse en ríos de carros. Cada día circula un gran número de ellos, pero gracias a la perfecta planeación del crecimiento urbano, podemos hacerlo sin que existan problemas ocasionados por el exceso de velocidad. Debido a que las pláticas en lugares cerrados pueden generar conflictos violentos, muchos toman la sabia decisión de viajar solos. Puede ser que esta conducta ayude a incrementar el tránsito, pero estos tipos solitarios mantienen el precario ambiente de paz dentro de la agitada urbe, ya que, sin alguien con quien discutir, sólo les queda pelear de manera virtual con el locutor de radio que los acompaña; sin duda es mejor opción que el caos ocasionado en las avenidas por su aislado egoísmo.

Puedo observar claramente a los ocupantes de los diferentes vehículos que circulan junto al mío: En uno de ellos va manejando una señora despeinada, de tan feo aspecto que podría causar un ataque cardíaco en otra persona, pero eso no le interesa, en el baño de la oficina donde trabaja, la magia del maquillaje la convertirá en coleccionista de piropos (escribí baño, porque la palabra tocador tiene un sentido extraño, que hasta hoy ninguna mujer me ha revelado). Al mi lado, un anciano en un carro ,también de la tercera edad ,va peleando con todos, incluso con el personaje que vende donas en la calle. Más atrás una hermosa mujer tiene que arreglarse mientras maneja, no sabe que su belleza hace que esa actividad sea innecesaria. En un compacto que está atrás de mí, viaja un grupo de estudiantes que seguramente van camino a la universidad. Son diferentes autos, diferentes personas, diferentes motivos.

Soy parte de ese cardumen, un trozo de mi vida en esta ciudad, del cual no puedo escapar. También soy incapaz de escapar de este lento ritmo. Es algo que contradice la terrible velocidad que impone la vida urbana. En tiempos de apresuradas decisiones, veloces saludos, aceleradas relaciones, es un paraíso contar con ese espacio en el que todo fluye lento, lento, lento. Se puede desayunar, trabajar, comprar, pagar, enamorar, fornicar, escribir, convivir en redes sociales; todo, en ese lugar. El tiempo, que es escaso en esta modernidad, se alarga en el denso tránsito. Esas horas que no alcanzan para atender la familia, amigos, compromisos, trabajo, problemas, soluciones, diversiones y demás fantasmas del día, pueden ser aprovechadas en las vías rápidas. Ahí el reloj deja de ser el amo, ya no esclaviza. Entrampado en la vía rápida hoy, como cada mañana veo cómo gotea lentamente el tiempo, se vuelve casi eterno.

La hermosa mujer termina de maquillarse, llega a mi costado, gira su cabeza y me mira. Le devuelvo la mirada y volteo hacia el auto que circula a mi izquierda. El viejo maneja contento, satisfecho; ignoro con quién se peleo esta mañana, tal vez por fin consiguió una dona gratis. Voy despacio, vamos despacio; todos en el mismo río. Continúan atrás de mí los jóvenes. Los veo por el espejo, parece que están cantando y bailando dentro de su carro. Viene a mi mente un cuento de Cortázar: “La autopista del sur” y, de pronto, me siento parte de esa historia. Todas las mañanas soy la interpretación mexicana de ese cuento; en otras palabras, una versión perfecta del mismo, como todo lo que se hace en mi país.

El tiempo me oprime, no puedo con tanta eternidad. La misma historia se burla de mí todas las mañanas, sabe que mi tiempo nunca es el mismo y que en este perfecto tránsito lo tengo a manos llenas, sin poderlo conservar. Cada día desperdicio horas, el reloj del tablero de mi auto me lo recuerda, son preciosos minutos que no sé para qué los podría usar ya que se esfuman al llegar a mi destino.

Los autos avanzan lentos, pausados; rompen, con su desesperante calma, la agitación en la ciudad y, con ello, aumenta mi angustia y mi tensión. Desesperado, vuelvo a mirar las personas encerradas en los autos que me rodean. Percibo que compartimos el mismo sentimiento, todos con el mismo semblante de angustia producto de no poder encontrar como aprovechar a fondo estas horas… casi todos. Me doy cuenta, al mirar atrás, que los jóvenes siguen cantando. Están felices, sonríen.

