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Una historia inútil

Publicado en Avenida Digital el 21 de junio del 2016

“Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo”
Alejandra Pizarnik

Foto por Liliane Mendoza

Foto por Liliane Mendoza

Era una tarde de junio. El que haya sido precisamente ese mes no hace ninguna diferencia en esta historia, pero sí la ausencia de nubes en el cielo ya que este relato necesita luz para ser verosímil. En fin, era una hermosa tarde de junio, varias sombras jugaban en un parque sin nadie que las acompañara. Parecían niños en el recreo de la escuela: brincaban, corrían, a ratos se escondían. Sin lazos con sus dueños, por fin, tenían un momento de autonomía que el destino siempre les había negado.

No sabían la razón de esa nueva y extraña realidad, simplemente, una de ellas comenzó a andar en dirección contraria de la persona a la que estaba atada. Otra la vio, le pareció interesante e hizo lo mismo. En poco tiempo, varias caminaban juntas. Podía decir que era un grupo animado. Sin saber bien qué podrían hacer se detuvieron en una esquina para decidir hacía dónde ir. Después de un tiempo de discusión entre ellas llegaron a un acuerdo y se dirigieron a un parque cercano, les parecía un buen lugar para divertirse. También pudieron haber elegido una plaza o quedarse en esa esquina, el lugar fue irrelevante, todo hubiera sucedido de la misma manera

Siempre habían vivido atadas, condenadas a repetir de maneras uniforme y constante los actos de las personas a las que estaban unidas. No eran esclavas o prisioneras, porque los esclavos al menos tienen momentos en los que pueden soñar que no están sometidos a la voluntad de otro. Para ellos la libertad es una esperanza, muchas veces lejana, pero tan real que hace aún más pesada la agonía de las cadenas. Las oscuras siluetas que se divertían esa tarde no tenían esa carga. La ilusión de verse libres de sus dueños no existía, jamás había pasado por su imaginación esa posibilidad. Eso hacía que su vida fuera sencilla, fácil, lejos de cualquier complicación que regala el libre albedrío. Por eso, hoy jugaban, no debido a la alegría de la libertad, sino porque no sabían qué más podían hacer con el tiempo que tenían. Ese concepto tampoco lo conocían: el ser propietarias, tener la facultad de decidir qué hacer con algo, pero no les interesaba demasiado porque aún no estaban plenamente conscientes de ello.

Mientras tanto, las personas que eran dueñas de las sombras ni siquiera notaron ese pequeño cambio en el mundo, era algo tan irrelevante que nadie se dio cuenta de ello. Después de todo, las sombras no sirven para nada, pero tampoco representan un lastre. Son algo así como el apéndice, las muelas del juicio, las excusas y algunos tipos de perdón. Están ahí simplemente porque están, cualquier razón que se pueda argumentar para ello podría ser válida pero estéril. Y sin embargo, la costumbre tuerce la razón, inventa motivos para justificar la existencia de aquello que de otra manera podría estorbar.

En esta historia inútil, es tiempo de recordar que el miedo no anda en burro. Esa es una gran verdad, se mueve rápido, en cualquier cosa, a cualquier hora, por todos lados. Las sombras no lo sabían porque, al no poder decidir absolutamente nada, tenían la vida completamente resuelta, sin razones por las cuales cultivar temores. Pero, al caer la tarde, la luz se diluyó lentamente. Llegó la noche, entonces una de ellas se dio cuenta que, en la oscuridad, su contorno se confundía con todo lo que la rodeaba. A la vista de ese hecho surgió de improviso la posibilidad de desaparecer y con ella, el miedo. Las sombras no sabían o no recordaban que existían faroles en el parque. Los ataques de pánico entre ellas y sus intentos por permanecer en oscuridad fueron demenciales. En realidad, lo único que ocurrió fue que ellas se hicieron más débiles. Agotadas, se recostaron para morir o al menos eso pensaron.

Sin embargo, no murieron esa noche. Lo que sucedió fue que, en la mañana del día siguiente, se encontraron de nuevo atadas a sus dueños, como siempre. De la misma manera que nadie supo cómo se liberaron la tarde anterior, fue desconocida la razón por la cual regresaron a su estado original. Ellas sólo pudieron recordar que alguna vez fueron libres, pero eso acarreo un miedo tan grande que pocas se atrevieron a intentarlo de nuevo. Las que lo hicieron descubrieron que eran vanos sus intentos: en la siguiente mañana, las cosas volvían a la normalidad, pero con sus temores aún más grandes. Podía ser el inicio de un eterno círculo de terror.

