Círculo nocturno

 Dormir es un acto
                              extraño
 
prueba de fe
en cualquier cosa
que guarda el alba
                               ceder
inerme en la noche.
 
¿Morir sin despertar?
                         solo dormir  
sin pensar para quebrar
el círculo nocturno
de temores ignorados
                               esperar
 
Un rastro de confianza
                         el amanecer.
       

Propósito

Relato de mi libro Huella de Intervalos

El entusiasmo causado por la llegada del año nuevo se extinguió rápidamente. Después de todo, sólo era otro más y no por ello una nueva vida. Nada cambia, incluso cada mañana comienza como cualquiera: mi acostumbrada lucha por salir de la cama. El feroz ataque del despertador siempre ha sido más fuerte que el débil muro de mis cobijas. Es mi Waterloo diario, no importa si es enero, este nuevo año no me regaló la fortaleza necesaria para ganar esa batalla. Todo sigue igual.

Mientras desayunaba, después de reponerme de la acostumbrada derrota, observaba la fotografía correspondiente a enero en mi calendario. Lo había colocado en una pared la tarde anterior, me demoré en  hacerlo, pues ya habían pasado varios días desde el comienzo del mes. No fue el mejor que pude encontrar, aunque la verdad no sabía con exactitud qué era lo que quería. Después de un tiempo de buscar en algunas tiendas, opté por usar uno que me regalaron en Navidad. Tenía en cada mes la foto de un paisaje, sin texto, cumplía bien la función de indicar los días. Era perfecto debido a la alegre ausencia de sentimientos cursis en sus imágenes.

Fue entonces que tuve un pensamiento medio idiota, otro instante de derrota: decidí que no podía quedar fuera de la hermosa energía de cambio y mejora que todos comparten los primeros días de enero. Tuve una feliz ocurrencia: mi oficina es un monumento al desorden, formidable como mi despertador. Debía ordenarla y deshacerme de un montón de cosas que estaban en mis cajones, tantas que ni siquiera sabía qué es lo que contiene cada uno. No estaba muy convencido de hacerlo, pero era la manera de incorporarme al ambiente de optimismo que rodea el estreno de un calendario y, de esa manera, decretar una victoria en mi vida; “la primera de muchas que yo podría lograr”.

Al llegar a mi oficina me di cuenta de la magnitud de mi decisión. Llevaría varios días terminar esa tarea, sobre todo, porque no podía dejar a un lado mi trabajo. Comencé esa tarde, después de la comida. Debo reconocer que al principio me sentí intranquilo, hurgar en esos lugares es navegar en la dimensión desconocida, uno puede perderse para siempre. Realmente es una tarea para valientes.

El primer cajón que ordené me mostró la verdadera naturaleza del asunto. Encontré lo acostumbrado: papeles inútiles, clips doblados, reglas, tarjetas de presentación de personas desconocidas, plumas que no servían, aspirinas caducas, baterías viejas; y otras cosas nada relevantes: dos chicles Motita de plátano, popotes, una credencial de elector que había perdido, un llavero Cruz Azul Campeón 97.

Los días siguientes fueron similares, cada cajón era un camino sin destino. Aparecieron varias monedas de 10 centavos (al contarlas no llegaban a sumar más de 3 pesos), no supe qué hacer con ellas. Las regresé a su lugar, con el tiempo tal vez tendría una cantidad que valiera la pena gastar. Ahí estaban varias llaves y candados, ninguno correspondía, aquellas no abrían nada y los candados no servían. Además de navajas y curitas, apareció uno de los primeros modelos Blackberry, una cajetilla de cigarros Commander, discos flexibles de 5 1/4, un jabón para gato, un foco fundido, y otras cosas que prefiero no mencionar.

Casi al final de la tarea, encontré un papel doblado, un poco sucio debido al tiempo que había permanecido en el fondo de un cajón. En él, con mi letra, estaba escrito: Lucrecia y un número de teléfono. No era un nombre muy común, sin embargo no podía recordar a nadie que se llamara así. Revisé todas mis redes sociales: Facebook, Twitter, Instagram, los contactos en mi teléfono celular: nadie con ese nombre. Comencé a sentirme un poco nervioso, por algo estaba ahí, debía tener alguna importancia. Me armé de valor, tomé el teléfono y marqué. Me contestó una grabación, dejé mi número, posiblemente algún día recibiría una llamada que aclarara el misterio. Lo último que acomodé fue una libreta con notas de juntas de trabajo, tan vieja que algunas empresas mencionadas ahí ya habían desaparecido. Al leerla por curiosidad, encontré, en la última hoja, una sola anotación con letra desconocida: Jamás llames a Lucrecia.

Nervioso, sin poder remediar la situación, me di cuenta que subir en el tren de la energía positiva del nuevo año no remedió nada. Persisten las derrotas matutinas y ahora, cada vez que suena mi teléfono, no puedo dejar de pensar en esas palabras que, por cierto, tampoco sé quién escribió.

