Luna de octubre

 

 

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 27 de octubre del 2016

“La luna le ha comprado
pinturas a la Muerte.”
Federico García Lorca

 

La Luna viene sólo en octubre. Podría parecer que digo mentiras porque siempre está ahí, todos los meses, cada noche, incluso cuando se esconde como si le diera pena ajena ver las estupideces que hacemos en la Tierra. Pero no es así, no soy hipócrita, esas son lunas. La Luna, la verdadera, aparece en octubre.

Ella regresa al lado de noches cada vez más extensas, del viento helado que golpea en las mañanas, sobre todo, viene con ese pequeño y casi imperceptible ruido que hacen los muertos al buscar el camino para reunirse con nosotros. Pocos escuchan el sonido producido por esos pasos lejanos, son los esfuerzos que hacen para llegar a tiempo, es la oportunidad que el final de este mes les ofrece; recordar que no se han ido del todo. Aún tienen una pequeña parte que está anclada en la tierra, un lazo los une a lo que dejaron atrás. Los muertos no pueden separarse de sus memorias, son ellos quienes nos recuerdan, por eso es importante no faltar a esa reunión, traspasan su mundo para llegar al nuestro y, de esa manera, disfrutan por unas horas de todos los instantes fincados en el pasado.

Eso solamente sucede en esta época. El resto del año hay otras cosas fáciles de digerir, sencillas de comprender. Surgen clanes de zombies, vulgares fantasmas, anémicos vampiros y cínicos espectros; seres que intentan asustar en una pantalla de televisión o cine, con resultados variables. Los muertos se abaratan en un alud de imágenes que pueden ser atemorizantes o divertidas, da igual porque en ellas se pierde el rastro de lo que nuestros difuntos lloran y de aquello que nosotros, al recordarlos, a veces también lloramos.

Podría decir que este tipo de historias representan la banalidad de nuestros días, pero es algo que siempre ha existido, solamente cambia el medio y la forma de contarlas. En ellas se refleja todo lo que no se comprende de los muertos, su eternidad y su noche. A veces son narraciones demasiado simples, burdas, pero es lo que hace la imaginación para intentar explicar la inmortalidad. Se busca tener presente que no se puede morir del todo, algo que a veces no se recuerda.

Afortunadamente la Luna no olvida. Tiene razones, memorias y prioridades, es testigo de lo que hago o no a mis difuntos. Cuida el futuro, sabe que un día yo seré el que esté en ese camino, con pasos casi silenciosos para no perder la cita que el final de octubre regala, un sencillo y breve encuentro con los que aún me esperan. Los demás meses envía a sus vasallas, pequeñas, fieles servidoras que se encargan de alumbrar las noches comunes, con una luz también ordinaria. Pero este mes, Ella es la que viene. Su presencia, su tamaño, invita a callar para intentar escuchar su andar, tener presente que poco a poco ellos se acercan. La Luna sabe que, si los oigo, puedo estar tranquilo, pues alguien, en su momento, escuchará mis pasos.

Los muertos aprovechan la oportunidad que les abre la Luna para olvidar que son eternos. Surge el temor de nunca poder descansar, de saber que la muerte ha dejado de existir porque se vive en ella. La eternidad es una cosa muy pesada, sobre todo cuando tuvieron días en que los pasos hacían ruido, esa época en que cada hora contaba porque no estaba escrito cuando terminarían. Los minutos no existen, sólo el miedo. Por eso, el final de octubre, ese andar, es importante para ellos.

Una sola noche estarán de nuevo con nosotros, al amanecer deberán regresar a su eternidad, con nuestra nostalgia sembrada en lo que queda de su alma. Después, esperarán por otro año más, es lo que harán con su infinito tiempo. ¿Y la Luna?, ella también estará siempre ahí, cada octubre, para recordarme que, también un día, yo seré inmortal.

 

La ventana rota

 

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 1 de septiembre del 2016

 

“Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.”
León Felipe
 

 

Había una ventana rota en el cuarto. Uno de sus vidrios estaba quebrado, tenía un agujero irregular en la esquina superior, más grande que un puño, casi junto al marco.