Aquí surge la oportunidad de escribir la moraleja de esta historia, tan profunda que podría cambiar la vida de alguien, marcar diferencia en la conciencia, llevar a un momento de reflexión trascendente y mirar las sombras de otra manera, pero en realidad, si he de ser honesto, no existe ninguna enseñanza en este relato o, al menos, alguna que valga la pena. Tampoco contiene una metáfora, parábola, o representa algo, solamente es un relato que sirve para pasar el tiempo de una vana manera. Realmente, es una historia inútil.

 

Un poeta

 

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 23 de enero del 2014
 

La muerte es algo inevitable, presente siempre, cada instante. Existen ocasiones en las que se lleva a una especie rara de hombre, ese que tal vez no debería morir: el poeta. Ocurrió días atrás, el martes 14 de enero, en la Ciudad de México despedimos al poeta argentino Juan Gelman, un hombre cuya vida estuvo marcada por el dolor de perder a su hijo y nuera, asesinados durante la dictadura impuesta en su país así como por la intensa búsqueda de su nieta, secuestrada poco después de nacer por los golpistas de Videla y finalmente, vivió en el exilio, del cual nunca quiso regresar.

Se cuenta que fue un gran hombre, podemos estar seguros que era un gran poeta, verdaderamente grande: ganó todo lo que había que conseguir en cuestión de premios: el Rulfo, el Reina Sofía de poesía y el Cervantes en 2007. Se fue el escritor, pero nos dejó una herencia invaluable: su poesía. En sus versos existe una voz que dice las verdades que hemos dejado de percibir en el ritmo de esta vida agitada. Aquí las palabras de Juan Gelman en su poesía “Sobre la poesía”:

 

… volviendo a la poesía/

los poetas ahora la pasan bastante mal/

nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/

el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícil

conseguir el amor de una muchacha/

ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/

que un guerrero haga hazañas para que él las cante/

que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/

y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron

las muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/

o simplemente los poetas/…

 

Duras palabras; llaman la atención sobre la realidad que enmarca nuestro tiempo: nos estamos olvidando de ciertas cosas que no se pueden valorar en términos económicos, más valiosas que muchas de las que nos ofrecen a cambio de dinero. El mundo no solamente se compone de los objetos materiales que se producen, es claro que la creación de riqueza es necesaria para dar un mejor nivel de vida a los habitantes de un país. Trabajos dignos, buenos salarios, tener una posibilidad real de desarrollo para todas las personas, es la base de una sana convivencia social. Sin embargo, existe otro tipo de actividades que también son muy importantes, aquellas que indican el marco dentro del cual lo que se hace está dentro de los límites de la dignidad humana.

La filosofía es una de estas actividades, los filósofos siempre están abordando los temas fundamentales del ser humano y su desarrollo, ¿qué somos?, ¿qué hacemos?, ¿por qué lo hacemos?, ¿a dónde nos lleva lo que hacemos?; cuestiones fundamentales para no perder el rumbo, para no permitir que pasemos a formar parte de un sistema en el cual nos convertimos en otro ente económico más y perder nuestra personalidad individual, sin la capacidad de un crear futuro trascendente.

La creación artística es otra de las funciones que no pueden ser medidas en términos puramente monetarios. Es verdad que algunas obras de arte llegan a alcanzar precios increíbles en subastas, pero no es el objetivo del mismo. Es una de las desviaciones que hemos creado en este universo marcado por el interés económico. El arte impacta el sentir de aquellos que lo experimentan, ya sea al crearlo o al apreciarlo. Es una de las maneras de mostrar a la personas, en lo más profundo del pensamiento, los efectos de lo que ocurre en el mundo; se crea un diálogo entre el artista y el público, en donde el creador manifiesta su posición frente a la realidad que le rodea: las cosas que se hacen, cómo se hacen, los valores o la ausencia de los mismo en su entorno. De una manera similar a la Filosofía, el arte también nos hace ver el rumbo que llevan nuestras actividades, pero de una manera más sensible, más personal.