Esas sonrisas que veo en mi retrovisor: ¿Por qué lo hacen?, ¿será su ignorancia?, ¿la certeza que tienen mucho tiempo por delante y pueden darse el lujo de desperdiciar el actual? No lo sé. Lo que sí sé es que esos gestos de alegría están ahí, dentro de su auto, sin poder salir. Observo mis manos que descansan en el volante y cierro mis ojos por un segundo. No necesito ese tipo de felicidad, siempre he sabido dónde guarde mi tiempo.

 

Sombras

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 2 de septiembre de 2015

“Estoy pensando, es de noche,

en el día que hará allí

donde esta noche es de día.”

Pedro Salinas

  

Existen sombras que únicamente se ven en la oscuridad, como fantasmas que vienen para inquietar mi conciencia, sin nada que las acompañe. Siempre las encuentro en el mágico o trágico espacio de la noche, cuando mi cuerpo pide descanso y me dice que la jornada debe terminar. Entonces apago la lámpara y, al mismo tiempo que acomodo mi cabeza en la almohada, intento dormir. En ese momento, al amparo de la falta de luz y sonidos, mi cerebro se niega a descansar, no me obedece. Yo no intento que ese rebelde cumpla mis órdenes, sé que no tiene caso. Es un instante de sentimientos encontrados, no se trata del clásico episodio de angustia nocturna, que en el pasado me acompañó como firme compañero, ni del malestar generado por cosas que no hice u olvide durante el día. Ahí aparecen esas sombras que vienen a mi mente. Llegan y entran sin obstáculos, ofreciéndome variados y extraños bocetos sobre los cuales yo puedo escribir. Los dejan en mi cabeza, pero esas ideas se extinguen. Después de un rato, el sueño llega como un gran plumero, limpia todo rastro de lo qué podría ser y me deja sin nada. Alguno de ustedes pensará: ¿por qué no lo anota, lo graba, lo escribe en ese momento?, ¿por qué no hace algo más para guardar todo eso? Puedo esgrimir muchas razones, algunas bastante lógicas como no despertar a mi esposa que tranquilamente duerme junto a mí. En el fondo la causa de mi inactividad es más sencilla: temor.

En un intento para sentirme tranquilo, trato de convencerme que tal vez son ideas demasiado absurdas, tonterías que no deben llegar al papel; pero no me puedo engañar, en mi interior está la sensación que algunas son demasiado íntimas para ver la luz. Tal vez por eso aparecen cuando los sentidos se ausentan, es el instante en que mi conciencia acepta cualquier pensamiento sin juzgarlo. Después, para no razonar en ellas, dejo que mi sueño las borre para no tener que enfrentar los demonios que están encerrados ahí.

A veces, en la siguiente mañana, quedan algunos de esos pensamientos en mi mente, gritan para poder escapar. Y sigue el temor de expresar mis ideas y lo qué podrían decir las demás personas de ellas. Entrelíneas quedará mi vida, cada palabra contendrá una nostalgia, un vano deseo, una alegría lejana. Podrá quedar ahí también la prueba que mi escritura no es tan buena como pienso, que solamente parece una pérdida de tiempo, como si el tiempo se pudiera perder. Mis textos quedarán como testigos de lo que fui, tal vez para que me condenen; rara vez pienso en el halago. Cada párrafo que escribo contiene una parte de mí que alguien leerá sin ver más allá que esas letras.

Es mi temor: el instante en que un desconocido me lea. No existe retorno, las letras que se van nunca regresan. Decían varios autores que escribir es una tarea de valientes, no lo creo, más bien se trata de una tarea de irreverentes, de locos o de indolentes. No, no puede ser de indolentes porque en cada texto va un movimiento del alma, cada frase tiene un sentimiento que alguna vez se atrapó y al colocarlo en papel se escapa. Escribir es una tarea de locos. Realmente, debo estar un poco demente para colocar esto aquí, para que ustedes me critiquen, me ataquen, me devoren. Solamente una persona que no se encuentre completamente sana podría permitir eso, podría aceptar que estas íntimas letras lleguen a sus ojos.