Yo era un niño. Mi infancia quedó marcada con la huella de una fuerte costumbre familiar: la visita a los abuelos cada domingo. Ellos eran serios y reservados, sobre todo mi abuelo; inspiraba tanto respeto que una mirada suya bastaba para terminar cualquier discusión. Lo recuerdo claramente. Un día estábamos reunidos en su sala, de pronto, mi abuela me pidió que le trajera un libro que había dejado en la recámara. Me sorprendí, fue algo extraordinario, yo no podía deambular con libertad por esa casa. Un poco indeciso, miré a mi abuelo, él asintió con la cabeza. Al entrar en aquella habitación no me extrañó el orden y limpieza, era digno reflejo de la personalidad de sus dueños. Fue entonces, cuando me acerqué a la ventana para dar un vistazo hacia la calle, que noté aquel vidrio roto.

Poco después pude estar nuevamente en esa área casi prohibida y me di cuenta que aún estaba el agujero. Podía haber sido algo sin importancia, pero no para mí. Me comenzó a intrigar, sobre todo por el periodo que había pasado sin repararse. Algo no caminaba como debería. Igual que el cristal, la normalidad se había quebrado.

Pasó el tiempo. Cada vez que tenía oportunidad, aprovechaba para revisar la ventana, a veces a escondidas. Seguía igual. El vidrio roto se transformó en un acertijo que no acertaba cómo resolver. Mi inquietud me decía que le preguntara a mis abuelos la razón de ese misterio; en cada visita iba dispuesto a cuestionarlos para resolver mi duda, pero nunca tuve el valor de hacerlo. Entonces, sin comentarlo a nadie, comencé a tejer ideas para solucionarlo.

Lo primero que imaginé fue que los dos tuvieron un altercado y mi abuelo arrojó un objeto que golpeó el vidrio (cuando se enojaba podía ser muy violento), pero no recuerdo alguna discusión entre ellos; además, él era un caballero, incapaz de agredir a una mujer. Esa idea no era la respuesta.

Después pensé que alguien quiso robar la casa y quebró el vidrio al tratar de entrar, pero en la familia nos hubiéramos enterado de ese hecho. Nunca supe que algo así hubiera pasado, por lo que descarté esa reflexión.

También se me ocurrió otra posible solución: como mi abuelo era aficionado a las armas, tenía una hermosa colección de ellas. Imaginé que, al limpiar una, ésta se había disparado accidentalmente y el balazo había impactado en ese vidrio; pero él era demasiado cuidadoso, habría sido casi imposible que eso sucediera. Lo verdaderamente inexplicable era que ningún argumento aclaraba por qué la ventana no se había reparado. Esta última idea me llevó a considerar otra cosa: posiblemente intentaron asesinarlo. Alguien le disparó desde la calle cuando él se asomaba por la ventana, errando el tiro y rompió el cristal. Mi abuelo lo había dejado así para recordar que siempre debía estar atento a sus enemigos. Como era una solución que explicaba todo, mi imaginación voló en torno a ella.

Los años caminaron, la costumbre de ir a casa de mis abuelos se mantenía, pero poco a poco perdía fuerza. Cuando estudiaba en la Universidad cualquier pretexto era bueno para evadir esos domingos. A pesar de ello, mis padres se empeñaban en visitarlos cada semana. Comencé a ver mi abuelo de otra manera, el respeto que sentía por él creció, ahora sabía que detrás de sus profundos ojos grises se escondía una vida llena de peligros, traiciones, amores, odios; innumerables secretos, algunos tan añejos como sus canas. Me sentía afortunado de tener alguien así en mi familia.

Hace pocos meses, fui a su casa para llevar unos documentos que requerían. Mi abuelo no estaba esa mañana. Cuando se los entregué a la abuela, me dijo, con buen humor, que me quedara a tomar una taza de café. Yo acepté. Comenzamos a platicar, la conversación caminó de manera tan agradable que vislumbré la oportunidad de encontrar la verdad. Fue entonces que le pregunté acerca de la ventana del cuarto. Ella dudó un instante, me sonrió y dijo con voz tranquila: “Ya sabes, parece que mi esposo no le tiene miedo a nada, pero en el fondo no es así. Nunca lo comentes: le tiene un gran temor a las grandes mariposas marrones que abundan en el verano. Una vez, hace muchos años, cuando me ayudaba a cambiar la cortina, golpeó el vidrio y lo rompió; ya era un poco tarde, así que no hubo manera de llamar a alguien para cambiarlo. En la noche vio que una de esas enormes mariposas salía de la recámara por el agujero. Entonces, muy serio, dijo que nunca la repararía. Ya sabes, con tu abuelo, ese el tipo de cosas no se discuten, así que la dejamos como estaba.” La miré incrédulo. Mis fantasías volaron por aquella ventana; sin embargo, no menguó la admiración que le tenía a mi abuelo.