No debemos dejar atrás la poesía pues es una de expresiones artísticas que hablan con mayor fuerza acerca de lo acertado o equivocado que tenemos en nuestro camino como humanidad. El escritor, el poeta observa, siente, piensa y escribe acerca de aquello que sabe que debe ser dicho, que no puede quedar en silencio. No tiene el cómplice interés de callar las cosas con tal de  obtener un beneficio (sobre todo económico), la necesidad de expresar por medio de la palabra lo que observa, decir de manera honesta lo que debe ser dicho, hace que sus ideas deban ser leídas con atención. No siempre hablará de la belleza de la vida, muchas veces pondrá el dedo en la suciedad, en la inmundicia que todos sabemos que existe pero que nadie habla de ella, como si el callar fuera suficiente para hacerla desaparecer.

La lectura lleva a lugares increíbles, nos hace existir en más vidas, en universos paralelos donde hay infinitas posibilidades de aventuras. Algunas veces evade el mundo, otras más lo analiza, en ciertas ocasiones da la oportunidad de plantear metas o lleva a lograrlas. El problema no es buscar un para qué leer, el verdadero meollo está en hacer que la gente le encuentre el lado útil a la lectura y de esta manera se pueda acercarse a ella. Los adolescentes preguntan: ¿Para qué leer, para qué poesía? Para enamorarte de ti mismo, del ser humano, para apreciar ese lado digno que debemos tener, esa es la respuesta. Ellos, que están carentes de algo que los ancle a la existencia, obtienen en la visión que puede dar la poesía la fuerza necesaria para conquistar los sueños y crearlos.

Para eso existe la poesía, Bécquer lo define muy bien cuando dice: “¿Qué es poesía? –Poesía eres tú.” Pues bien: Poesía eres tú que caminas por la calle, que trabajas, que luchas por un lugar en el mundo donde no hay espacio. Poesía es el vecino, el familiar, el amigo, el compañero de trabajo. Poesía es crear un espacio con las palabras para poder sobrevivir en un mundo donde el futuro es lo único que no importa y que, sin embargo, está a la vuelta de la esquina. La poesía es desgranar palabras para llegar más allá de dónde se posan nuestros ojos, poder ser empáticos y regalarle a los otros la sonrisa que hace la diferencia.

El mundo se mueve, cambia y se degenera. Hacen falta leer más poesía, hace aún más falta que las personas lean. Es una tristeza que muy pocas personas lean libros en México, somos un país con un nivel cultural muy bajo en la población, algo que es irónico ya que tenemos un pasado muy rico en este aspecto. Si paseamos por las librerías es una tristeza que la sección de poesía sea de las más pequeñas —cuando existe, porque en muchas no la encontramos—, señal que mucha gente no tiene interés en ella. La poesía es importante, es muy importante en nuestro mundo. Sin ella podríamos condenarnos, comenzaríamos a perder nuestros valores elementales, la posibilidad de un futuro digno. Es la voz que nos grita lo que no debemos hacer, que nos avisa del camino equivocado; como nos lo muestra el mismo Juan Gelman en su discurso de aceptación del Premio Cervantes en el 2007:

Juan Gelman

Juan Gelman

“…¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.”

Una simple persona, un aprendiz de escritor

 

Creamos y moldeamos nuestra historia en cada acción que hacemos o dejamos de hacer. Nadie escapa a ello, de una u otra manera todos estamos en esa causalidad, desde un gobierno que decide pelear por lo que considera justo, hasta la mano que sostiene el arma en una calle olvidada de la frontera. Pero existen otras personas que no solamente actúan, sino que, además de ser testigos, ofrecen un testimonio crítico de lo que observan. Entre esas personas están, por ejemplo, los pintores, escultores, cineastas, músicos, científicos, etc. Y también existe un ser humano especial, aquel que utiliza la hoja en blanco como lienzo y el lenguaje como un pincel para plasmar lo que vive, lo que piensa, lo que siente; ese ser que, por medio de las palabras, hace ver los reflejos de su tiempo. Esa persona es el escritor.

“Somos lo que leemos”, dice la trillada frase, pero también somos lo que escribimos. En esta época tenemos la posibilidad de preservar el testimonio visual de casi todo lo que sucede y la manera en que se maneja la información hace que ésta sea muy amplia y de fácil acceso. Es por ello que el escritor no puede tener el único rol de ser un simple narrador, hoy ese papel lo han tomado los medios electrónicos visuales. Ahora él debe buscar generar en sus lectores un sentimiento que los mueva a reflexionar, a ejercer el pensamiento crítico de lo que acontece y más importante aún: a pensar y conocer las verdaderas razones por las cuales suceden las cosas. El escritor no debe narrar solamente lo que observa de una manera plana, sin compromiso. Debe ser capaz de mostrar las aristas de lo que está oculto y aquellas que son tan obvias que hoy somos incapaces de observar.