Proyecto Arte y encuentro

Arte y encuentro es un proyecto que, por medio de poesía y fotografía, muestra la evolución de la experiencia estética.

Toma, como hilo conductor, la manera de percibir una pintura en diferentes momentos; desde el primer encuentro, donde el mensaje de un lienzo pasa casi desapercibido, hasta aquel en el que la persona es capaz de establecer un profundo diálogo con una obra de arte.

Los invito a visitar este proyecto, aquí tienen el link:

Visitar Arte y Encuentro

 

 

 

Retorno

 

“—¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos! ”
Gustavo Adolfo Bécquer

 

Noche de muertos, una noche que nunca se pierde, permanece al acecho en el calendario, espera paciente el momento para salir de su escondite. Casi al llegar el ocaso del año se dice que ellos, los que un día se fueron, retornan a convivir con los que aún despiertan cada mañana. Se habla con total veracidad, pero es posible que los testigos no sean confiables, las historias se mezclan, se confunden en la oscuridad y el tiempo se encarga de convertirlas en frases difusas, ideas que también se van al llegar el día.

Aparecen cada año, solamente por unas cuantas horas en la tierra. Vuelven para remover el polvo, buscar sus memorias y hacer que no queden tiradas en el olvido. Una noche es suficiente, en ese pequeño instante ellos recuperan el tiempo que se perdió, lo acomodan en el lugar que le corresponde; o quizá son los vivos los que intentan no perderlo, es igual, de cualquier modo, no serán minutos desperdiciados.

No sabemos si es verdad que regresan esa noche o sólo es un mito, un intento de recuperar algo de las personas que se fueron. Se hace lo posible por creer que vuelven y, con ese breve pensamiento, retirar por un instante el peso de su infinita ausencia. Una noche contradictoria, vertiginosa mezcla de olvido y memoria, intento de llenar el hueco que abrió la nostalgia, encontrar la manera de salir del vacío que dejaron. Se busca la magia y hacer que sean algo más que recuerdos los que disfruten esa noche de la comida en una ofrenda. Parecería que los recuerdos necesitaran alimentarse para tirar la vestimenta de tristeza que los cubre. Durante esas horas la dura realidad queda oculta: las memorias son las que alimentan a los vivos.

Se confunden nuestras sombras con las de ellos. Tal vez es una misma extraña silueta en la penumbra, la del único certero futuro. La oscura imagen que se desliza lo muestra, el futuro que existe es corto, efímero; somos únicamente un intervalo.

Fragmento del relato “Retorno”, de mi libro Huella de Intervalos.

La noche escribió historias

 

La noche escribió historias olvidadas
que la lluvia dejó en la obscuridad;
amanecer inerte,
a veces tan vacío,
a veces tan ausente.
La acera despierta en frío silencio,
pasos de viejos minutos, sus huellas
dejan grietas en el duro concreto,
a veces tan pesado,
a veces tan longevo.

 

 

He visto

 

He visto gente que rompe versos
como quien rompe un nudo
ojos que sólo ven palabras huecas
en la noche de los viejos
encuentros que se olvidan
perdidos entre libros rotos, sus letras
abandonadas en un bosque
de sílabas sin madrugadas.

He visto parques que se quiebran
ramas tiradas, hojas sin viento
árboles que piden limosna
en tierra de sequía
niños que juegan
sobre el frío pavimento sin lluvia
extrañar la calidez del fango
en la calle de los muertos.

He visto manos que duermen
calles vacías, personas hipócritas
sembrar halagos con pasos de hielo
historias muertas en la escarcha
sin escuchar su aliento.

Los he visto
versos enterrados, sus mortajas
al lado de mi lápida.

 

Olvidar

Publicado en Avenida Digital el 24 de noviembre de 2016

“Con las piedras, con el viento
hablo de mi reino.
Mi reino vivirá mientras
estén verdes mis recuerdos.”
José Hierro

 

Era una mujer llena de misterio. Sabíamos muy poco de su vida, ya que no le gustaba hablar de ella. No era dueña de muchas palabras; sus amigos, los verdaderos, eran más escasos aún. Nunca entendí por qué me consideraba uno de ellos. Tal vez fue una rara simpatía mutua o que siempre fui leal, lo ignoro y hoy no me interesa saberlo.

Trabajábamos juntos, de vez en cuando nos reuníamos al final del día en una cafetería que estaba cerca de la oficina. Pasábamos buenos ratos en pláticas que no tenían nada que ver con cuestiones laborales, tampoco en la mesa aparecía el día a día, como las noticias o la familia. Hablábamos de cosas poco comunes, a veces abstractas. A ella no le importaba si sus palabras me incomodaban, parecía que sus ideas esperaban el momento adecuado, como fichas ganadoras en una partida de dominó, para colocarse sobre la mesa.