Él falleció semanas después de aquel día. Asistieron muchas personas a su funeral, pues fue una persona que cultivó largas y buenas relaciones durante su vida. Lejos de todo lo que había imaginado, no tuvo enemigos. Yo estaba sentado junto a mi padre, hablábamos con tristeza de lo mucho que nos haría falta, cuando mi abuela, desde el otro lado de la capilla, me llamó con un discreto ademán. Tal vez necesitaba algún tipo de apoyo, por lo que me acerqué. En voz baja me dijo: “Lleva a alguien mañana a mi casa para que cambie el vidrio roto. Hará frío esta temporada”.

 

Travesía

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 4 de agosto del 2016

“No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.”
Federico García Lorca

 

Nunca vio el reloj. El tiempo, que no sabe detenerse, lo alcanzó sin remedio. Estaba en un bar con algunos compañeros de trabajo, la plática se había vuelto interesante pues eran anécdotas nuevas. Andrés aportaba, sin que lo entendiera en su totalidad, algo que rompía la monotonía de las veladas anteriores: era un extranjero que hacía poco había llegado a la ciudad.

Él había salido de su país al término de sus estudios universitarios. Allá la situación era difícil: inseguridad, falta de empleo, pobreza y violencia. Uno de sus tíos le ofreció la posibilidad de trabajar en el extranjero. Dudó, tenía miedo, pero sus amigos lo convencieron de tomar esa oportunidad. Le dijeron que, después de todo, si las cosas no resultaban podría regresar, era una apuesta donde no había mucho riesgo, nada podría ser peor, no había futuro en ese lugar para él.

Después de varias semanas en este nuevo destino, tenía un empleo estable. Esa noche, entre algunas copas y la charla sin fin Andrés no se percató de lo rápido que corrían los minutos. El transporte público dejaba de operar después de la media noche, ya era demasiado tarde. Aún podía tomar un taxi para regresar a su departamento, pero la distancia no era demasiado grande, poco más de media hora a pie, así que pensó que sería buena idea caminar de regreso. Le habían comentado que la ciudad era peligrosa en las noches, aunque después de algún tiempo de vivir ahí, se dio cuenta que no era nada comparada con el ambiente que dejó en su tierra. No había razón para temer.

Salió del bar, en la banqueta la obscuridad peleaba sus espacios. Andrés se ajustó la bufanda, el clima era frío, pero no tanto como para incomodarlo. Un hombre extraño, mal vestido, que estaba parado en la banqueta, lo miró con atención, más que observarlo, parecía que lo estudiaba. Andrés se dio cuenta de ello, pero le restó importancia. Decidido, inició la travesía. Los pasos, que en el día perciben claramente los obstáculos, en la noche suelen ser difusos, vacilantes. Los faroles descubren solamente algunas cosas; ellos alumbran aquello que les conviene. Cuando llegó a la esquina, volteó hacia el bar, aquel hombre ya no estaba ahí. Trató de buscarlo, pero la acera de enfrente tenía muy poca iluminación para distinguir algo en ella, así que solamente se quedó con la curiosidad.

Caminó por algunas calles, a esa hora de la noche la soledad cubría la ciudad, la ausencia dejaba su escondite para deambular sin prisa. Andrés nunca había sentido el peso de las calles vacías, ese enorme hueco que solamente la falta de luz y sonido en un espacio urbano puede generar. Comenzó a sentirse inquieto.