Cada crónica, reportaje, crítica, novela, relato, poema; tiene una parte de la historia que se vive, es nuestra herencia hacia el futuro. Los aciertos, errores, alegrías, angustias, anhelos, frustraciones; todo está contenido en esos fuertes tejidos hilados con palabras. Las frases en un papel o en una memoria virtual llevan las ideas del escritor y las nuestras a través del tiempo y por eso nos hacen ser, en cierta manera, inmortales. Hoy ellos escriben desde nuestra temporal perspectiva y comunican las reflexiones que se generan en ese particular punto de vista. Mañana, gracias a los escritores, otros leerán lo que hicimos, sentimos y pensamos, aquello que pudimos o no aprender. Nos juzgarán por los males que les heredamos y podrán saber o deducir las razones por las cuales hicimos esas acciones. Por eso los escritores son importantes. Una idea escrita no es el grito que se pierde, que se apaga en un corto tiempo, no es el golpe aislado cuyo dolor dura un momento. Los textos permanecen, no se olvidan, no desaparecen; pueden permanecer callados, ocultos, pero siempre están y siempre habrá alguien que los encuentre y los haga renacer cada vez que se leen.

Todos los que toman una pluma y una hoja deben ser concientes que esa sencilla actividad puede determinar como seremos vistos en el futuro. Es cierto, los malos textos tienen la alta probabilidad de olvidarse o desaparecer, pero es una probabilidad. La certeza del futuro no la tenemos, por lo tanto, no sabemos que piezas de nuestra época van a llegar a nuestros descendientes. Es una responsabilidad que no puede ser descartada, aunque tampoco debe intimidar a aquel que, utilizando la escritura, quiere expresar lo que siente. Para los que tienen esa necesidad, el primer paso es hacerlo, es tomar la pluma y escribir.  El segundo paso es largo y circular, es el continuo aprendizaje (ese que nunca termina), aprendizaje que está cimentado en el hábito de la lectura. Y escribir, escribir sin olvidar nunca que el escritor debe buscar la honestidad en sus frases, la congruencia en el texto, el respeto al lenguaje y el arte en la palabra.

libreta pluma

En lo personal me considero demasiado ignorante para escribir ensayos; demasiado vulgar para ser buen crítico; demasiado ácido para hacer bellos poemas. Solamente me queda observar, escuchar, pensar y narrar; narrar lo que veo, lo que pienso, lo que sueño. Espero que la vida me dé tiempo para escribir historias, las mías y las ajenas, para que no se extravíen en el tiempo. Es posible que un día encuentren un lector que, si bien es posible que no las aprecie, al menos brillarán en su mente por un instante. Estoy conciente que hacer esto conlleva una responsabilidad con los míos y con aquellos que aún no nacen, pero también sé que si no lo hago no existirá la manera de llevar lo que veo, lo que escucho, lo que siento, lo que soy, a un espacio diferente. También, al hacerlo, rompo la dura barrera del calendario. Al escribir puedo extender mis pensamientos más allá de mi existencia, puedo dejar un legado a los que vendrán; puedo, con la punta de mi pluma, acariciar la eternidad.

Lección en la calle

Este año tuve la  fortuna de hacer dos viajes a  Nueva York. Es una ciudad que tiene una personalidad propia que la distingue de cualquier otra en el mundo, por sus estupendos museos, restaurantes y obras de teatro. Y por sus pequeñas sorpresas que pueden estar a la vuelta de cualquier esquina.

En mi primer viaje encontré, caminando en la 54 casi llegando a la Quinta Avenida, una de esas sorpresas. Sentado en la banqueta estaba un homeless (indigente). Parecía perdido, completamente ajeno a las crisis económicas que ponen de cabeza a todo el mundo. Pudo ser un indigente más, como los que hay en cualquier ciudad, no es necesario ir tan lejos para encontrarlos, pero de pronto algo extraño me llamó la atención. El hombre en cuestión no estaba pidiendo limosna como yo hubiera esperado, sino que estaba leyendo un libro y aún más sorprendente era que, a un lado de él, en el piso, había dos pilas de libros gastados, viejos y maltratados pero completos. Ninguno estaba roto o en pedazos. Me acerqué para verlos con más detenimiento y al hacerlo alcancé a distinguir el nombre de Faulkner en el lomo de uno de ellos antes de que él se molestara conmigo por estar invadiendo su espacio.