Un loco más, en un mar de locos. Porque también se requiere ser así para leer y compartir sentimientos ajenos, para adentrarse sin miedo en la intimidad de otra persona. Dos locos en un mar de locos, eso somos, usted y yo.

Tiempo confuso

 

Somos letras, somos un raro aliento
lejos, lejos de todos
somos poemas que escribe el insomnio
que caminan lejos, lejos de todos.
Sólo dejemos que este frágil viento
se lleve las fracturas
grietas, restos de sequías añejas
donde duermen nuestros trazos sin tinta.
Sólo dejemos que este frágil tiempo
se lleve los rencores
y los ajenos versos fracasados
aquellos que alguna vez nos sonrieron.
Somos letras, somos raro deseo
cerca, cerca de todo
un poema se escribe en nuestro aliento
ese nuestro cercano, raro aliento.

 

 

Despertar

 

 

 

Comienza otra fría madrugada

palidecen las serenas sombras

una mirada se aleja

es un mar de dudas

olas entre sábanas

un fuerte viento

tempestad de ideas y recuerdos

en el horizonte tu silueta

callada

derrumba los sueños náufragos

se olvidan los recuerdos

amanece

luz que abre la ventana

y resplandece el litoral

casi todo es nada.

 

 

 

Lugares

 

Despierto en lugares con tiempo de odio
lugares siempre ancianos.

Mis calles están sedientas de sangre
donde se olvida que existe el silencio
donde la violencia es infinita hambre
se pierde todo menos el olvido
recuerdos ya marchitos.

Duermo en lugares de tiempo rasgado
que vigilan sus fríos edificios
torres de concreto siempre manchado
donde los viejos rencores no duermen
donde mueren las voces.

Sueño con pasos sin prisa en mi acera
serenidad en cada madrugada
caminar en mañanas sin violencia
caminar y recordar lo escondido
pasos siempre tranquilos.

Y despertar antes que llegue el tiempo
traspasar dormido la vieja noche
tomar lo que se pierde en este estiércol
y respirar en mis viejos recuerdos
respirar aquel beso.

Sueño con lugares sin tiempo de odio
sin violencia en mis días.

 

Náufrago

 

Vi un viejo barquero perdido en tierra,

caminaba en las ruinas de su tiempo

sobre bordes de historias ya contadas,

memorias que se cierran.

Sobre una áspera vereda de polvo

naufraga en recuerdos su vieja barca,

se hunde con trozos de noches ancianas

queda su timón roto.

Vi a ese triste hombre caminar sin remos,

otro barquero como muchos otros,

tantos que perdieron su barca, el río

en tormentas de tedio.

Los veo en mi sueño, en ellos me miro,

olvido que una vez tuve mis remos,

fue un tiempo lejano que cruce ríos;

un perdido barquero.

 

Joaquín Sorolla: Barcas en la playa.

Joaquín Sorolla: Barcas en la playa.

Nuestro tiempo

Publicado en Avenida Digital 3.0 el día 17 de julio del 2015

“Hablamos para nada, con palabras que caen
y son viejas ya hoy, en la boca que sabe
que no hay nada en los ojos sino algo que cae”

Leopoldo María Panero

Vivimos en tiempos cínicos, mejor dicho: en tiempos descaradamente cínicos. Siempre hemos estado rodeados de mentiras, engaños, medias verdades; en todos los ámbitos: dentro de la familia, círculos sociales, gobierno, medios de comunicación, empresas. Se comienza al iniciar el día con la receta: Estoy bien, ¿y tú, cómo estas?, que usamos como fórmula para contestar, aunque estemos como diablo que nada en agua bendita, y así continuamos hasta llegar la noche. Hemos llegado al punto de poder distinguir sin errores las falacias y, aún así, no nos importa. Seguimos por el camino como si todo fuera verdad, no afecta en nada nuestras vidas, no es un problema para resolver. Nos hemos convertido en seres descaradamente cínicos.