Llegó a un parque y vio algunos pordioseros. Algunos dormían en las bancas cubiertos por periódicos y cartones; otros tenían botellas de licor barato y fumaban. Sus gestos eran duros, llenos de rencor. En cada rostro, gracias a la débil iluminación, se dibujaban sombras de amenaza. Lo miraban con enojo, se daban cuenta que él no era como ellos. Por primera vez en esa noche, Andrés sintió miedo.

Tenía que cruzar el centro de la ciudad para llegar a su hogar. Decidió hacerlo por una de las principales calles de la zona: una avenida peatonal, con comercios diversos en ambos lados. En el día estaba llena de personas, era un río de gente que iba a trabajar, comprar, o simplemente pasear. Andrés vio a la distancia unos niños que jugaban futbol en medio de la calle. Habían colocado unas porterías hechas con botellas vacías. El partido estaba bastante animado, entre gritos y risas, los muchachos se esforzaban por anotar. Andrés caminó hacia ellos y se detuvo para verlos. Notó que el trapo que servía como pelota parecía tener vida propia. Dio unos pasos para acercarse más y descubrió que el trapo era una rata viva, que a pesar de estar atolondrada debido a las patadas, trataba débilmente de escapar. En cuanto el animal dejó de moverse, uno de los niños la desechó y esa “pelota” fue reemplazada por otra. Triste destino para ese roedor, pero eso a nadie le importaba. La noche es así, las cosas, las diversiones, adquieren otra perspectiva. La normalidad también se oscurece.

Se quedó un rato mirando el partido, había más personas viendo el juego, uno de ellos se parecía mucho a aquel hombre afuera del bar, pero Andrés pensó que seguramente el cansancio y la sensación de inseguridad lo confundían. Salió del centro y llegó a su barrio. Era una zona más moderna, con calles anchas, mejor iluminadas. El miedo acompañaba sus pasos, desde que había salido tenía la sensación que alguien lo seguía. Miró hacia atrás y no vio a nadie. Caminó más rápido, quería estar cuanto antes a su hogar.

Por fin llegó al edificio donde vivía. Al abrir la puerta, la luz que iluminaba el vestíbulo cubrió de manera cálida el espacio de la acera en donde él estaba. Se sintió tranquilo, no precisamente feliz, porque la felicidad suele engañar. Ahora podía dejar atrás su pasado y los temores que venían con él. Hizo una pausa y entró, sentía ya la imperiosa necesidad de dormir. No se percató que, con su sombra, otra caminaba atrás, sin hacer ruido. Tal vez la noche no sería completamente tranquila.

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Pasos

 

No son mis pasos que vacilan
en el suelo que se mueve
caminar en veredas quebradas
y seguir, andar
sin pensar, continuar
no es fortaleza o decisión
no es deseo de ser
es la maldita terquedad
de seguir, seguir
escribir
escribir
escribir
sin más idea que la nada
sin rumbo, mapas
por caminos torcidos
y ahí, impaciente
el suelo se mueve.

 

 

Una palabra

Publicado en Avenida Digital 3.0, el 5 de julio del 2016

“Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
sola como un suspiro y un ay, sola,
terca en su error y en su desgracia terca.”
Miguel Hernández


Terquedad es una bella palabra: sonora, intensa, con ritmo, cadencia. Tiene un espíritu propio, se mueve de manera discreta, firme, sin detenerse.

Odiada, a nadie le gusta que ella lo alcance, sin embargo, aprovecha cualquier oportunidad para ser retenida y utilizada. Por eso, afirmamos de manera hipócrita que está en los demás, nunca en nosotros. Pocos reconocen esta cualidad, preferimos cambiar su nombre: fortaleza, convicción, fe; es lo que se debe pensar para no caer en desprestigio. Simple uso del lenguaje; de cualquier manera, siempre queda dentro de uno. Es el punto final de una discusión que se sabe perdida, la espada que salva el inminente fracaso. Las derrotas dejan de existir cuando ella aparece. Fuerza a falta de argumentos.

Somos tercos, todos. Caminamos en el barro hecho con el polvo que dejan las piedras de la obstinación y el líquido de la convicción. Los pasos se atoran en ese lodo, tropiezos, caídas. Esos golpes endurecen aún más el deseo de seguir aferrados a esas ideas, a los pensamientos que habitan dentro de nosotros. Ellos parecen flotar sin problema, sólo las otras, las ideas de los demás, son las que zozobran. Es una mentira. Hundidos a medias, todos somos náufragos en el lodo, egoístas sin saberlo.