Foto por Liliane Mendoza Secco

Me hubiera gustado entablar una plática con él para descubrir las razones de su gusto por la lectura. Obviamente no lo pude hacer; es muy difícil acercarse a este tipo de personas porque siempre están a la defensiva intentando por todos los medios que nadie los moleste. El pequeño espacio en la banqueta es su reino y lo defienden de cualquiera que se atreva a cruzar su frontera. Viven así, solitarios, desconfiando de los extraños que quieren establecer contacto con ellos.

Cuatro meses después tuve la oportunidad de regresar a Nueva York. Volví a pasar por el mismo lugar y ahí se encontraba el mismo hombre, con sus libros, leyendo uno de ellos. Estaba totalmente inmerso en la lectura de su libro, sin que le importaran las personas que pasábamos a su lado. Haberlo visto de nuevo, realizando la misma actividad pero con más libros a su lado, me hizo pensar en lo valioso que es tener la capacidad de apreciar el universo que nos brinda la lectura. Los libros nos permiten conocer la vida, las historias y hasta las aventuras de otras personas y lo más importante, nos brindan la oportunidad de —a pesar de nuestras carencias— disfrutar más de la vida. Nos ofrecen ese precioso espacio en donde podemos soñar sin necesidad de dormir.

Gracias a este pequeño episodio en mi vida me di cuenta de que la pobreza no es razón o pretexto para no disfrutar de la lectura. Para ello únicamente se necesita saber leer y que, en algún momento de la vida, se encuentre la magia que contienen los libros. Ese hombre sin hogar en Nueva York la encontró y gracias a ella tiene la posibilidad de tener algo que le ayuda a sobrevivir en la miseria.

Muchos tenemos, afortunadamente, una vida más holgada que la de este personaje pero no por ello exenta de problemas. En medio de todas nuestras dificultades, el disfrute de una narración o de un poema es un placer en el que no es necesario invertir mucho dinero, solo requiere de tiempo y voluntad. La recompensa, en cambio, es grande y divertida, es entrar en un mundo alterno, diferente, para conocer mejor y apreciar más nuestro mundo real.

Haber encontrado a esta persona en Nueva York fue para mí una gran lección: no solo reafirmó mi gusto por la lectura, también me enseñó que vale la pena escribir. Ahora puedo ver con más claridad que siempre existe alguien que desea leer lo que otro quiere narrar y que ese círculo no debe quedar abierto. Entendí que mientras existan lectores, habrá escritores que los alimenten, sin importar las condiciones de vida de ambos. Este indigente me animó a seguir leyendo pero lo más importante, me motivó a no dejar de escribir.

Bright Star (El amor de mi vida), una película diferente…

Hace unos días en una cena con amigos uno de ellos comentó que era imposible que me gustara una película romántica,  tiene algo de razón, yo odio la cursilería fácil que tanto abunda en el cine. Una de mis grandes pasiones es el cine, por lo que me atreveré a hacer un pequeña reseña de esta película sin ser un experto en el tema. ¿Por qué? Porque ésta es una película romántica que me agrado mucho.

Bright Star es una película diferente a lo que generalmente realiza la industria del cine comercial. No cae en un burdo manejo sentimental, no tiene grandes efectos, no encontramos escenas de sexo para reforzar la historia. Película que de primera mano se siente lenta, sin ritmo pero que, a medida que la película nos va presentando sus detalles  -en la fotografía, en los diálogos y en el entorno de la historia-, descubrimos un profundo manejo narrativo y visual que transforma el cine en poesía.

Bright Star  -tiene en México una traducción horrenda del titulo (se llama “El amor de mi vida”)- es la historia de los últimos años de la vida de John Keats (Ben Whishaw), uno de los grandes poetas ingleses de la época romántica. Años en los que vivió en casa de su amigo Charles Armitage Brown (Paul Schneider) y de la relación sentimental de Keats con Fanny Brawne (Abbie Cornish). Este romance termina con la temprana muerte del poeta, quien falleció en 1821 a la edad de 25 años.

Lo que pudo ser una melosa historia de amor ambientada en la  Inglaterra victoriana se convierte en una propuesta valiente gracias al excelente guión y dirección de Jane Campion.  Este manejo inteligente de la historia se construye con diálogos sarcásticos,  sobre todo en las secuencias entre Fanny  y el Sr. Brown, quien inicialmente la desprecia por ser aparentemente frívola e ignorante; con un excelente manejo de cámara -usa solamente efectos básicos de fotografía- y sobre todo con el tenso desarrollo del idilio de la pareja.