Todo se ha vuelto más desvergonzado gracias a la tecnología. Recuerdo los años en que se podía hacer un desfiguro tremendo en una discoteca (como antes se llamaban los antros) y no pasaba nada; los pocos testigos que había generalmente estaban en un estado que resultaba imposible, al día siguiente, distinguir entre la fantasía y la realidad. Lo sucedido quedaba oculto por las sombras y destellos del ambiente nocturno. Hoy en día, el video de ese desliz puede aparecer en cualquier lado, nos podría llevar a ser los protagonistas de un espectáculo de corta duración, tener fama durante pocos días, personas que ni siquiera conocemos se burlarían de nuestra conducta y, la verdad, no nos importa, nos reiremos de nuestro desvarío.

En el gran escenario de los acontecimientos nacionales, estamos en la misma sintonía. Hemos visto como un preso, en un penal de altísima seguridad, se escapa del mismo utilizando recursos de ingeniería que son ejemplo para algunas obras públicas. No fue un pequeño agujero en la tierra, fue un túnel perfectamente construido; en donde nadie vio, escucho, pensó o imaginó nada. Un túnel en la nada, un perfecto ejemplo de descarado cinismo. Lo mismo pasa con el incendio de un asilo de ancianos en el norte de México, algunos graves errores médicos que han sido noticia en nuestro país, la enorme corrupción; cosas graves que suceden, que deberían indignar y la realidad es que, en las redes sociales, un video que muestra a muchachos maltratando perros en una tienda genera más irritación. Seres humanos muertos o marcados de por vida importan menos que un par de cachorros.

En el plano mundial se sigue la misma corriente. Hace pocos días, en la cuna de la democracia, Grecia, se realizó un plebiscito para decidir si aceptaban o no las duras medidas propuestas por la comunidad financiera europea a cambio de recibir un préstamo de emergencia. El pueblo voto por el “No”, apoyado por su primer ministro Tsipras. Días después, se firma un acuerdo con la Unión Europea que contempla medidas aún más duras para Grecia; ¿el plebiscito?, ahí quedó, otra cínica muestra del poder del dinero.

Es imposible decir la realidad descarada de las cosas, nadie la creería. Estamos tan acostumbrados a la falsedad, al engaño burdo, que a veces no interesa saber la verdad. Es más importante aparentar y mostrar lo que sería correcto, aunque no coincida con los hechos, que afrontarlos.

En eso estamos muy bien, somos perfectamente congruentes con nuestro mundo. Usamos las redes sociales para amplificar nuestro cinismo, para hacerlo descaradamente absurdo. Todas las maneras son válidas para expresarlo, para pertenecer a esta ola que nos arrastra: usar perfiles falsos para atacar personas, crear o escribir posturas para crear una buena imagen sin estar de acuerdo con ellas, mostrar una personalidad perfecta que es totalmente diferente a la real, congratularse de personas que se odian; en pocas palabras: crear o alimentar mentiras para vivir en un mundo de correcta hipocresía. Todo es válido a condición que la verdad, sí es mostrada, sólo sea a medias. No interesa que todos sepan la falsedad de las cosas, es más, es mejor porque así, nuestro cinismo, la esencia del hoy, puede llegar a ser perfecto.

No creo que eso sea malo, tampoco bueno. Simplemente es. Pero este mundo hipócrita nos obliga a contestar esta cuestión con una actitud de consternación e indignación. Tenemos que horrorizarnos (aunque sea mentira) ante esa realidad para poder pertenecer a nuestros tiempos. Hacerlo lo contrario sería mostrar un lado que puede ser honesto, pero que no es permitido en estos días. Debemos seguir el camino del engaño descarado y absurdo: decir que eso está mal, muy mal; aunque en el fondo probablemente lo hacemos sólo para mostrar una imagen de “ser correcto”. No importa lo que pensemos, interesa lo que mostremos, mantener el cinismo. Levantar la voz para protestar ante tanta desvergüenza, aunque al final olvidemos las razones de ese grito. Eso es ser consistente con el entorno, no podemos mostrar nuestras verdaderas razones, nos etiquetarían de farsantes.

En el fondo, se puede argumentar que este texto es una gran mentira, esa podría ser una verdad; pero no importa, después de todo, cada uno cree lo que quiere creer.