Somos tercos, aún aquellos que se esfuerzan de manera firme en dejar de serlo. Seres que creen, sienten volar encima de esa sucia senda. Olvidan que no tienen alas y, aunque así fuera, en el aire también existe lluvia, polvo, lodo que cae. Obstinación que solamente alimentan esa cualidad. No podemos escapar de ello, no existe manera, ni salida. Y no por ello refleja una tragedia, es solamente una realidad. Deja de usarse como un adjetivo para ser simplemente aquello que somos.

Somos tercos, lo repito. Asoma mi intención de convencer de una manera simple. Reiteración que permite sembrar esa idea a pesar de no disponer de los medios intelectuales para sustentarla. No tengo la demostración infalible, me basta con salir, observar a los demás, a ustedes. La historia lo demuestra, el presente lo corrobora, el futuro está marcado. Guerras, discusiones, logros, avances, retrocesos; no interesa el resultado, triunfos o derrotas, importa el nivel de tenacidad de las personas que deciden, los que mandan en esos momentos. Una terca realidad.

Ser líder no garantiza nada a nadie, o tal vez sólo la simple acción de tomar una elección por cuenta de los demás. No cualquiera llega a la cima, se requiere algo más que ser constante, ver más allá de lo que presenta el horizonte, creer en algo. Ellos determinan el rumbo, de acuerdo a sus creencias e ilusiones. Las comparten y crean una atmósfera en donde casi todos están convencidos de ellas. Los que no lo están, arrojan ideas, palabras, piedras en contra de ellos. Lucha de terquedades, en donde no siempre gana la razón, sino aquel que es más poderoso. Duelos que brotan en todas partes, en cada momento, sin honor.

Choque de ilusiones que se forjan en la convicción, la cual, acertada o errada, es irrelevante, ya que la verdad no es arma en esas batallas. Son sueños que se pueden perder, olvidar o torcer; depende de lo testarudos que sean sus dueños, de la fe que depositan en ellos. Se puede agonizar lentamente, morir día a día sostenidos en eso que se llama esperanza, otro bonito disfraz que usa la terquedad para evitar ser golpeada por los que no la entienden. El mundo no vive de ilusiones, es una ilusión; creemos en aquello que queremos creer, cada uno en su egoísmo, conjunto de fantasías que sostienen nuestros pies debajo del lodo. Pasos tercos en capas de fango y estratos de ilusiones; anegados caminos que nos empeñamos en seguir.

Terquedad, ¿qué sería de nosotros si no existiera? Una manada de lobos, o quién sabe, ellos también lo son en su naturaleza, persiguen a su víctima por largos trechos, sin importar lo que suceda. Vuele la idea inicial, podrían decir que confundo ser terco con tener fortaleza, convicción. Solamente es un sencillo juego de escala, de peso. ¿Qué tanto es lo que se debe poner en la balanza? ¿Quién lee el fiel en ella? De nuevo el duelo de las convicciones, de ideas contra ideas. Es un círculo perfecto, la jauría siempre alcanza la presa.

Y sólo observo, una y otra vez, solitario en mi sitio, los tercos esfuerzos por abrir la jaula que son nuestras mentes obtusas. No lo haremos, empeñados en ser lo que pensamos que somos, nos quedaremos enredados en nuestras ideas, con la firme idea que los demás son lo que no somos: todos tercos, todos, menos yo.

 

Una historia inútil

Publicado en Avenida Digital el 21 de junio del 2016

“Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo”
Alejandra Pizarnik

Foto por Liliane Mendoza
Foto por Liliane Mendoza

Era una tarde de junio. El que haya sido precisamente ese mes no hace ninguna diferencia en esta historia, pero sí la ausencia de nubes en el cielo ya que este relato necesita luz para ser verosímil. En fin, era una hermosa tarde de junio, varias sombras jugaban en un parque sin nadie que las acompañara. Parecían niños en el recreo de la escuela: brincaban, corrían, a ratos se escondían. Sin lazos con sus dueños, por fin, tenían un momento de autonomía que el destino siempre les había negado.