La historia navega entre los intentos del Sr. Brown de evitar el romance  entre Keats y Fanny, debido a que él piensa que este amor es una pérdida de tiempo y que Fanny puede distraer la capacidad creativa del joven poeta. Discurre entre los rígidos conceptos sociales que hacen difícil la relación sentimental -Keats es un poeta pobre y en apariencia fracasado- y  entre el lento pero constante aprendizaje de que, a pesar de las diferencias iniciales, el amor existe y madura en las diferencias. La película llega a un final conocido por el espectador (Keats muere) y a pesar de ello, sorprende. La previsible muerte no hace que el cierre sea un burdo manejo sentimental sino que la película queda aparentemente incompleta, dejando que el espectador imagine lo que “pudo ser”.

La película deja lecciones: de las motivaciones que tiene un poeta para escribir, de la lucha sin violencia de una mujer por el amor, mujer que aparentemente está fuera de su tiempo, pero que en realidad es la mujer de todos los tiempos y de que la poesía siempre existe en la vida.

Esta película no es para el espectador que busca divertirse sin reflexión, no tiene esa acción fácil a la que estamos acostumbrados pero ése es su mayor mérito: una propuesta diferente que se agradece, nos recuerda que el cine no está completo sin la reflexión íntima de cada espectador.

Es una lástima que Bright Star se pierda en el mar del cine actual actual, es posible que no gane ningún premio pero es una alegría encontrar en ella una película inteligente, sensible. Es la poesía en la pantalla que tanta falta hace en la cartelera comercial.

Bright star

  • Dirección y guión: Jane Campion.
  • Países: Reino Unido y Australia.
  • Año: 2009.
  • Duración: 119 minutos.
  • Interpretación: Abbie Cornish (Fanny Brawne), Ben Whishaw (John Keats), Paul Schneider (Sr. Brown), Kerry Fox (Sra. Brawne), Edie Martin (Toots), Thomas Brodie-Sangster (Samuel), Claudie Blakley (Maria Dilke), Gerard Monaco (Charles Dilke), Antonia Campbell-Hugues (Abigail), Samuel Roukin (Reynolds).
  • Producción: Jan Chapman y Caroline Hewitt.

La pila de libros…

Algo de agua ha corrido desde la última vez que  puse un montón de palabras por aquí; no puedo decir que toda esa agua  haya sido buena o mala,  simplemente pasó bajo el puente;  y de tanto ver desde la barandilla acabé regresando a este blog.
Es un horror la cantidad tan limitada de tiempo que tengo para poder leer todo lo que quiero; a veces envidio a aquellos que no entienden lo que es eso, los que pueden pasar la vida sin ir más allá de leer por encima algunas hojas de las revistas light que circulan por ahí.  Una vez le escribí a un amigo que una  vida sin el deseo de ver más allá de la superficie es una vida tranquila, sin sobresaltos y estable; sobre todo si la vida ha sido amable y no se tiene un pesado saco de  angustias o preocupaciones; además, si a estas privilegiadas personas les llega repentinamente alguna inquietud cultural trascendente, la resuelven con el enorme esfuerzo de leer un condensado de frases  de Paulo Coelho y listo: tienen para poder comentar por un buen rato lo mucho que ayuda leer literatura de “alto nivel”.
En este sentido, lo malo de mi caso es que no me gustan los condensados, en mi opinión un condensado es mutilar la literatura bajo el pretexto de aligerar la vida de un flojo lector, es poner en otro la decisión de lo que vale o no de un libro. Además, la alta literatura de Coelho tampoco me agrada, va más allá de mi comprensión.
Entonces, solo me queda  buscar la manera de exprimir el reloj para tratar de hacer más pequeña la pila de libros que están esperando turno; pero no veo como, sobre todo cuando tengo la manía de poner y poner más libros en esa interminable lista de pendientes por leer. No me angustia mucho este problema, pero esa lista esta representando una pequeña tortura, una de esas piedras en el zapato que no impiden caminar pero que si molestan todo el camino.
Tal vez valga la pena reconsiderar mi posición respecto a los condensados y Coelho, un condensado de Coelho sería tan pequeño que mi problema se podría resolver en un pequeño rato de lectura…