Alguna me vez me dijo que la vida se acaba, lentamente, en cada instante. Eso no es una gran idea, todos lo sabemos, pero ella iba más allá. Deseaba saber cuándo moriría, el momento exacto, sin ambigüedades. Discutimos varias veces el asunto, le comenté que ese dato la haría vivir una larga y creciente angustia al acercarse esa fecha. Ella no estaba de acuerdo. “Piensas como un cobarde” me dijo una vez. No me agradó su comentario y, para no tocar más el tema, le hice ver que era completamente imposible conocer el futuro, por lo que esa plática era inútil.

Las tardes acompañadas de tazas de café continuaron. Un viernes, casi al final de una de nuestras reuniones, me dio un sobre cerrado antes de despedirse.

—Iré a cenar con un viejo amigo. ¿Me guardas esto por favor?, no quiero llevarlo, soy algo distraída y se puede perder. Te avisaré el día que lo necesite.

Al llegar a casa puse el sobre en un cajón. No soy una persona curiosa, así que no me interesó su contenido. No me dijo nada el lunes siguiente y lo olvidé. Días después sucedió una tragedia en el trabajo. Fallecieron tres compañeros en un accidente de tránsito. El ambiente fue muy triste en esa temporada. Ella parecía no compartir ese sentimiento, algo que no me pareció extraño, pues ninguno de ellos era su amigo.

Tuvimos una pausa en nuestras reuniones. Pasaron tres semanas antes de encontramos de nuevo en la cafetería. Yo pensé que hablaríamos de nuestros compañeros o del sentido de la muerte, pero no fue así. La charla fluía tranquila cuando, de pronto, hizo una pausa y dijo:

—Hoy leí una frase: “Elige bien tus recuerdos, te acompañarán en la soledad”. No creo que sea algo genial, incluso me parece absurda.

—¿Tú crees?, a mí no me parece tan mala.

—Ese es uno de tus problemas, te quedas en las frases sin pensarlas mucho. Pasa con algunas personas, ponen frases en las redes sociales por inercia. Si reflexionas un poco verás que la mayoría de ellas, como esa, parecen bonitas, pero son completamente inútiles.

—Pero, en cierta manera los recuerdos…

—Mira, la cruel verdad es que no puedes elegir qué recuerdas o qué mandas al olvido —me interrumpió—. En tu mente se encuentran las imágenes que sin ninguna razón o criterio se atoran en la mentirosa pantalla de la memoria. Y tú estás condenado a verlas en cualquier instante, aún con los ojos cerrados. El olvido mata algunas, pero es cuestión de azar. Es imposible que, de manera precisa, puedas decidir.

—No lo veo así, uno olvida lo que no interesa y, a veces, las cosas que hacen daño.

—Piensa bien, verás que recuerdas muchas cosas que no tienen ninguna importancia y estoy segura que, aunque lo desees, no podrás olvidar otras.

—Podemos apostar que sí podría —dije con una sonrisa.

—¿Recuerdas que yo deseaba saber cuando terminaría mi vida? Tomé muy en serio la búsqueda de alguien o algo que me diera esa respuesta. —comentó con mucha seguridad en su voz —. Por fin lo encontré, no preguntes cómo. Sólo te puedo decir que hoy conozco con exactitud esa fecha y, aunque no estés de acuerdo en esto, puedo vivir con más tranquilidad.

—Eso es imposible, no importa qué hayas hecho. Seguramente viste un charlatán o te convencieron de cosas que son falsas.

—¿Tienes ahí mi sobre? Te pedí que lo trajeras hoy —dijo.

Estaba en mi portafolio, así que lo tomé para ponerlo sobre la mesa. Al verlo, ella continuó.

—Ábrelo y lee lo que está en la primera hoja.

Abrí el sobre, dentro había dos papeles. En el primero estaban escritos, con su letra, los nombres de nuestros tres compañeros fallecidos con una fecha y hora. Recordé que ellos murieron en el hospital unos días después del accidente. Miré nervioso el otro papel. Estaba el nombre de mi hermano, con un día que correspondía al próximo año y otro nombre: el mío, con una fecha escrita al lado.

— Lo que está ahí es verdad, puedes esperar un año para estar completamente seguro. Y, después de eso, no lo podrás olvidar, aunque quieras —comentó al tiempo que se levantaba de la mesa—. Me despido. Hoy renuncié al trabajo y no pienso regresar.

Me sonrió y se fue. A pesar de la amistad que pensaba que existía, jamás la volví a ver.

Regresé a casa. El fin de semana me comenzó a ganar la curiosidad. De regreso al trabajo, el lunes, investigué los datos de la muerte de mis compañeros, todos coincidían con lo que estaba anotado en esa hoja. Unos meses después comenzó una larga agonía para mí, justo después del funeral de mi hermano.

 

Calles

 

Las calles no hablan
son ríos de silencio
no guardan secretos
no tienen memoria
las calles no escuchan
la violencia gastada
suplicantes gritos
de gente asaltada
las calles son ciegas
sus imágenes resbalan
se van por coladeras
se deslavan
se pierden
las calles sólo llevan
esas miserables vidas
de aquellos que caminan
aquellos que no olvidan.

Del libro Rastros de Tinta, de Emilio Mendoza de la Fuente, Editorial Abismos.