No sabían la razón de esa nueva y extraña realidad, simplemente, una de ellas comenzó a andar en dirección contraria de la persona a la que estaba atada. Otra la vio, le pareció interesante e hizo lo mismo. En poco tiempo, varias caminaban juntas. Podía decir que era un grupo animado. Sin saber bien qué podrían hacer se detuvieron en una esquina para decidir hacía dónde ir. Después de un tiempo de discusión entre ellas llegaron a un acuerdo y se dirigieron a un parque cercano, les parecía un buen lugar para divertirse. También pudieron haber elegido una plaza o quedarse en esa esquina, el lugar fue irrelevante, todo hubiera sucedido de la misma manera

Siempre habían vivido atadas, condenadas a repetir de maneras uniforme y constante los actos de las personas a las que estaban unidas. No eran esclavas o prisioneras, porque los esclavos al menos tienen momentos en los que pueden soñar que no están sometidos a la voluntad de otro. Para ellos la libertad es una esperanza, muchas veces lejana, pero tan real que hace aún más pesada la agonía de las cadenas. Las oscuras siluetas que se divertían esa tarde no tenían esa carga. La ilusión de verse libres de sus dueños no existía, jamás había pasado por su imaginación esa posibilidad. Eso hacía que su vida fuera sencilla, fácil, lejos de cualquier complicación que regala el libre albedrío. Por eso, hoy jugaban, no debido a la alegría de la libertad, sino porque no sabían qué más podían hacer con el tiempo que tenían. Ese concepto tampoco lo conocían: el ser propietarias, tener la facultad de decidir qué hacer con algo, pero no les interesaba demasiado porque aún no estaban plenamente conscientes de ello.

Mientras tanto, las personas que eran dueñas de las sombras ni siquiera notaron ese pequeño cambio en el mundo, era algo tan irrelevante que nadie se dio cuenta de ello. Después de todo, las sombras no sirven para nada, pero tampoco representan un lastre. Son algo así como el apéndice, las muelas del juicio, las excusas y algunos tipos de perdón. Están ahí simplemente porque están, cualquier razón que se pueda argumentar para ello podría ser válida pero estéril. Y sin embargo, la costumbre tuerce la razón, inventa motivos para justificar la existencia de aquello que de otra manera podría estorbar.

En esta historia inútil, es tiempo de recordar que el miedo no anda en burro. Esa es una gran verdad, se mueve rápido, en cualquier cosa, a cualquier hora, por todos lados. Las sombras no lo sabían porque, al no poder decidir absolutamente nada, tenían la vida completamente resuelta, sin razones por las cuales cultivar temores. Pero, al caer la tarde, la luz se diluyó lentamente. Llegó la noche, entonces una de ellas se dio cuenta que, en la oscuridad, su contorno se confundía con todo lo que la rodeaba. A la vista de ese hecho surgió de improviso la posibilidad de desaparecer y con ella, el miedo. Las sombras no sabían o no recordaban que existían faroles en el parque. Los ataques de pánico entre ellas y sus intentos por permanecer en oscuridad fueron demenciales. En realidad, lo único que ocurrió fue que ellas se hicieron más débiles. Agotadas, se recostaron para morir o al menos eso pensaron.

Sin embargo, no murieron esa noche. Lo que sucedió fue que, en la mañana del día siguiente, se encontraron de nuevo atadas a sus dueños, como siempre. De la misma manera que nadie supo cómo se liberaron la tarde anterior, fue desconocida la razón por la cual regresaron a su estado original. Ellas sólo pudieron recordar que alguna vez fueron libres, pero eso acarreo un miedo tan grande que pocas se atrevieron a intentarlo de nuevo. Las que lo hicieron descubrieron que eran vanos sus intentos: en la siguiente mañana, las cosas volvían a la normalidad, pero con sus temores aún más grandes. Podía ser el inicio de un eterno círculo de terror.

Aquí surge la oportunidad de escribir la moraleja de esta historia, tan profunda que podría cambiar la vida de alguien, marcar diferencia en la conciencia, llevar a un momento de reflexión trascendente y mirar las sombras de otra manera, pero en realidad, si he de ser honesto, no existe ninguna enseñanza en este relato o, al menos, alguna que valga la pena. Tampoco contiene una metáfora, parábola, o representa algo, solamente es un relato que sirve para pasar el tiempo de una vana manera. Realmente, es una historia inútil.

 

Ausencia

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 31 de mayo del 2016

“Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo…”
José Hierro

 

Hace algunos días, muchos años después de entrar al salón para recibir la última clase en la Universidad, pude disfrutar una comida acompañado de mis amigos, aquellos con los que estudié la carrera de Ingeniería. Camina el tiempo y con él, la nostalgia. Al ver reunidos a mis compañeros, escuchar sus chistes, platicar las anécdotas tantas veces contadas y no por ello tediosas, es imposible no percibir el eco de aquellas bromas en los pasillos del campus que sentía ya perdidas en el cajón de mi mente. Ella me dejan clara una gastada idea: “aquello que fui es lo que soy”.

Esa tarde tuvimos una buena conversación que se enriqueció con la infinita variedad de experiencias que los años y su huella han dejado en nosotros; sin embargo, faltó alguien que se fue. Nosotros, con tristeza, quedamos para recordarlo. Es algo que, a pesar de lo infortunado, pertenece a los hechos normales de la vida.

La repentina partida de mi amigo me hizo reflexionar que la muerte existe. Es algo que siempre intento olvidar, a veces, apoyado en momentos con las personas que estimo. Al no pensar en esa dura realidad, lo que intento es mantenerla lejos. A pesar que parece ser complicado, la misma rutina ayuda a convencerme que seré eterno. Para conseguirlo, debo despertar cada la mañana, alcanzar la noche, descansar y realizar ese esfuerzo el día siguiente. Entonces, cuando estoy a punto de lograrlo, llega un violento y repentino aviso que me recuerda todo esfuerzo es inútil. Algún día no estaré aquí.

Para poder estar tranquilo, trato de alejar una certeza: todo tiene un final. Intento fabricar una moderada monotonía, interrumpida a veces por eventos que la alteran un poco, pero que no llega a sacar de balance ese equilibrio; así mi vida es más tranquila. Si la actitud es vivir en el tedio diario, sin sorpresas, en el fondo lo que realmente intento es tirar a la basura algo de angustia. Pero no resulta, existen esos desafortunados eventos que me hacen reflexionar si la vida rutinaria es una decisión correcta. ¿Estar hasta cierto punto aburrido o intentar romper esa patética armonía? Aún no sé si es una cuestión válida.

Alguien dirá al respecto que lo mejor que debería hacer es “buscar tu propio ser, cambiar las cosas para lograr lo mejor…” pero no lo acepto. A pesar que se oye bien, se dice tan fácil que queda en el reino de la vaguedad. No tiene caso caer en ello, no se trata de corregir el rumbo, sobre todo cuando el único destino certero es aquel en el que no quiero pensar. Pero también es verdad que, en la ceguera del día a día, pierdo otras cosas, tan banales que no les doy importancia, como la sonrisa de aquel amigo al contar un buen chiste.

Tal vez por eso lo mejor de esa comida fue el momento en que comenzamos a discutir el presente y el futuro de lo que somos, esa plática con ideas diferentes, a veces encontradas. Discusiones sin el vanidoso objetivo personal de imponer criterios o enseñar algo a los demás; más bien el placer de aprender gracias a ellos. El hueco que deja su ausencia me recuerda que no puedo existir sin mi relación con los demás, por ejemplo: estas letras no tendrían sentido si nadie las leyera. Si esto es realidad, entonces parte de mi riqueza es la grandeza de los demás, razón aún más fuerte para arrancar las ramas de envidias y comenzar a ayudar a otros a ser mejores; no se trata de una cuestión de ayuda al prójimo, es una actitud que en el fondo es muy egoísta: si mis amigos son mejores, entonces yo soy mejor, así de fácil.

Hoy faltó alguien y sé que en parte él me dejó eso, soy mejor gracias a lo que me legó, no importa la distancia o el tiempo que haya pasado, la huella siempre queda. ¿Qué tanto? No lo sé, y prefiero no averiguarlo. Lo que es cierto es que esa tarde él hizo falta. Lo extrañamos, pero nos deja una sonrisa en su recuerdo.